El riesgo político en el 2018


Un año atrás, una fuerte aprensión se extendía por Europa acerca de la posibilidad de que a lo largo de los meses siguientes surgiera un panorama político extremadamente difícil, debido al eventual auge de las fuerzas antisistema en las elecciones a celebrar en algunos de los principales países del continente. Lo cual, se decía, no tardaría en provocar efectos económicos perniciosos, con un notable aumento de la inestabilidad, y acaso un frenazo en seco de la línea de reactivación que parecía al fin encauzada.

Sin embargo, lo sucedido en los sucesivos procesos electorales no confirmó, al menos en un primer momento, esos temores. Las fuerzas antieuropeas de extrema derecha tuvieron buenos resultados en Francia, Holanda o, más tarde, en Alemania, pero no se acercaron al poder. Con ello -y sobre todo con la llegada de un líder europeísta fuerte como Emmanuel Macron a la presidencia francesa- en los meses centrales del año se extendió la idea de que el peligro estaba en buena medida conjurado, surgiendo así un cierto entusiasmo sobre la posibilidad de un nuevo comienzo del proyecto europeo.

Pero esos sentimientos eran prematuros. Tras el verano se fue viendo que entre los grandes países, solo Francia proyectaba en realidad un cuadro político estable en una perspectiva de medio plazo. Pese a las conjeturas iniciales, las grandes dificultades para formar gobierno en Alemania (a no ser que se repita la indeseada fórmula de la gran coalición) dibujaron un escenario de inestabilidad no previsto en aquel país; un asunto que puede ser decisivo para el éxito o fracaso de las necesarias reformas para una nueva gobernanza en la UE. En Austria, el nuevo gobierno, con presencia de extremistas, no anuncia nada bueno. En el Reino Unido, por su parte, es ya obvio para todos que el Ejecutivo tory no tiene idea de cómo afrontar de verdad la crisis del brexit, y su debilidad crece por semanas. Y en Italia, en fin, de cara a las próximas elecciones, las encuestas siguen situando al M5S, claramente populista y adversario del euro, como primer partido; algo que pudiera tener notables consecuencias económicas, dada la precaria situación en la que sigue estando el sistema bancario del país, potencialmente muy sensible a un deterioro serio de la confianza.

Y luego está el caso de España. El resultado de las recientes elecciones catalanas proyecta un importante elemento de incertidumbre de cara a los próximos meses. Si el desafío continuara, como parece probable, el consumo y la inversión en aquella comunidad se resentirían ya de un modo más firme y persistente, y algo de ese lastre se trasladaría con seguridad al conjunto de la economía española. Todos los institutos de predicción -el ultimo, esta misma semana, el Banco de España- apuntan a que en ese caso, la tasa de crecimiento sería menor de la inicialmente esperada, de en torno a un 2,4 %. Por lo demás, esas elecciones dejan también barruntos de fuertes perturbaciones para el conjunto de la política española (con un jefe de Gobierno muy debilitado), con las consiguientes especulaciones sobre posibles finales adelantados de legislatura. Las decisiones de empresarios y consumidores podrían verse afectadas por las dudas sobre la continuidad de la política económica.

De cara al 2018, por tanto, habrá que seguir contando con el riesgo político para la economía del conjunto de Europa. Las causas del profundo malestar no han sido en absoluto corregidas, por lo que las «anomalías políticas» (o lo que así se consideraba en los años de expansión) seguirán estando presentes. Y lo estarán, probablemente, durante una buena temporada.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
7 votos
Comentarios

El riesgo político en el 2018