La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente es una ocasión propicia para reflexionar sobre algunos aspectos del sector eólico gallego, erigido ya en la mejor prueba de que con voluntad y planificación el desarrollo sostenible está al alcance. En Galicia, hace apenas siete años, la energía eólica empezó siendo verde, y su carácter, accidental; ahora tiene también el color del dinero y carácter sustancial. Nació como una fuente energética muy vinculada a movimientos ecologistas; hoy, sin haber renunciado éstos a su noble causa, es más un asunto de economistas. Y el hecho constituye todo un milagro, porque supone que una idea surgida de organizaciones ciudadanas fue desarrollada con éxito por las empresas, que asumieron que la preservación del medio natural es cosa de todos. Acertamos, por lo tanto, en la implantación de una fuente energética renovable, limpia, propia y cada vez más eficientemente aprovechada. Pero el consumo de energía no para de crecer, lo mismo que nuestro grado de dependencia exterior para abastecernos, que en la Unión Europea alcanza el 50%, mientras que en España sobrepasa el 70%. Y ello cuando el uso de energía está directamente vinculado a sectores clave, como la industria, el transporte o la vivienda. Por eso se requiere seguridad de suministro de electricidad a un precio adecuado , lo que ha llevado a las autoridades, por un lado, a demandar inversiones a los generadores de energía y, por el otro, a liberalizar el mercado. En este proceso, se ha incurrido en dos errores encadenados: Identificar liberalización del mercado con bajada de precios, y vincular el kWh barato con las energías convencionales. Ahí ha brotado un factor de minusvaloración de la eólica, cuando debería ser al revés: La electricidad generada a partir del viento resulta competitiva, mitiga nuestra dependencia de proveedores externos y su impacto ambiental es mínimo. Los sistemas de generación convencionales (las centrales térmicas, las grandes hidráulicas, las centrales nucleares) llevan años solapando el verdadero coste de los kWh que producen imputando a otros parte de los costes derivados del proceso de generación. De este modo, ninguna compañía eléctrica convencional asume los costos de construcción y funcionamiento de un puerto por el que se importa combustible, de las grandes infraestructuras de transporte, el almacenamiento de residuos nucleares o de los efectos de las emisiones de gases a la atmósfera. Se trata de costos reales, de difícil cuantificación pero sin duda onerosos. No aparecen, sin embargo, en el recibo del kWh convencional, sino que son asumidos por la comunidad sin reparar en su origen. Ahora que el precio se ha convertido en la cuestión clave del sector eléctrico, es evidente que esos costes externos han de ser internalizados, para acabar de una vez con la distorsión del mercado. Conviene evitar que los sistemas de generación más costosos se vean primados frente a sistemas más eficientes y competitivos, como es el caso de la energía eólica. Ello no significa encarecer el recibo de la luz al consumidor final, sino establecer mecanismos de penalización o de promoción, según el sistema eléctrico ocasione inconvenientes externos o aporte añadidos beneficios externos. Además, el sector eólico gallego demanda la creación de un marco de seguridad para las cuantiosas inversiones en energías renovables y redes eléctricas de interconexión. No se puede progesar con el temor de perder el trabajo realizado y la posición ganada.