La venganza de Fraga

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

NO PUEDE decirse que Fraga no tenga paciencia, que no haya sabido esperar el momento oportuno para la venganza. Me refiero a la que se ha tomado contra Aznar, sumándose a la valiente desautorización que ha hecho Rajoy respecto a las posiciones tremendistas del ex presidente del Gobierno. Y es que Fraga llevaba muchos años soportando la incuria política por parte de quien, mal que le pese, le debe todo o casi todo... La primera fue aquel trágala del forzado cese de Cuiña como secretario general del PP de Galicia, a despecho de la propia voluntad de un Manuel Fraga, a quien un enviado de Aznar le llegó a reprochar, sin cortarse un pelo, los resultados de unas elecciones municipales que, en aquel entonces, comenzaban a marcar el declive del PP en las grandes ciudades. La segunda razón para que Fraga no le tenga a Aznar precisamente cariño tuvo que ver (¡quién lo iba a decir!) con la desautorización de que fue objeto una de las iniciativas que con mayor pasión y convencimiento ha mantenido durante su larga carrera política: la representación de Galicia en los órganos de la Unión Europea en los que se decidieran cuestiones de interés para esta Comunidad. Aquella propuesta fue desautorizada de forma expresa, sin que conste que Aznar tuviera la cortesía política y el respeto personal de ofrecer a Fraga explicación alguna. Y como casi nunca hay dos sin tres, la tercera fue y fue sonada. Me refiero a la pavorosa situación de descrédito en la que Aznar colocó a Fraga en la crisis del Prestige . No voy a reducir ni un ápice la responsabilidad del presidente de la Xunta en aquella inicua actuación de los poderes públicos, que quedará en la historia; pero imagino que Fraga tampoco ha olvidado que Aznar no se dignó a venir a Galicia a mancharse los zapatos de chapapote y sólo vino, finalmente, a echarle la bronca a los compungidos militantes del PP gallego. (Esto sin olvidar que también Aznar obligaría a un Fraga traumatizado y entregado a soltar de nuevo el lastre, otra vez en la persona de Cuiña, a quien ordenó defenestrar en una operación tan bochornosa que ni la oposición quiso hacer leña del árbol caído). O sea, que han sido muchas las faenas que Aznar le ha gastado a Fraga. Eso sin contar con que la última razón para su animosidad contra «el patrón», la más profunda y enquistada, siempre ha tenido que ver con la imposibilidad de Aznar de meter baza en el PP de Galicia como a él le hubiese gustado. A él, y a Rajoy, no nos olvidemos. Así que, finalmente, el «patrón» ha encontrado el momento y el lugar oportuno para el ajuste de cuentas con tan desabrido y desagradecido sucesor. Lo ha hecho, junto a Rajoy, y marcando distancias con las posiciones radicales, fuera del tiempo y del espacio, de Aznar. Y ha elegido, Fraga, el lugar más desapacible: el fondo de la memoria en el que habitaba, entonces, un «humilde Aznar» pidiendo tutela al «patrón». La verdad es que nunca tanto agravio ha recibido más cruel castigo.