CRÓNICAS HUSITAS / Enrique Curiel
28 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Afirma Miguel Ángel Moratinos, enviado permanente de la Unión Europea para el Oriente Próximo, que ésta es una de las crisis más graves desde la Conferencia de Madrid de 1991. Y no le falta razón. En realidad, la Intifada de las Mezquitas se ha convertido en una guerra no declarada con casi seiscientos muertos palestinos y ochenta israelíes. Solamente la utilización de los cazabombarderos F-16 por parte de Sharon para arrasar instalaciones de la población civil y edificios de la ANP (Autoridad Nacional Palestina) ha podido encender las luces rojas en Washington y ha despertado de su letargo interesado a la Administración Bush. Pero el Informe Mitchell llega tarde. Su contenido ya se conocía oficiosamente y se ha hecho público cuando resulta extremadamente difícil frenar la escalada de violencia en Palestina. Pero sea bienvenido. Además de instar a las partes a «un alto el fuego inmediato e incondicional», demanda «medidas urgentes para restablecer la confianza, reanudar las conversaciones para un acuerdo de paz y la abstención del Ejército israelí del uso de armas letales para responder a manifestantes desarmados y prohibición absoluta por parte palestina del empleo de su territorio por francotiradores que disparen contra posiciones israelíes». Pero la parte determinante del informe requiere «la congelación de los asentamientos judíos en territorios palestinos». Porque esa es la cuestión crucial. No olvidemos que la idea de paz por territorios constituyó la propuesta central de la Conferencia de Madrid y de los Acuerdos de Oslo de 1993. Pero tal principio de paz se ha visto burlado en los últimos nueve años, durante los cuales las colonizaciones del territorio palestino se han incrementado en un 70 por ciento, especialmente durante el mandato de Netanyahu. Cerca de doscientos cincuenta mil israelíes han ocupado esos asentamientos que son islotes de colonos rodeados por cientos de miles de palestinos pobres y desposeídos de sus tierras. Estos colonos han sido considerados por los sucesivos gobiernos de Tel Aviv como la avanzadilla, la primera línea de ocupación de facto del territorio palestino. Por lo tanto, con asentamientos no habrá paz. Sharon se ha fijado como uno de los objetivos en los próximos doce años hacer llegar un millón de judíos para desarrollar el sur de Israel y Galilea. La paz no figura entre sus prioridades y pretende situarse en la etapa anterior a los Acuerdos de Oslo. Nada de lo hecho hasta ahora parece servir para el líder ultraderechista del Likud. Además, al problema de los asentamientos, de suma en conflicto por el agua y su control estratégico. Sharon no sólo desea ocupar el 60 por ciento de Gaza y Cisjordania, sino que quiere que los nuevos colonos estén situados estratégicamente para controlar la utilización del agua de las nuevas instalaciones. En estas condiciones resulta difícil mantener la esperanza de paz en Palestina.