SI YO ESTUVIESE en el puesto de Mariano Rajoy, pensando en la sucesión de Aznar, también diría que la españolidad de Ceuta y Melilla es una condición anterior a la fundación del reino alauí, que ambas ciudades son tan nuestras como Barcelona o Bilbao -por poner un ejemplo neutro y de universal aceptación-, y que su estatus no es negociable, bajo ningún pretexto, ni hoy, ni mañana ni nunca. Claro que si, en lugar de pertenecer al Gobierno de España, fuese ministro de Mohamed VI, diría exactamente lo contrario: que Ceuta y Melilla son una parte natural del territorio alauí, y que un desfase de la historia nunca sirvió para negar la evidencia ni la razón de las cosas. Y por eso prometería mantener sin desmayo la reivindicación de Ceuta y Melilla, hasta que cayesen en el cesto marroquí como fruta madura. Las dos cosas son obvias. Ninguna de ellas tiene la racionalidad en exclusiva, ni puede ser descartada como final inesperado de un larguísimo culebrón. Y de ahí se deduce que la única tontería que podemos cometer, y la que me temo que se está cometiendo de verdad, es la de dar por supuesto que, una vez dicho lo que hay que decir, y después de cargarnos de razón delante de nosotros mismos, todo está resuelto y olvidado. La verdad es que el problema de Ceuta y Melilla existe, y que, si bien no cabe esperar un conflicto armado por su posesión, es muy posible que las declaraciones realizadas por Mohamed VI no sean más que el primer golpe de ariete de una larga y prolongada batalla política y diplomática llena de deslealtades y triquiñuelas. Y, aunque la situación actual parece casi risible y perfectamente soslayable, no debemos olvidar que eso mismo pensaron todos los defensores que un día vieron llegar a un pelotón de ariete al pie de sus murallas. Los primeros mil golpes no hacen nada, y los mil siguientes apenas abren una pequeña grieta. Pero a partir de ahí ya puede producirse un derrumbe inesperado, y todo lo que antes parecía imposible empieza a formar parte de la cruda realidad. También es posible, desde luego, que todo esto se dirima dentro de tres o cuatro décadas, cuando Marruecos sea una democracia consolidada y aspire, con realismo, a ingresar en la Unión Europea. En ese caso tendríamos un contexto más parecido al de Gibraltar, y podrían decirse cosas como soberanía compartida o administración conjunta que hoy suenan a sacrilegio. Pero no nos engañemos. Vale más ir por ese lado que por la senda de la razón absoluta y del «no hay nada que hablar». Porque, aunque yo diría lo mismo que Rajoy si ocupase su sillón, no olvidaría que el ariete ya está trabajando duro, con golpes fuertes y acompasados y cobertura americana.