El viaje a ninguna parte

La Voz

LUGO

ÓSCAR CELA

BENIGNO LÁZARE LA OTRA MIRADA La estación de autobuses se recicló en un frecuentado centro de día

02 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Los domingos por la tarde la estación de autobuses es un bullicio de estudiantes universitarios que vienen y van. Los que vienen llegan desde muchos rincones de Galicia, e incluso de la parte occidental de León. Son futuros veterinarios de A Estrada o ingenieros agrónomos de Villafranca del Bierzo, que llegan cansados tras un intenso fin de semana. Los que se van llevan todos grandes bolsas y destino común a Santiago, abarrotando hasta media docena de autocares de la misma empresa. Sin embargo, ese mismo domingo por la mañana la nave central es la desolación, sólo rota por el paso de alguna persona que entra a consultar los horarios de los coches de línea o que se acaba de bajar de uno de los pocos autocares que se detienen junto a un andén. La mayor parte de las taquillas permanecen también abandonadas, aunque no ocurre lo mismo con el puesto de revistas, cada vez más surtido. Durante muchos años la amplia sala de espera situada encima de las taquillas estaba permanentemente a tope de gente. En 1975 todavía era necesaria cierta solvencia económica para tener coche propio, y en provincias como esta, de gran dispersión y mayor pobreza, la línea seguía siendo el medio de transporte más usado. Abajo se formaban largas colas ante las taquillas, especialmente ante las de determinadas empresas que tenían itinerarios privilegiados, como los de Ourense, Santiago, A Coruña o Vilalba. Las aglomeraciones se resolvían más que con la ampliación del número de autobuses, con el sistema de «enlatado» de viajeros, estado en que permanecían hasta una distancia de 15 o 20 kilómetros, cuando el vehículo ya había realizado media docena de paradas. Con el descenso del uso del transporte colectivo, sobre todo en los recorridos provinciales, este edificio hubiese permanecido casi desierto todo el día si no fuese porque se recicló en una especie de centro de día de la denominada «tercera edad». El lugar reúne unas condiciones muy elementales para funcionar como tal pero, a la vista de los resultados, son suficientes para satisfacer las contenidas necesidades de este numeroso colectivo. En un fracasado intento de disolver estas diarias concentraciones de jubilados, los responsables del edificio decidieron hace años cerrar el acceso a la sala de espera de la parte alta, retirando incluso todos los asientos y mesas. Sin embargo el objetivo no se consiguió y ahora ocupan los bancos destinados a los viajeros en situación de espera. «Que os volvan deixar subir, porque non hai forma de coller un banco», pide junto a la consigna un hombre también próximo a la jubilación, mientras espera de pie el autocar de Ourense.