«LA LECCIÓN es clara. O se acepta que España es, constitucionalmente, un régimen parlamentario, con todas las consecuencias, o se inventa otro [...]. O se acepta que el Gobierno ha de aceptar debates serios sobre todas las cuestiones de actualidad, cada semana, e incluso cada día, o el Parlamento pierde su razón de ser». Las palabras que preceden las hallé sobre un montón desordenado de papeles. Tuve dudas sobre la autoría de manifestación tan contundente. No sabía si el padre de la criatura era Beiras o Touriño. Daba por seguro, eso sí, que representaban la desmadrada respuesta o del uno o del otro a las ausencias de Fraga del Parlamento, o al malhumor que asoma al rostro del vilalbés cuando no tiene más remedio que ocupar el escaño. El argumento en defensa de la vida parlamentaria me parece válido, aunque un tanto exagerado. Vi cierta dosis de maldad, ganas de volver loco a don Manuel, al hablar de debates diarios. ¡Mesura por favor! Si el ritmo de la cámara fuese el que reclama el autor de la frase, el Parlamento no perdería su razón de ser, pero quien perdería el uso de razón y el equilibrio sería el señor Fraga de tanto ir y venir a la tribuna de oradores. Mi intención a la hora de poner los dedos sobre el teclado del ordenador era defender a don Manuel, aunque él diga que se las apañe sólo. ¡Ya está bien -me dije- de criticar por criticar. Para conseguir un voto no vale cualquier cosa. Por aquello de que cada palo aguante su vela, quise saber con exactitud si fue don Xosé Manuel o don Emilio el que pronunció las palabras que encabezan este comentario. Y alcancé mi objetivo. No fue ni el uno ni el otro. Las pronunció don Manuel Fraga en el Parlamento de Madrid hace poco más de quince años, y después las trasladó a uno de sus libros, el titulado El estado de la nación . Diga lo que diga él, a Fraga, se le caza fácilmente.