Poderoso caballero es don dinero, ¿o ya no tanto?


Profesor de Economía Aplicada de la UVigo- Grupo GEN

Decía uno de los más insignes escritores del Siglo de Oro, Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, que poderoso caballero es don dinero. Y la verdad es que razón no le falta, ya que los mercados de capitales son una parte muy importante de nuestra economía, cuyo comportamiento puede darnos sonadas alegrías o tremendos disgustos. Por cierto, en los últimos años hemos tenido más de los segundos que de los primeros.

Nadie puede cuestionar el papel protagonista que ha tenido el BCE para paliar la última crisis económica, a través de una sencilla receta: bajos tipos de interés y compras masivas de valores para facilitar liquidez a los gobiernos. El generoso comportamiento del BCE permitió que muchos países del Viejo Continente, entre ellos España, mejorasen sus niveles de crecimiento y lograsen pasar página a la peor crisis económica de los últimos cincuenta años.

Ahora bien, lo bueno no dura eternamente. El BCE aplicó una política contracíclica, basada en el estímulo monetario, pero esta actuación, como todas las recetas económicas, está pensada para un breve espacio de tiempo. Y desde luego no puede considerarse como el bálsamo de Fierabrás que, según la leyenda, curaba todo tipo de heridas.

Desde luego no podemos dejar de agradecer al BCE su actuación, puesto que trajo consigo importantes beneficios a las economías occidentales, conteniendo una crisis de deuda que llegó a tambalear los cimientos el euro, e incluso la supervivencia de la Unión Económica y Monetaria. Sin embargo, la realidad es que tanto la bajada de los tipos como la compra de deuda a los gobiernos no permite asegurar un crecimiento económico sostenible a medio y largo plazo.

En los primeros cursos de los grados de Economía y Administración y Dirección de Empresas enseñamos a nuestros alumnos que los tipos de interés bajos y, sobre todo los negativos, incitan a tomar decisiones económicas sin riesgo. Y esto, créanme, es malo, muy malo, ya que no existe coste para endeudarse. Además, este comportamiento resulta perverso, ya que perjudica la rentabilidad de los instrumentos financieros a medio y largo plazo, puesto que ya no es rentable invertir, por ejemplo, en activos para la jubilación. Pensemos en la caída de la rentabilidad continuada de los fondos de pensiones y seguros de vida-ahorro ante la reducida rentabilidad del capital. Todo esto ha hecho mella en las decisiones de inversión de los agentes económicos, al no garantizar los mismos beneficios que hace unos años.

Si además se tiene en cuenta el creciente deterioro de la economía europea y que la única medida parece ser más de lo mismo, acudiendo el BCE como salvador de la presión financiera a la que se ven sometidos los gobiernos, nos podemos encontrar con que lo que antes nos servía, ahora puede hacernos más mal que bien. Y es que el uso excesivo de la política monetaria ha convertido a los países en unos agentes que dependen de la benevolencia del papá BCE para poder seguir adelante. Sin restar importancia a la política monetaria, hay que mirar más hacia adentro y menos hacia afuera. La mayor parte de los países europeos, España es posiblemente el que más, necesita aplicar reformas estructurales que mejoren sus niveles de competitividad. Hay que dejar de otear el cielo, esperando que vuelva a el maná del BCE, que en un nuevo acto de infinita generosidad vuelve a extender la chequera.

En este escenario comparto la tesis de que es imprescindible que Europa camine hacia una integración fiscal. Para ello, es necesario que todos rememos en la misma dirección y que se eviten los reinos de taifas en materia tributaria. Parece que con la política monetaria no resulta suficiente. Termino como empecé: poderoso caballero es don dinero, ¿o ya no tanto?

Seis rescates bancarios al año para contener la amenaza de recesión

Manuel Blanco

El BCE acaba de aprobar otra lluvia de estímulos: 20.000 millones de euros al mes en compras de deuda. Los expertos dudan de la eficacia del programa y advierten de que Europa podría encarar una etapa de estancamiento secular, con la situación de Japón como temido espejo

Tokio. 1989. El valor del mercado inmobiliario de la capital nipona equivale al de un país como Estados Unidos. Solo el del distrito de Chiyoda-Ku, al de todo Canadá. Aquel territorio devastado por la Segunda Guerra Mundial se ha transformado en una potencia a nivel global. Sus bienes altamente tecnológicos invaden los cinco continentes, los modelos de trabajo de sus empresas se estudian en las escuelas de negocio, la productividad de su fuerza laboral no resiste comparación... Los niveles de riqueza son, en consecuencia, de los más elevados del planeta. Pero el milagro japonés, como lo han bautizado los economistas, está a punto de verse bruscamente interrumpido. Desde entonces hasta nuestros días, Japón atraviesa una suerte de crisis endémica que, todo hay que decirlo, para sí querrían buena parte de las naciones conocidas habida cuenta de la calidad de vida acumulada. El estado asiático soporta ya varias décadas de fuerte estancamiento, con el crecimiento en tasas muy modestas y una deflación crónica. Y ello pese a que su banco central ha regado insistentemente la economía del país de estímulos monetarios. Una lluvia de millones que no ha surtido los efectos esperados.

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