¿Influye lo que comemos en la salud mental?: «Las personas que consumen ultraprocesados tienen más riesgo de sufrir depresión»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

El consumo de ultraprocesados se asocia a un mayor riesgo de depresión.
El consumo de ultraprocesados se asocia a un mayor riesgo de depresión. La Voz de la Salud

Son varios los estudios que relacionan la dieta mediterránea con un buen estado del cerebro, ¿cuáles son los nutrientes más importantes?

28 jun 2022 . Actualizado a las 18:22 h.

Pese a los avances tecnológicos, el cerebro sigue siendo todo un misterio. Al menos, para la población general. Supone, aproximadamente, el 2 % del peso de una persona y sin embargo, consume alrededor del 20 % de la energía corporal. 

Somos lo que comemos, y nunca mejor dicho, porque el cerebro tiene hambre y necesita alimentarse. O al menos, nutrirse. ¿Influye la dieta en nuestra salud mental? Y tanto. Eso sí, los efectos no llegarán de la noche a la mañana: «Lo que comemos importa, sobre todo, a largo plazo», explica Diego Redolar, doctor en Neurociencias, profesor de Neuropsicología en la Universitat Oberta de Catalunya y codirector del grupo Cognitive Neurolab

Más allá de que una dieta pobre en alimentos de calidad es un factor de riesgo para las conocidas enfermedades no transmisibles, desde hace unos años se tienen indicios de que la alimentación influye en nuestra salud mental. Y no es para menos, con cada trozo de brócoli, pimiento o salmón, ingerimos una serie de macro y micronutrientes que intervienen en el funcionamiento del sistema nervioso e inmune, por mencionar solo algunos de ellos. Una revisión de estudios del 2014 apuntó hacia esta dirección: «Una dieta alta en fruta, verdura, granos integrales y pescado podría reducir el riesgo de depresión, lo que indica que la intervención dietética tiene el potencial para considerarse una estrategia de prevención primaria», sugería un metaanálisis publicado en Clinical Nutrition. Con todo, destacaban la necesidad de futuros estudios. 

En el 2018, otra revisión reconocía que una dieta de mayor calidad se asociaba con un menor riesgo de aparición de los síntomas depresivos, aun cuando no todos los resultados analizados estaban en línea con esta conclusión. 

¿Por qué las investigaciones hablan con tanta cautela al respecto? «Los estudios que hay en humanos son epidemiológicos y de observación, y solo se puede hablar de una asociación con menor riesgo de depresión. Es decir, que la alimentación es uno de los factores», señala Ana Belén Ropero, profesora titular de Nutrición y Bromatología en la Universidad Miguel Hernández. 

Aquí tiene mucho que ver la nutrición. Se piensa que los mecanismos que vinculan una variable y otra (en este caso, depresión y dieta) se explican mediante los nutrientes: «Hay varios de ellos que se han relacionado. Los más estudiados son los ácidos grasos omega 3 EPA y DHA. Por ejemplo, un buen número de artículos demostraron que los pacientes contienen menos niveles de estos. Además, su uso en ensayos clínicos ha demostrado un efecto antidepresivo», precisa Ropero. A mayores, un déficit del zinc, vitamina B3, B6, biotina, ácido fólico y vitamina C puede derivar, también, en esta epidemia de salud mental. (¿Dónde encontrar estos micronutrientes?: aquí, una guía).

Como era de esperar, la alimentación no solo repercute beneficios, sino perjuicios. «Algunos indicios parecen poner de manifiesto que existen ciertos tipos de alimentos, como los refinados y ultraprocesados, que se han ligado con algunas alteraciones, sobre todo del estado de ánimo», responde Diego Redolar. Y ojo, porque no se refiere a la depresión mayor  sino también a algunos trastornos de ansiedad. 

Para hablar sobre ello, la profesora de nutrición hace referencia a un estudio publicado en el 2009: «Se observó que una dieta rica en frituras, carne procesada, lácteos altos en grasa, cereales refinados y postres dulces está relacionada con mayor riesgo de depresión. Lo mismo en el 2011 con un estudio publicado en España», precisa. Sin embargo, encontrar el porqué exacto todavía no ha sido posible. 

Por el contrario, sí se sabe que la alimentación puede afectar a la supervivencia de ciertas poblaciones de neuronas: «Los ácidos grasos insaturados, ciertos antioxidantes o vitaminas son necesarias para que sobrevivan. Por ejemplo, en el hipotálamo se han descubierto unas neuronas que son sensibles a la B2, y que si esta desaparece, las neuronas entran en una especie de muerte celular programada», comenta Redolar. 

Así, y desde un punto de vista neurológico, no existe un link directo entre depresión y consumo de alimentos ultraprocesados, «pero sí tenemos esa visión de cómo ciertos componentes se han relacionado con el disfuncionamiento neuronal, supervivencia y función cognitiva», explica el investigador. 

