El IEO se desmorona

La dimisión de la secretaria general, tras denunciar años de gestión «cuanto menos arriesgada», sume en el pesimismo a una plantilla abocada a la austeridad


redacción / la voz

En el Instituto Español de Oceanografía (IEO) bromean -por no llorar- con el antiguo empleo del ministro de Ciencia y Tecnología, Pedro Duque. Porque solo si se está en el espacio se puede no escuchar el estrépito que está produciendo el desmoronamiento del centenario instituto, que no se derrumba precisamente por viejo, sino por la esclerosis de una gestión centralizada y  de sus finanzas. 

La primera caída de cascotes se produjo en febrero pasado, con la dimisión del anterior director de este OPI (organismo público de investigación), Eduardo Balguerías, tras unos fallos de gestión que derivaron en la asfixia financiera del ente. Siguieron otros desprendimientos, como las llamadas de atención de los trabajadores del instituto, advirtiendo de la parálisis en la que se encontraban, la falta de recursos que obligó a paralizar la flota de buques oceanográficos por no disponer de fondos para pagar víveres, combustible y tripulación, -salió el CSIC al rescate prestando 96.000 litros de gasoil- o las protestas de los directores de los nueve centros oceanográficos. Un gesto, este último, especialmente significativo a juicio del personal del IEO, puesto que son «cargos de confianza» que nunca se habían significado hasta ahora.

Pero todos los parches prometidos a principios de este año no han conseguido frenar la deriva y los desmoronamientos continuaron la semana pasada, afectando de nuevo a la mismísima cúpula: la secretaria general de IEO, Blanca González, presentaba su dimisión. Y apenas dos días después, llegaba la del director del Oceanográfico de Baleares, Antoni Quetglas. Una marcha en ambos casos por «decisión propia» y por la situación del instituto, que no se arregla ya con «tapar agujeros», señala Quetgla, y requiere «una reforma profunda y que debe venir desde arriba», dice González.

Gestión «arriesgada»

Sin dejar de admitir que se va «con un sabor amargo en la boca» porque todas las ganas e ilusión con las que entró sucumbieron al no cumplirse «las condiciones mínimas que necesitaba para poder intentar arreglar un poco la situación» y, sobre todo, al ver los números de una gestión «cuanto menos, arriesgada y con decisiones cuasi unilaterales», la secretaria general del IEO enfila la puerta no sin antes advertir de la austeridad que se avecina.

Una contención obligada dada «la situación a la que ha llegado el organismo» tras una etapa de asunción de compromisos «por encima de las posibilidades, sin seguir una planificación del gasto» y trabajando con cuentas de la lechera, «jugando con expectativas futuras de recepción de generaciones o transferencias, que podían llegar, o podían no llegar». En tanto no llega el suplemento que se ha solicitado, González ha buscado el rescate en Hacienda, a través de un crédito específico para saldar las deudas de ejercicios anteriores de una tacada, pero «la infracción cometida solo admite como solución la aprobación de una norma con rango de ley». Y en eso se está, pero el trámite «es complejo y largo», sin perder de vista la situación económica tras la pandemia. 

En su escrito de despedida, la secretaria general del organismo -que, no obstante, continuará hasta que llegue su relevo por decisión de su homólogo de Investigación en el Ministerio de Ciencia- conmina a los trabajadores a «cambiar la dinámica» y no comprometer gastos si no hay crédito, por más que señala que el IEO «debería tener bien diferenciada la gestión ordinaria de la de los proyectos, que debería tener un presupuesto diferenciado para que los investigadores puedan gestionar y financiar sus proyectos con agilidad». Pero esa es la reforma profunda a la que se refería y que debe llegar de las altas instancias.

 De la austeridad que viene ya están teniendo los trabajadores del IEO un pequeño aperitivo. «Estamos en parada técnica -dice un investigador-. Si se continúa trabajando es por el voluntarismo de su personal, que ha movido a este Instituto desde siempre, intentando intentando salvar todos los inconvenientes administrativos de una gestión centralizada». Pero esta termina acabándose cuando todos son impedimentos ya insalvables y «hasta para comprar una simple probeta para el laboratorio, formol, papel... cualquier gasto nimio, hay que abrir un procedimiento excepcional solicitando a Madrid autorización, hacer una memoria y pedir tres presupuestos, casi presentar la partida de nacimiento, y esperar…»

Lo paradójico es que el instituto tiene dinero, pero por las deudas de años anteriores esos fondos, Hacienda mediante, ya no llegaban a entrar en la cuenta del IEO, «ni se sabe qué suecede con los ingresos externos generados por los propios proyectos de los que no se puede disponer y que seguramente habrá que devolver», apuntan las citadas fuentes.

Aunque hay un equipo de expertos desde principios de año estudiando y analizando cómo salir, lo está haciendo «con calma». Lo que pasa es que no hay tiempo para tomárselo con esa paciencia y la plantilla clama por Pedro Duque, a ver si ha llegado del espacio (o antes de que se vuelva, ahora que ha decidido desempolvar el traje de astronauta para posar en las fotos).

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