Algo puede estar cambiando


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Todos los datos disponibles muestran un extraordinario deterioro de la confianza en el sistema de democracia liberal y economía de mercado. Por ejemplo, el Barómetro de Confianza Edelman revela que el 53 % de los ciudadanos consultados en una treintena de países desarrollados manifiestan que «el sistema está fallando». Después de analizar pormenorizadamente los datos de la Encuesta Mundial de Valores, el politólogo de Harvard Yascha Mounk concluye que «los ciudadanos se están desenamorando de la democracia». Y es que el malestar es muy profundo y tiene que ver con una diversidad de causas: culturales, asociadas al miedo al cambio radical que nuestras vidas están experimentando; pero también, sin duda, económicas. La crisis y sus consecuencias, la deriva ultrafinanciera y, sobre todo, la rampante desigualdad explican buena parte de los fenómenos políticos anómalos que tanto han proliferado en los últimos años y que, con un exceso de simplificación, solemos llamar populismo.

El caso es que, en un bucle perfecto, lo que en gran medida empezó en la economía para proyectarse perversamente sobre la política está volviéndose de nuevo contra la economía, ya sea con la forma de la guerra comercial desatada por el Gobierno norteamericano (hasta ahora guardián de las esencias de la globalización) o la de un posible shock provocado por un brexit a las bravas. La economía internacional sufrirá con todo ello: ya casi nadie espera ver en los próximos meses, o acaso años, una rutilante expansión.

Hay, sin embargo, otra parte de esta historia que ahora comienza a despuntar y que acaso tenga gran interés en los próximos años: la percepción cada vez más extendida de que la evolución reciente del capitalismo ha estado marcada por graves excesos. El primero, la idea de que no hay otro norte que obtener la máxima ganancia en el menor tiempo posible; frente a eso todos los demás objetivos y condicionantes sociales palidecen. Pues bien, algo profundo pudiera estar comenzando a cambiar en relación con ello. Sirva de ejemplo el muy destacado titular reciente de quien representó como nadie esa visión durante décadas, el Financial Times: «Capitalism: time for a reset». Aunque sería un error pensar que se trata de un movimiento general e irreversible hacia un renacimiento del capitalismo, algunas señales en esa dirección llaman la atención.

Lo vemos en el ámbito de la política. Un ejemplo interesante es el de la candidata presidencial norteamericana Elisabeth Warren, quien teniendo posibilidades reales para aspirar a la Casa Blanca, ha planteado un extraordinario programa de reforma económica que ha merecido el respaldo de algunos de los mejores economistas de su país, y que va desde la participación de los trabajadores en los consejos a un ambicioso plan de defensa de la competencia (no muy diferente del aplicado, en un primer intento de domar el capitalismo, a principios del siglo XX).

Pero quizá lo más llamativo ha ocurrido en el campo empresarial. Desde los años 70, si hay un criterio que rige la vida empresarial es el que coloca la maximización del valor del accionista como única referencia para la decisión empresarial. Pues bien, hace unas semanas el Business Roundatble, que agrupa a casi 200 de las grandes empresas de aquel país, ha declarado superado ese principio, proponiendo que las firmas «además de servir a sus accionistas, inviertan en sus trabajadores y comunidades, porque saben que esa es la única manera de alcanzar el éxito a largo plazo».

¿Viene una transformación, un cambio profundo? Quién sabe. Pero nadie debiera despreciar la capacidad de adaptación que el capitalismo ha mostrado a lo largo de su ya larga historia.

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