Aunque el ministro José Blanco no nos ponga el AVE a la puerta, por la reducción del gasto, no nos faltan otras alegrías. El lucense, Alejandro Gómez, acaba de proclamarse ganador del campeonato «Mejor Gin Tonic Original de Galicia». Suena a encuentro de amigos en un bar de copas, al aperitivo de la una antes de comer, a la última copa después de la cena en el pub de la esquina. Alejandro aprendió el oficio de barman en el negocio familiar, y de casta le viene al galgo. Antes, ya había ganado el Campeonato de Coctelería tres veces.
En mis tiempos universitarios de Compostela, después de las clases de Derecho Civil, nos acercábamos a la Rúa do Vilar, a libar los combinados que preparaban magistralmente. Era más llamativo contemplar las cabriolas y gestos teatrales del barman, baile y contorsiones, que el brebaje en sí mismo. Tenían tanto éxito estas destrezas que el local, estrecho y reducido, estaba siempre lleno de clientes. Era de buen tono pasarse por allí y pasaba todo el mundo. Allí podías ver a la chati que te gustaba y al profe ayudante que te calificaba. Y te entonabas, claro.
Alejandro habla de que sus cócteles despiertan los cinco sentidos. Es acertado, pues si despiertan todos los sentidos no deben ser cócteles, sino bombas que resucitan a un muerto. O sea, que te vuelves una moto.
El joven lucense también nos informa que la tónica y la ginebra es el combinado de moda. «Hay fiebre de él: tanto para sobremesa como para cena», explica. Miguel de Cervantes dijo en su día que demasiado vino ni guarda secreto, ni cumple palabra. La ginebra ni te digo. Que no se entere la Guardia Civil. O sea.
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