Las dos Españas


Director general de Cesuga

Existen dos Españas. Una que ve cómo su gente se marcha, otra que los recibe. Una que ve abrir negocios, otra que solo escucha el frío metal de los cierres definitivos. Una que, a pesar de mostrar su patrimonio histórico y natural, nunca se siente la más deseada, ni la más visitada. Una que disfruta, en solitario, con las frías olas del Cantábrico mientras la otra, en cada camino al mar, encuentra su torre de Babel. Una que crece, y de modo envidiable, y otra que sobrevive. La que mira al frente, aunque solo sea para ver sus valles, sus montañas, sus gentes y aquella que nunca supera la distancia de su sombra. En ambas viven los rojos, los azules, los verdes, los multicolor y los que no saben ni lo que son y si lo saben no le dan valor.

Madrid pertenece a una de ellas, al igual que Valencia, Alicante, Baleares, Málaga y Barcelona. Las seis unidas han creado un millón y medio de puestos de trabajo. Son el referente más claro de una de las dos Españas. La otra encuentra los suyos en Asturias, Burgos, Segovia, Zamora, Ourense, Cáceres y Jaén, provincias que, en cinco años, no han sido capaces de incrementar en más de un 5 % su fuerza laboral activa.

Todas las provincias que lindan con el Mediterráneo, más Aragón, Toledo, Guadalajara y Madrid, conforman una realidad económica. El resto, otra. ¿País Vasco? Anclado en un cómodo estancamiento. Les cuesta crecer, pero no abandonan el entorno de rentas elevadas. ¿Galicia? Tres realidades, tres ritmos: A Coruña y Vigo, Lugo y Ourense. Es tan cruda esta realidad que hasta duele saber que Madrid, por sí sola, ha sido capaz de generar más empleo que treinta provincias unidas. Quizás, por eso, el nuevo salario mínimo interprofesional en Madrid supone solo el 49,1 % del salario medio o el 52,8 % en Cataluña, mientras en Extremadura es del 67,6 %, en Galicia del 61,6 %, en Canarias del 65,9 % y en Murcia del 62,4 %.

Desigualdad territorial, mucha desigualdad. ¿Fue siempre tan exagerado? No he reflexionado sobre ello, pero si así fue, debo reconocer que nunca me ha dolido más que ahora. Y esto del dolor también es un poco particular porque más de un intelectual se conforma. No pasa nada, opinan. Todos al este. Pero me resisto a comprar la resignación. ¿Y usted? Si es lector habitual de esta columna, creo que también será de los que se resiste.

Y puesto uno a instalarse en el inconformismo permítame que solicite un cambio de traje. A esta España no se la une sin darle la vuelta, sin un nuevo marco de relaciones económicas y sociales. Sin nuevas telas. Sin otras costuras. Sin la fuerza transformadora del capital privado. Sin la potencia disruptiva del talento transgresor. ¿Está de acuerdo? Ahora pregúntese: ¿en qué partes de España al capital le aplauden por ser fuerza transformadora? ¿En dónde el marco legal de nuestro sistema educativo le sonríe al conocimiento disruptivo? Dígame, en qué parte de España es más fácil instalar un macroburdel que una universidad privada. Iba a continuar con esto de las facilidades para instalar un burdel, pero lo voy a dejar que va a salir lo peor de mí y no es el día.

Hay una España enmarcada en el declive demográfico, sin la fuerza tractora de las familias jóvenes o la presencia del turismo internacional, en esencia, sin los motores que mueven el consumo y los servicios y, a la vez, generan empleo femenino. Clave para mejorar las rentas familiares y reducir la desigualdad social. Una parte del país, y Galicia está ahí, abocada a vivir de la industria, la construcción y la agroindustria. Es lo que hay, y si es lo que hay, hagámoslo bien.

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