¿Será tan fácil?

OPINIÓN

23 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE SÓLO seis meses, la figura de Rodríguez Zapatero parecía una vela a punto de apagarse. La eclosión del Aznar carismático le achicaba el oxígeno, y todo hacía pensar que el inexperto líder de la oposición iba a terminar la legislatura pegado a los grandes temas del Gobierno, sin más opción que el seguidismo, y con muchas probabilidades de perder la carrera al sprint, frente a un sucesor fresquito y bien arropado. Yo mismo, sin exagerar la nota, llegué a hablar de una oposición invisible, como si el pactismo de Zapatero fuese la causa del ocaso político y parlamentario. Hoy, sin embargo, todos hablan de Rodríguez Zapatero como un resucitado, o como si fuese un genio de la planificación y la estrategia, capaz de hibernar durante las malas rachas, para atacar después en el momento oportuno. Y por eso hay que preguntarse si los cambios del escenario político se pueden hacer con tanta facilidad y rapidez, o si la política cambia como la fortuna, moviendo al entierro a los que ayer andaban de bautismo. En términos sustantivos es evidente que no se han producido grandes novedades, y que, a cambio de algunos gestos que anticipan sus políticas, el PSOE sigue muy agarrotado, estrechamente pegado al PP en los asuntos más complejos, y sin que nadie se aventure a decir en qué medida cambiarían las cosas si Rodríguez Zapatero tuviese que enfrentarse al problema vasco, a la ampliación de la UE, a la nueva política de cohesión, a las demandas diferencialistas del nacionalismo catalán, al belicismo de Bush, a las mafias del Este, a la nube de criminales callejeros y al rediseño de las grandes líneas de la política social, laboral y económica de España. Reconozcamos, para no pecar de incrédulos, que están aflorando algunas políticas sectoriales alternativas a las del PP (calidad de la enseñanza, reformas del PER y reforzamiento de la ONU en detrimento del furrielismo americanista). Pero eso también nos obligará a reconocer que todos esos discursos surgen como respuesta refleja a las iniciativas del PP, y que, arrastradas por la notable movilidad de la agenda de Aznar, tienen una presencia muy efímera en la arena política. Y por eso me inclino a pensar que estamos en un momento muy parecido a la última legislatura de González, cuando la emergencia de un líder no fue más que la pura consecuencia del ocaso de otro, y sin que se hubiesen explicitado los motivos del cambio. Aznar se acaba y la sucesión no se aclara. Y, por puro miedo al vacío, necesitamos confiar en Zapatero. ¿Para qué? Para no hacernos preguntas con respuestas incómodas. O para llegar a la antipolítica conclusión de que, pase lo que pase y venga quien venga, casi no cambia nada.