La gran aceleración


Andamos a la búsqueda de explicaciones a la actual encerrona en la que ha acabado metida la situación internacional, en la cual, después de varios años en los que la economía nos ha obligado de forma repetida a pensar lo impensable y a tomar decisiones al borde del abismo, ahora todo ello parece haberse desplazado al ámbito de la política. Seguramente nos pueda ayudar en esa tarea recordar que, durante varias décadas, una economía volcada cada vez más hacia las finanzas ha ido perdiendo la noción de límite; y no en uno, sino en muchos terrenos.

Ello es obvio por lo que respecta a la geografía: la globalización no ha significado otra cosa que el abatimiento de fronteras. Asimismo, los límites entre economía y política se han tornado cada vez más conflictivos, con la camisa de fuerza de los mercados restringiendo un concepto genuino de la democracia. Esto tiene que ver con los límites morales de los mercados, que ha estudiado mejor que nadie el filósofo de Harvard Michael Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Pero quizá más significativo aún resulta la ilusión del conocimiento que predominó entre 1980 y el 2008, en la que el análisis del comportamiento económico descansó en exceso sobre las nociones de ultrarracionalidad y eficiencia natural de los mercados, llevando a la aceptación -con frecuencia demasiado acrítica- de la idea de que al fin se había alcanzado un mundo estable para muchas décadas.

Con todo, donde esa manifiesta pretensión de estar situados más allá de los límites ha llegado quizá más lejos es en la relación de las finanzas con el tiempo. Las operaciones financieras hace no mucho tiempo se cruzaban típicamente en horas. Progresivamente, con el proceso de transformación experimentado por los mercados de capital -en los que la innovación a gran escala ha ido acompañada de dinámicas de desregulación e internacionalización crecientes-, los ritmos de la toma de decisiones se han ido acelerando de un modo extraordinario. Así, pronto se pasó a hablar de minutos; luego de segundos, y ahora cada vez se utiliza más la expresión de nanosegundo (un casi inasible diez elevado a menos nueve segundos). Se trata del fenómeno que el gran economista del Banco de Inglaterra Andrew Haldane ha llamado «una carrera hacia cero».

Naturalmente, un proceso de este tipo no está exento de grandes riesgos, entre otras cosas debido a que sobre unos procesos de aceleración tan intensos no es posible que intervenga la decisión humana, con lo cual la realidad actual de los mercados de capital es la de un conjunto simultáneo de acciones de inversión o desinversión a gran escala adoptada por puros algoritmos. A partir de ahí no es extraño que nos hayamos acostumbrado a la sucesión de múltiples flashcrash en los que los valores -o determinadas divisas, como ocurrió con la libra después del brexit- se derrumban por instantes o minutos, para recobrarse después también a gran velocidad.

A la evolución de la economía a partir de 1990 se la denominó, de un modo muy ilusorio, La gran moderación. A lo que vino después de la crisis lo hemos llamado reiteradamente La gran recesión. Teniendo en cuenta todo lo que hemos descrito en los párrafos anteriores, relativo a la pérdida de la noción de límite temporal por parte de los mercados de capital, y que en menor medida se ha dado también en otros aspectos de la economía, ¿no sería en realidad mas adecuado llamar a esta época La gran aceleración?

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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