FRANCIS FUKUYAMA es un excelente sociólogo cuyas interpretaciones históricas pueden ponerse en duda desde la crítica de su teoría acerca del fin de la Historia, esa cosa tan cercana a cierta definición de Dios: «Yo soy el que soy». La Historia podría decir: «Yo soy lo que fui», que, a lo mejor, viene a ser lo mismo. La actualidad puede predicar algo parecido. El siglo XX fue el de una guerra estrepitosa y planetaria cuya gestación puede situarse en el siglo XVII ciñendo su desarrollo al de la consolidación de los imperios modernos, la aparición de los mercados internacionales, las guerras religiosas europeas y las revoluciones industriales, francesa y soviética como marcos de una sociedad de masas que, en su consideración de los hechos consumados, dio como bueno un hecho tan criminal como el de la evolución de las especies. La concepción de las cosas se vio en el brete de admitir que la secuencia de lo natural implicaba el asesinato del inocente, del más débil, y la moral contrajo una gripe sin alternativa convincente. Cuando la corrupción gansterizada de Breznev y la incapacidad soviética para la tecnología cibernética desbarataron la Unión Soviética y se inició el fin de la Guerra Fría, el mundo entró en un escenario no demasiado diferente al que tenía en el siglo XVII, y a partir de ese momento renovaron su vigor ciertas advertencias políticas que algunos habían dado por superadas. Una de esas advertencias tiene que ver con el comentario de un primer ministro británico al señalar que «Gran Bretaña no tiene amigos, tiene intereses». La otra, con la condición de que «uno elige a sus enemigos, pero no a sus aliados». Cualquier potencia suscribiría la primera. La segunda se emparenta con Maquiavelo no menos que con Kissinger, por citar a dos teóricos nada extraños a la práctica, y tan vituperados como escasamente leídos. La una y la otra dibujan un polígono inconstante que a veces es un cuadrado, a veces un triángulo, e incluso puede ser una simple y mera línea. En cualquier caso, es casi siempre certero. Explica, por ejemplo, las razones del Departamento de Estado americano respecto a la isla Perejil; las de Marruecos respecto a su compra de material militar a Estados Unidos y Francia; la arquitectura diplomática y los pasos respecto a Sadam Husein, y también la escenografÍa de las reflexiones más vacilantes y dubitativas para con la ilegalización de Batasuna. Pero una esquina de ese polígono de advertencias suscita ciertas dudas. Hay enemigos sobre los que no cabe la acción de elegir sino la reacción de responder. Los intereses están ahí, son casi las condiciones del juego. Pero el enemigo puede no darse a conocer hasta mucho después de haberse sentado a la mesa. Los intereses de Estados Unidos en Marruecos estaban ahí desde hace mucho tiempo. La necesidad americana de soportar la alianza marroquí es mucho más joven, apenas cuenta con un año de vida fehaciente: desde el 11-S, y la historia ha cambiado desde entonces. Ha cambiado sin dejar de ser ella misma. La historia es lo que es: un catálogo en el que cabe todo menos la comodidad y la certidumbre de su fin.