XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
07 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Esta vez no tienen ni siquiera publicidad. Las lluvias torrenciales, las pateras, el síndrome de Bosnia, ETA y las vacas locas se llevan portadas y comentarios; y hasta los gallegos nos hemos olvidado de que hay cientos de familias gravemente afectadas por los amarres de la flota pesquera. Los mismos barcos y tripulaciones que nos hicieron señores de los caladeros del mundo mendigan ahora un convenio, una licencia o una prórroga que les permita faenar, y hasta se percibe una sintomática disminución de los épicos párrafos que los políticos dedicaban a la gente del mar, como si este socorrido tema fuese ahora un rollo insoportable. Claro que el problema no es nuevo. A las frecuentes incidencias producidas por el clima, la estacionalidad de las capturas y la irregularidad del recurso que trabajan se añadieron después las reestructuraciones de la flota, la tecnificación de las artes, la apertura del mercado y el despertar de las naciones dueñas de los caladeros, hasta dibujar un panorama en el que sólo las grandes empresas, verdaderas multinacionales, se desenvuelven con normalidad y estabilidad en este atormentado sector. Por si algo faltaba, hasta los mercados parecen haberse desvinculado del viejo sistema de provisión, pudiendo aparecer repletos y hermosos, con precios más que razonables, mientras nuestros marineros amarran sus barcos y viven de la subvención. Por eso es más que probable que la situación de crisis se perpetúe, sin dejarnos más camino que el de ir pensando en otras formas de explotar la riqueza de nuestro mar. Porque también en esto es malo mirar al pasado con nostalgia, y porque es muy posible que lo que nos está pasando no sea la fatídica señal de una crisis, sino la inevitable consecuencia del cambio desde una economía en vías de desarrollo a otra plenamente desarrollada. Por eso extraña que pasen los años, y se repitan los hechos, sin que nadie afronte el necesario diagnóstico de la situación. Mientras las autoridades pesqueras echan balones fuera, contra Marruecos y la UE, se está dejando que sea la crisis la verdadera directora de la reestructuración, como si el futuro del sector estuviese en manos del destino, en vez de depender de consellerías y ministerios. Y, aunque es posible que el resultado sea igual o mejor que el que propician las políticas, no deberíamos olvidar que todo se está haciendo a costa de unos trabajadores y unas familias que son, hoy por hoy, los grandes olvidados.