XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
14 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Para saber si un hombre es rápido o lento, fuerte o débil, alto o bajo, hay que compararlo con otro. Así, por ejemplo, yo sé que soy lento porque corro mucho menos que Marion Jones; que soy débil porque no aguanto un asalto de Mike Tysson; y que soy más bien bajito porque Mariano Rajoy me saca la cabeza. Si un hombre se aísla, y no se compara con nadie, no puede conocerse. Y por eso los griegos inventaron las Olimpiadas: porque servían para tomarle la medida al cuerpo y al espíritu, y para construir los modelos que orientaban el esfuerzo de su portentosa civilización. Cuando la idea de la competición se traslada a la Ciencia Política surge lo que se llama la política comparada, cuya esencia consiste en que las sociedades midan su estado general por comparación con lo que sucede en otras sociedades de su entorno. Sólo así pueden saber en qué nivel de desarrollo se encuentran, y qué esfuerzo suplementario le es exigible en cada momento histórico concreto. Dicho de otra forma: para saber si España va bien, no basta con mirarse al ombligo y proclamar su perfección intrínseca y autocomplacida. El único método fiable para responder a tan compleja pregunta es el de compararse con los demás, y, en función de los contextos y las circunstancias históricas, mirar en qué puesto nos encontramos. Un 4% de inflación puede saber a gloria en África o en América del Sur, donde la competición va floja y permite que las tortugas aspiren a la medalla de oro. Pero, si se compite en la Unión Europea, ese mismo 4% es punto menos que un desastre, y nos pone al borde mismo de la descalificación. Los males de la inflación están experimentados en todas las sociedades. Y todos empezamos a saber que sus efectos son equiparables al de un impuesto que pesa de forma especial sobre las rentas salariales más débiles. Por eso, en vez de insistir en los graves efectos que puede traernos ese célebre 4%, prefiero reflexionar sobre la forma en que debemos examinar al Gobierno y determinar, con efectos democráticos, el estado general de la cuestión. Si usted no es experto, y no sabe qué significa ese 4%, sepa al menos esto: que la inflación es una competición que mide la fortaleza estructural de las economías; que los españoles vamos en el pelotón de los torpes; que ese resultado penaliza a cada gallego con 50.000 pesetas al año; y que nadie tendrá descuento por mirarse al ombligo y creer que España va bien.