Este mismo mes se cumplirá uno de los grandes anhelos históricos de los gallegos: unir las grandes ciudades gallegas (no todas) con Madrid, por tren, en el entorno de cuatro horas. Afortunados los ourensanos que podrán hacerlo incluso en dos horas y quince minutos, en un solo salto. Galicia saldrá, por fin, del aislamiento sobre raíles al que estuvo sometida casi dos siglos. Eso sí, treinta años después de Andalucía.
A partir del próximo día 21 el tren entre Galicia y Madrid será mas competitivo que el automóvil. La alta velocidad llega sobre raíles, mientras el automóvil camina hacia atrás en su viabilidad como medio de transporte. Una competitividad que en cierta medida queda acotada por las últimas normas de la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad, que la pasada semana se aprobó en el Congreso. La Dirección General de Tráfico, con la premisa de defender la seguridad en nuestras carreteras, continúa su cruzada contra la velocidad. Además de no aflojar ni un ápice en la relajación de los 120 km/h en autopistas o autovías, en los últimos años ha apretado aún más en las carreteras desdobladas y en las ciudades, donde prácticamente se ha pasado del 50 km/h como estándar al más estricto 30 km/h, en gran parte de las vías urbanas. Y los números le salen bien, hay menos accidentes, menos víctimas, como es natural. Incluso si rebajasen más las velocidades, conseguirían mejores resultados, indudablemente.
Pero resulta un poco incongruente que con mejores viales, en las que los españoles hemos invertido gran parte de nuestros impuestos en las últimas décadas y con los coches más seguros que ahora circulan por las carreteras, casi a punto de convertirse en autónomos y evitar así cualquier error humano, sigamos circulando entre A Coruña y Madrid, por ejemplo, en 5 horas y 49 minutos. Son 600 kilómetros, no más.
Cualquier conductor veterano sabrá que estas 5 horas y 49 minutos, son prácticamente el mismo tiempo que se hacía hace veinte años, con coches que no tenían nada que ver con los actuales. El automóvil no ha dejado de perder protagonismo y competitividad en el entorno de la movilidad. Es el señalado, el maldito. En esta última Ley de Tráfico de la que hablábamos se prohíbe superar en 20 kilómetros los límites de las carreteras convencionales para hacer adelantamientos. Eso significa que ahora adelantaremos a noventa por hora alargando la maniobra muchos metros, algo que cualquiera que sepa de seguridad vial, o tenga sentido común, se dará cuenta de que es más peligroso. En las ciudades, a 30 km/h, ya circula a la misma velocidad que bicicletas y patinetes, los otros protagonistas de la movilidad. En las carreteras tendrá que ir al paso de las grupetas de ciclistas durante kilómetros, porque con la generalización de las rayas continuas y el metro y medio de margen no se les puede adelantar legalmente.
La suerte está echada, la batalla de la movilidad perdida para el coche. Madrid ya está más cerca en tren. Se acabó lo de parar a tomar el cafecito en Benavente. Eso sí, al menos nos vamos a ahorrar unas cuantas multas en los radares colocados certeramente en las cunetas. Espero que más pronto que tarde, alguien se dé cuenta del error de cargarse al automóvil.