I+D, una tarea inaplazable

La inversión en España apenas representa el 1,2 % del PIB, frente al 2,1 % de la media europea


Metamorfosis en los sistemas productivos; doble e inaplazable transformación hacia lo verde y lo digital; cambios tecnológicos a una escala desconocida: cada vez hay menos dudas de que esos escenarios marcarán el inmediato futuro. Expertos, gobernantes y no pocos empresarios lo repiten continuamente. En la UE, en particular, se ha convertido en proyecto estelar de cara a los próximos años. Pues bien, para avanzar con paso seguro por esa senda parece obvio que lo primero es tomarse en serio los procesos de innovación. Y a ello se están empleando con toda su energía los países que aspiran a jugar en la primera división de la economía que viene.

La estrategia europea en este ámbito aparece sintetizada en un importante documento reciente: Science, Research and Innovation Performance of the EU 2020. Sin embargo, desde la perspectiva española, pareciera que sobre estos asuntos sigue estando vigente el tópico de «que inventen ellos». La inversión en ciencia e innovación es uno de los aspectos más decepcionantes - si no el que más -- de la evolución de nuestra economía, y no se salvan ni las administraciones públicas ni las empresas. Merece la pena detenerse en algunos datos: la inversión en I+D representa apenas el 1,2 % del PIB español, frente al 2,1 europeo (3,1 en Alemania, 2,2 en Francia,…). El gasto, además, cayó con intensidad en los años de crisis financiera -algo que no ocurrió en los países vecinos- de modo que, tras la leve recuperación de los últimos años, no se ha alcanzado el nivel del 2009.

Entre las cifras de inversión del sector público, una destaca por lo que tiene de patético: en los tres últimos años se solo se ejecutó un poco más de la mitad de la inversión presupuestada, lo que sugiere la presencia de un notorio lastre burocrático. Y en cuanto a las empresas, las diferencias de su esfuerzo inversor en ese campo con respecto a Europa no han dejado de agrandarse (0,66 % del PIB, frente al 1,36 % europeo en 2017). Dos datos más para completar el cuadro: si en 2017 la renta per cápita en España equivalía a un 93 % de la comunitaria, la inversión en I+D por habitante se quedaba en el 49 %. No es raro, entonces, que ocupe el puesto 19 entre todos los países que componen la UE, una de las peores posiciones en todos los ámbitos. Difícil negar, que tenemos un grave problema.

Y lo tenemos, entre otras cosas, porque se trata de una inversión que no se improvisa: necesita maduración, tiempo, buenas dotaciones materiales y, sobre todo, humanas. Por eso es imperdonable que los recortes durante la anterior crisis se llevaran implacablemente a ese terreno, destruyendo una parte de unos sistema científico-tecnológicos que ya no partían de una posición de ventaja. Es verdad que en los últimos años algo se ha mejorado, pero falta lo más importante: entender de una vez que en torno a esta cuestión se debe fijar una de las grandes prioridades de la política económica, en este momento en que se abren azarosas expectativas de cambio. Estos días se anuncian en España programas de inversión que pueden superar los 150.000 millones en solo dos años. Si ahora no somos capaces de revertir las tendencias en materia de ciencia e innovación, poniéndonos al paso europeo, ¿cuándo lo haremos?.

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