Chapapote y optimismo

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

07 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CONVOCATORIA de elecciones municipales y, en algunas comunidades, autónómicas, no es la única razón que hace pensar que será especialmente intenso el año que acabamos de estrenar. Atrapado en el síndrome del chapapote, el PP está doblemente obligado a ofrecer desde ya un perfil de nuevos bríos que cambie el rumbo titubeante mostrado incluso antes del nefasto noviembre del hundimiento del Prestige . La batalla electoral de Madrid tiene la suficiente pegada como para que su eventual ganador, o ganadora, se presente ante el conjunto de la opinión pública española como el ganador de las municipales. Le pasó antes, en 1979, al PSOE. Por supuesto que los resultados electorales en Galicia serán literalmente desmenuzados, más que nunca, en busca de restos de chapapote en las papeletas que los gallegos metan en las urnas. Por ahora da la sensación de que los esfuerzos del Gobierno por salir de este fango grasiento no están dando resultados. Este año podemos asistir, al ritmo que llevamos en los últimos meses, a un mayor grado de descomposición del mundo terrorista. En términos cualitativos es evidente la pérdida de fuelle de los criminales en todos los terrenos: siguen matando, pero afortunadamente cada año hay menos víctimas. La calle ya no es suya. Además, la tenacidad y el coraje democrático de miles de ciudadanos vascos achica permanentemente los espacios de impunidad en los que hasta hace muy poco se desenvolvían los mariachis de los asesinos. ETA es un mundo en descomposición. Podrá poner una bomba en el metro o en unos grandes almacenes, pero su tiempo se termina. Hay, además, un factor psicológico que supone una ventaja añadida para los demócratas: los menos implicados en el mundo violento tienen introyectada ya la certeza de que este partido lo van a perder y empiezan a moverse para tratar de salvar su propio pellejo y para poder situarse, lo más favorecidos posible, en nuevas fotos con nuevos compañeros. Si hace cinco años nos dicen que el movimiento Aralar, una escisión de Herri Batasuna, se iba a atrever a convocar una manifestación por su cuenta y sin la bendición de la banda y que el actual brazo político de ETA se iba a ver obligado a convocar otra manifestación, el mismo día, a la misma hora, para evitar el riesgo de desbandada, ni los mas optimistas nos hubiéramos creído esa hipótesis. Por paradójico que resulte, el PNV puede ser el principal beneficiado de la política de firmeza del PP y el PSOE, de la contundencia policial y del acoso judicial. Este conjunto de frentes contribuye a facilitar la huida de muchos de los que han apoyado históricamente a ETA por verla como opción ganadora. La sensación de derrota del mundo violento, unida a la terquedad del mensaje de Ibarretxe, pueden obrar el milagro de vaciar de votos a los que apoyan a los terroristas... y llenar las arcas del PNV. Desde luego, con su actual discurso a favor de la independencia y de rechazo a los constitucionalistas, los antiguos votantes de HB no se van a sentir extraños si deciden votar a Ibarretxe. Embarcada cerrilmente en su proyecto de independencia, la política del PNV puede llegar a poner en jaque a las instituciones del Estado de una forma tan grave incluso como la puso ETA durante algunos años, especialmente en la transición. En cualquier caso, ojalá el problema más grave que tenga el Estado sea cómo neutralizar el proyecto independentista de Ibarretxe en vez de cuándo terminar con el terrorismo. Cualquier problema, por peliagudo que sea, que se plantee sin la espada de la sangre pendiendo sobre nuestras cabezas, será mucho menos problema.