EXTINGUIDOS E INVENTADOS

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

05 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Siempre dimos por seguro que las cosas se conservan en formol, salvo Walt Disney, guardado nadie sabe dónde, aunque bien envuelto por el licor amniótico de Bambi hecho colosal cubito de hielo. Tampoco se sabe si Disney saldrá por sus patas del nicho donde reposa o si lo hará convertido en el espejo de la madrastra de Blancanieves, en el zapato de Cenicienta, en el beso del Príncipe o en el rabo de un ratón. Ahora sabemos que el formol no conserva las cosas, más bien se come su esencia, su fundamento. Si guardamos esa cosa llamada cadáver, momia o materia embalsamada, en formol, llegará el día en que nos encontraremos con que el formol se ha comido el ADN del muerto, y nuestro gozo en un pozo. Si el único embrión de tigre de Tasmania que se conserva se hubiera guardado en formol, ahora no habría nada que hacer con el bicho. Pero se guardó en alcohol ¿como cualquier sueño de emprender una nueva vida¿ y el alcohol le tiene tanto respeto al ADN que lo deja intacto. De manera que los científicos de Australia cuentan ahora con lo imprescindible ¿una mota de ADN¿ para rehacer el tigre e infundirle un rugido. Australia es una tierra curiosa. Por un lado andan matando canguros, de los que apilan ya 15.000 muertos, dentro o fuera de formol. Por el otro, cogen un embrión de tigre guardado en el Museo de Sidney en 1866, y se ponen a reinventar el felino. Si se establece una relación entre esas dos manías, queda claro que el experimento del doctor Frankenstein forma parte tanto del anhelo del científico como de la esquizofrenia basal de la mente humana. El felino resultante de ese proyecto australiano puede ser tan improbable como el pollo sin plumas de Israel. De entrada, al ADN conservado en formol ha habido que añadir otros fragmentos de ADN procedentes de dientes, huesos, médula osea y fibra estriada seca de animales de la misma especie, muertos entre 1893 y 1922, y disecados de un modo u otro. Así se ha conseguido un número de cromosomas sintéticos con los que dar el siguiente paso, que es el peliagudo, porque esos cromosomas hay que colocarlos en un aparato reproductor adecuado, y tigresas de Tasmania no hay. Lo que hay son unos marsupiales de la familia dasyuroides, los llamados Demonios de Tasmania, cuyas hembras son primas hermanas del tigre. Esto quiere decir que lo que salga de ahí puede ser un poco raro, y en vez de lanzar rugidos quizá lance tufaradas de azufre y nos deje a todos, empezando por los australianos, como a la niña de El Exorcista , cosa para la que es dudoso que estemos preparados, ni siquiera los australianos. Es la amenaza del híbrido. De modo que el proyecto de clonar al tigre tasmano se mueve bajo la espada de Damocles que es toda quimera, un animal con cola de dragón, cuerpo de cabra y cabeza de león que echa fuego por la boca. Nunca existió la quimera, ni nunca dejó de ser un emblema acariciado por la ciencia. Los científicos buscan, entre otras cosas, el modo de hacer realidad la alucinación, y la fórmula que lleve lo visionario al dominio de lo tangible. Tienen algo de niños, algo de poetas y algo de ángeles a quienes no se les hubiera otorgado todo lo que se les prometió en su día. Su búsqueda del animal que fue corre el riesgo de dar con el que no fue. Y, así, dan la impresión de moverse entre la melancolía de lo que se perdió para nunca más volver, y la nostalgia por lo que nunca pudo ser. Mientras tanto, de las 4.520 especies de mamíferos conocidos, 1.130 ya no estarán ahí en 2032, es decir, dentro de treinta años. Habrán desaparecido devoradas por la deforestación, envenenadas por la contaminación de las aguas, asfixiadas por el agujero de ozono. Eso en lo que respecta a las especies conocidas, porque las hay a punto de desaparecer sin que sepamos gran cosa de ellas más allá de una huella junto a un río, un retazo abandonado de su piel o su presencia fugaz en un viejo documental de hace más de medio siglo. Es el caso del Yeti. Aunque eso sí que es otra historia.