Lolo, un ceramista de O Corgo, guarda en siete locales repartidos por varias casas de Anseán más de 3.500 vasijas y piezas de barro que fue reuniendo en más de 20 años
10 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Hace más de dos décadas el ceramista de O Corgo Lolo Fernández empezó a comprar en Madrid vasijas antiguas de todo tipo pero relacionadas con el agua. La adicción pronto se le desbocó y los chutes cerámicos eran cada vez mayores, sin respetar los límites originarios de que fuesen viejos recipientes para el agua. Los viajes a Galicia solían ser con dos turismos llenos de cacharros, que se iban almacenando en la casa paterna de la parroquia de Anseán, y el traslado cuando la familia decidió abandonar la capital española fue con camión.
El resultado actual de tan peligrosa droga son 3.500 objetos distribuidos por salas, garajes, taller de trabajo, antiguas cuadras reconvertidas y otras dependencias hasta sumar más de media docena de locales repartidos por el pueblo. «Para poder expoñelos todos necesitaría unha nave un pouco grande», señala el artista, que suma a las piezas compradas otro número indeterminado de creación propia.
Definirse es lo de menos
Sin que le preocupe saber si se tiene que definir como artista, artesano, ceramista o de cualquier otro modo, ahora que se quedó en el paro Lolo se mete todos los días en su taller y, a ratos, se sienta ante el torno, moldea a mano, les da color o enciende alguno de los hornos y cuece las piezas. Vende una parte pequeña de lo que produce y a veces le hacen encargos como medallones y otras formas que requieren trabajar con molde, pero a él lo que le gusta es hacer piezas únicas.
Básicamente se considera un mal vendedor, por supuesto, de sí mismo también. Pese a ello le dieron el primer premio del Certamen Fraguas de la Diputación de A Coruña y hace tres años participó con sus trabajos en el festival de Lorient. En Lugo también expuso en colectivas de la Escola de Arte en el Círculo, en el Uxío Novoneyra y en las fiestas de San Froilán. Ahora está a punto de hacerlo de forma individual en la Diputación.
El rastro de Madrid fue uno de los lugares en los que más piezas adquirió para su colección. Era la época en que había mucho barro y todavía se conseguía a buen precio, aunque la primera pieza la compró en Guadix. Sin embargo entre las que más aprecia de la colección figura alguna de Samos, alfarería ya desaparecida y que tuvo una producción pequeña, por lo que también es muy buscada. «Sen embargo, en Romelle e Lamartín aínda quedan moitas casas co forno de cocer o barro ao lado do outro para o pan», señala. También conserva una vasija para la miel que tiene un reborde que no se sabe con certeza que finalidad tenía. A la colección le debe un buen conocimiento de los centros alfareros peninsulares.