Cansados de clientes que pasan horas navegando en sus locales sin apenas consumir, varios propietarios han recortado este servicio, y algunas librerías siguen ya este camino
29 ene 2017 . Actualizado a las 05:00 h.La historia se repite en muchas cafeterías de Londres. Clientes que llegan con su portátil, piden un café o un té y se quedan varias horas trabajando, contestando correos o pasando el rato navegando de página en página. Pocos son los que toman más de una consumición, y en la capital británica se han puesto manos a la obra para acabar con la situación. Unos se decantan por limitar el acceso gratuito a Internet a una hora, los hay que esconden los enchufes para que la visita del cliente termine cuando la batería se agote y otros obligan al cliente a darle al botón de «Me gusta» en sus cuentas en redes sociales. Pero ahora, los hay que se atreven a decir adiós a Internet y abogan por un espacio libre de wifi.
En el caso de Jack Hesketh, propietario de Store Street Expresso, defiende el papel de la cafetería como punto de encuentro social y reconoce que ha bloqueado los enchufes en su local en el barrio de Bloomsbury, y se está pensando hacer lo mismo en los otros dos. «Estábamos encontrando que veías la cafetería y había unas 15 personas, todas sentadas en 15 mesas diferentes, y que no se oía ni un murmullo», lamenta. Ahora, durante varias horas del día, el wifi está apagado intencionadamente.
Una de las clientas habituales en varias cafeterías de los alrededores de Dalston es Lyndsey Angus. «Me concentro bien en los cafés, en mi piso empiezo a dar vueltas y no consigo hacer nada», explica. Lleva un par de horas y ha tomado un par de capuchinos, pero reconoce que la mayoría de las veces solo toma uno, por el que paga más de tres euros al cambio. A eso le siguen muchos vasos de agua del grifo, así que entiende que muchos propietarios estén molestos, pero a su favor argumenta que a esa hora del día los cafés, si no estuviese gente como ella, estarían vacíos.
En una mesa cercana está Dan. Es escritor y está terminando de hacer una solicitud para una beca de postgrado. «Reparto mi trabajo en el ordenador entre esta cafetería debajo de casa, la biblioteca de la esquina y tirado en la cama. Aquí puedo pasarme horas y horas y siento que me organizo mejor, que puedo tachar cosas de mi lista de pendientes», cuenta con naturalidad mientras disfruta de los últimos sorbos de un café con leche.
Más al este de la ciudad, Liam Casey, propietario del Pacific Social Club, reconoce que no le gusta nada cuando los propietarios de portátiles le desenchufan sus lámparas para dar una vida más larga a sus baterías. De hecho, los usuarios de ordenadores y todo tipo de tabletas tienen una sala para su uso, pero no son mezclados con los que disfrutan de un desayuno o una reunión de trabajo.
ayudar al negocio
Menos crítica es Sophie Godding, propietaria del café Coffee in the Wood en el suroeste de Londres. Tiene claro que muchos de sus clientes utilizan su espacio como oficina porque no se pueden pagar una renta. «Toman café, a veces si tienen mucho trabajo se animan con un trozo de tarta para coger fuerzas. Son muy tranquilos y nos ayudan a mantener el negocio a flote», comenta.
La iniciativa de acabar con el acceso al wifi dio un paso más allá en el establecimiento librería Bookshop, donde apoyan un espacio libre de llamadas y mensajes. «Queremos que nuestros lectores disfruten de los libros sin la interrupción de los teléfonos móviles», comenta Jess, una de sus empleadas. Aquí los libros están organizados por temática, lo que «ayuda a los clientes a elegir los libros que no necesariamente estaban buscando cuando llegaron, pero que querrán cuando salgan. Ayuda a ampliar el interés de uno al ver libros similares a lo que quieres en un estante», puntualiza su dueño, Paddy Butler.