El centurión del euro


Redacción / La Voz

Noviembre del 2011. Una nueva era se abre paso en el BCE. La de Mario Draghi (Roma, 1947). Nadie barrunta entonces, ni siquiera él mismo, todo lo que tendrá, y se atreverá, a hacer durante sus años al frente de la institución. Primera comparecencia del italiano como presidente. La prensa aprovecha y le pregunta si está preparado para hcere todo lo sea necesario para salvaguardar la unión monetaria. «No. No creo que eso esté dentro de mi mandato», responde. Incauto.

Menos de dos años después pronunciaría su ya famosísimo whatever it takes. Ese que marcó un antes y un después en la feroz crisis de las mil caras -financiera, de deuda, económica...-que a punto estuvo de llevarse por delante el proyecto europeo. Y que estuvo precedido de un no tan célebre, y mucho más enigmático: «El abejorro ha volado bien durante siete años, pero ahora algo ha cambiado en el aire con la crisis financiera y tendrá que convertirse en una abeja de verdad».

 Todo un señor cortafuegos. Y eso que al empezar su discurso de aquel día en Londres había dicho que no tenía mucho que decir. Si llega a tenerlo... Dicen que el lenguaje de los banqueros centrales resulta indescifrable. Pero ese día -y muchos más- a Draghi se le entendió a la perfección.

Pero volvamos a esa primera rueda de prensa del 2011. La del 3 de noviembre. Dos días después de tomar las riendas del BCE. Todavía no se había acomodado en el sillón y ya dejó claro que el suyo no iba a ser un mandato al uso. Y que poco tenía él que ver con su antecesor en el cargo, Jean-Claude Trichet. El galo, reflexivo y poco dado a tomar la iniciativa y el romano, mucho más partidario de agarrar el toro por los cuernos antes de que lo arrolle.

Fue lo que hizo. Enmendar el garrafal error de Trichet (había subido los tipos en el 2011). Cuando el romano aterrizó en el BCE, el precio del dinero estaba en el 1,5 %. Ahora lleva tres años en el 0 %. ¿Quién lo iba a decir? Y, sobre todo, ¿quién se lo iba decir a los alemanes?

Eso y, lo que es mucho peor -desde la óptica teutona, se entiende- comprar deuda (pública y privada) a diestro y siniestro. Y cobrar a los bancos por los fondos que depositan en el BCE. ¿Qué se habrá creído? No es extraño, pues, que dentro de las fronteras germanas y en algún que otro país más del norte, el italiano se haya ganado el sobrenombre de conde Draghula. Nada que ver con eso de Super Mario, apodo con el que empezó a ser conocido durante su etapa a al frente del Tesoro italiano.

 Son muchas las críticas que se ha granjeado a lo largo de estos años. Y no pocos, ni pequeños, precisamente, los obstáculos que ha tenido que vencer. Pero no es el italiano de los que se arrugan fácilmente. Le gusta escalar montañas. Es un entusiasta de ese deporte. Le van los desafíos.

Tenaz y con una determinación a prueba de bombas. Así es el italiano. Duro. Un carácter forjado a fuego cuando, con tan solo 16 años, perdió a sus padres y tuvo que hacerse cargo de sus hermanos.

Poco amigo de las reuniones interminables y de los informes sinfín, es él quien traza los planes, dejando los detalles para otros. Ahora, eso sí, cuando se le mete algo en la cabeza, no es tarea fácil hacerle cambiar de opinión. Nada ha querido decir de su próximo destino. En Italia ya lo colocan en la presidencia de la República. Él no da pistas. «Si quiere más información, pregunten a mi mujer. Ella lo sabrá mejor», contestaba hace unos días socarrón a las cuestiones sobre su futuro inmediato.

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