¿Ha ido Draghi demasiado lejos?

El banquero italiano dejó esta semana la presidencia del BCE con los deberes cumplidos. Irreverente con los prejuicios axiomáticos, firme ante la furibunda oposición de la ortodoxia alemana, sus decisiones en los peores años de la crisis para salvaguardar la integridad del euro y por extensión del proyecto comunitario resultaron una contribución inestimable. Pero su legado va mucho más allá porque se alinea con una idea crucial para el futuro de Europa: la de la unidad y la integración.


Miembro de la Real Academia Galega de Ciencias. Grupo Colmeiro

Solo lo he visto una vez, compartiendo almuerzo en Fráncfort con ocasión del final de mandato como consejero del Banco Central Europeo (BCE) de mi colega de cátedra, José Manuel González-Páramo. Me pareció simpático, próximo, muy del estilo que tanto gusta en Italia, viajero en clase económica. «Rigor alemán, creatividad italiana, discreción inglesa», en opinión del Corriere della Sera. Bueno, lo del rigor ha sido siempre muy cuestionado por la ortodoxia de Berlín, a la que se le erizó el vello con las palabras de don Mario cuando dijo que haría todo lo necesario para sostener la moneda única, y todavía no se les bajó, antes al contrario, como han demostrado ante las últimas medidas que adoptó, solo relativamente polémicas.

Debo confesar una marcada debilidad por su calidad de economista, que no duda en dejarse calificar de «laxista», con tal de brujulear entre minas monetarias y evitar un abismo económico y financiero que podía haber emulado al de los años 30. Draghi ha sufrido en carne propia la soledad que dicen sentir los políticos, pero en este caso, sí era verdad que estaba prácticamente solo ante el peligro. Nadie le echó una mano con los salvavidas, a pesar de sus llamadas, que ha reiterado recientemente. Hagan política, no se olviden que se deben utilizar también otras herramientas, más allá de las que dispone el BCE.

La política fiscal y presupuestaria no son delicadas piezas de museo, pero necesitan del empuje y el compromiso de quienes están al timón de la nave europea.

Paradójicamente, el BCE -que ha de vigilar la inflación- se ha pasado años buscándola, bien que dentro de los límites marcados. Y en esa búsqueda ha sido acusado de cualquier mal que estuviese a mano, aunque sea cierto que los bancos sufren y pueden aparecer algunas burbujas de deuda. A modo de despedida, se ha dicho en algunos círculos que se marcha un general desencantado, por un combate sin gloria y sin fin. No me lo creo, ha sido su trabajo, en tiempo de agudas tribulaciones. Otra cosa son las herencias, que casi nunca van acompañadas de la paz entre los causahabientes, antes al contrario, el reparto de la túnica se las trae y de qué manera.

Ya se puede decir, sin esperar a que lo diga la historia, que el BCE, bajo su mandato, abandonó la genética de la ortodoxia financiera alemana, recibiendo como cosecha el haber evitado la deflación y, de este modo, hacer lo que estaba en su mano a favor del empleo. Draghi no es un aventurero, por eso resulta creíble cuando dice «que nos hace falta en Europa una capacidad fiscal central», con un volumen adecuado para una política anticíclica.

Versión descafeinada

Sin embargo, los ministros de finanzas de la zona euro han aprobado una versión descafeinada del proyecto, insistiendo en la retórica de convergencia y competitividad, relegando la potencial función de estabilización. Es posible que les sonase demasiado keynesiano.

Intensa, profunda y fascinante. Así describe Draghi su experiencia al frente del BCE, toda una responsabilidad, también un verdadero privilegio. Ha tenido el coraje de transitar por caminos inéditos y no se despeñó. Otra cosa son las circunstancias marco, definidas ahora por un proteccionismo rampante y la excentricidad del brexit. Dicho con sus propias palabras, «el paradigma de referencia ha cambiado», por tanto, ha de acompañarse esa mutación, poniendo las herramientas monetarias a trabajar en el sentido adecuado.

Ciertamente irreverente con los prejuicios axiomáticos, su actuación podría sintetizarse en sus respuestas a sucesivos acontecimientos, prácticamente relevantes todos ellos: defendió con éxito el euro, miles de millones contra la deflación, con la sutileza de darle a la manivela de la creación de dinero, en modo florentino. Ayudó a salvar Grecia y facilitó la vida de los del sur, pero con condiciones. En definitiva, nada prusiano, pero pragmático, sin importarle ser la cabeza de turco de quienes le atacan porque, según ellos, ama el dispendio. Cosa que, evidentemente, no responde a la verdad de los hechos. Y aunque no corresponde al lenguaje financiero, sino al de oficios menos polémicos, puede sostenerse que Super Mario ha sido un creativo en los tiempos en que el capitalismo mostró un rostro patético, el hombre más poderoso de Europa, como se ha dicho habitualmente en los altos mentideros de la política, enfangada en la miopía más absurda de los plazos cortos. Y para quienes le vieron como un agente de Goldman Sachs, se mostró como todo lo contrario: luchó con éxito contra los ataques especulativos al euro, la mejor prueba.

Mejor una paloma

En su momento, la propia Angela Merkel, conservadora, prefirió una paloma a un halcón en Fráncfort, el pragmatismo a la ideología. Y no digamos ya en España, a la que vino Dios a ver con el italiano, aunque no se le reconozca desde todas las instancias. El método bazooka, con compras masivas de obligaciones de los estados y préstamos preferenciales a la banca, fue decisivo, por más hombres de negro que metiesen las narices en las cuentas nacionales.

El italiano tiene claroscuros como todo el mundo, pero la realidad habla más alto que la crítica. Así lo considera él mismo, una manera implícita de declararse vencedor. Su legado va en la línea de la necesidad de más Europa, no menos. Y lo defiende «en la verdadera tradición del federalismo». Podría pensarse que el estado natural de la unión es el de crisis, retomando el pensamiento de Jean Monet: «Europa se hará en las crisis y será la suma de las soluciones aportadas en esas dificultades». Sin embargo, en los momentos actuales, los ataques a la idea de Europa son más peligrosos, por insertarse en una deriva nacionalista impensable en la postguerra. Esperemos que las querencias de la liga hanseática, que en algunos momentos lanza advertencias juiciosas y, en otros, prejuicios inadmisibles, no forme una masa crítica con las corrientes involucionistas, poniendo palos en la rueda de una política monetaria sensata, aunque ambiciosa, como la que se atrevió a implementar el ya histórico italiano. Audaz por momentos, Draghi se va con honores.

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