Para llevarlo a un terreno práctico, ¿existe alguna dieta que ayude a nuestro cerebro? La  evidencia apunta, una vez más, hacia la mediterránea. De seguirla, el riesgo de depresión se reduce. Este patrón, tan conocido en el mundo, se nutre de fruta, verdura, hortalizas, aceite de oliva, legumbres, frutos secos al natural, pescado o marisco y carne blanca. Puntos indispensables para adherirse a la dieta mediterránea según el estudio Predimed, que puso las bases científicas a lo que ya se venía sabiendo: la importancia de estos productos para la salud cardiovascular. 

A priori, poco relacionado con el cerebro. La realidad es bien diferente, ya que la enfermedad cardiovascular y la depresión «comparten mecanismos fisiopatológicos», indica Miguel Ángel Martínez González, jefe de grupo del CIBEROBN, médico, epidemiólogo y catedrático de la Universidad de Navarra. Precisamente, fue uno de los autores del estudio Predimed

El equipo del catedrático ha seguido esta línea de investigación durante bastante tiempo para establecer una relación entre nutrición y depresión. «Vimos que las ecuaciones que existen ahora mismo en medicina para predecir aquellos que van a tener un infarto, funcionan también con quienes van a tener una depresión. Es más, incluso a veces, mejor», reconoce. 

Todo parte de los factores de riesgo cardiovasculares más importantes: obesidad abdominal, hipertensión o resistencia a la insulina. «Aumentan el riesgo de que se produzcan trastornos a nivel metabólico que conduzcan a la depresión. También se ha observado que a la gente con depresión le sube la tensión, y eso deriva en mayor riesgo de hipertensión. Y además está el síndrome metabólico (conjunto de obesidad abdominal, perímetro de la cintura marcado, glucosa alta en sangre, etc)», explica el catedrático. El grupo dirigido por Miguel Ánger Martínez-González vio que estas condiciones aparecen con mayor frecuencia en personas con una enfermedad depresiva, y que están limitadas por el qué comemos. 

El estudio se basó en casi 15.000 voluntarios, a los que acompañaron durante diez años: «Comparamos el 25 % de la muestra que más ultraprocesados comían, con el 25 % que menos consume. Y vimos que los primeros presentaban un incremento relativo del 33 % de desarrollar depresión», señala el investigador en epidemiología nutricional. Es decir, «que los que comen este tipo de productos tienen más riesgo de padecerla». 

Aquí no vale, ¿qué fue primero: el huevo o la gallina? La depresión llegó después de analizar lo que habían comido, «pues eran personas que nunca antes la habían padecido», explica el epidemiólogo. En el transcurso de diez años, fueron 774 los nuevos casos diagnosticados. 

Las membranas de las neuronas, que es donde están los receptores y se produce la neurotransmisión de unas con otras, están continuamente remodelándose y reformulando dependiendo del tipo de grasa que se consuma, de azúcares o de los aditivos

Para el investigador, es un claro ejemplo del refrán: somos lo que comemos. «Las membranas de las neuronas, que es donde están los receptores y se produce la neurotransmisión de unas con otras, están continuamente remodelándose y reformulando dependiendo del tipo de grasa que se consuma, de azúcares o de los aditivos», explica el doctor.

Precisamente, estas membranas albergan una capa bilipídica de fosfolípidos, en los que se alojan los receptores de la serotonina o dopamina, «neurotransmisores relacionados con la depresión», apunta el experto. 

Así, la alimentación tiene un impacto casi directo en esta estructura: «Los fosfolípidos pueden contener ácidos grasos saturados, poliinsaturados, monoinsaturados. Esto depende mucho de lo que consumamos», señala Martínez-González.

Por el contrario, cuando la dieta de la gente se basa en ultraprocesados, y escasean las frutas, verduras o frutos secos (entre otros) se observó que puede existir un déficit vitamínico, esencial para la producción de monoamina, «los neurotransmisores más  importantes en la depresión», destaca el catedrático. 

Dieta cetogénica: ¿es lo mejor para el cerebro?

El cerebro se alimenta, en su mayoría, de hidratos de carbono. Por su parte, la dieta cetogénica se caracteriza por un bajo aporte de este macronutriente, y altas cantidades de grasas que comienzan a funcionar como gasolina. ¿Tiene sentido seguir este patrón aún cuando sabemos que no es lo preferido por el cerebro? 

«Los ácidos grasos proporcionan mucha energía, más que los carbohidratos (9 kilocalorías por gramo frente a 4), solo que esta energía es lenta. Todo nuestro organismo está conformado para que, en una situación de ayuno, toda la glucosa existente vaya dirigida al encéfalo, al tejido nervioso», explica el neurocientífico Diego Redolar, que añade: «Porque todas las células de nuestro cuerpo necesita que la insulina sea el transportador de la glucosa, con excepción de las neuronas. Es así porque necesitan cantidades ingentes de glucosa», explica.

De esta forma, el organismo tiene un sistema mediante el cual, en situaciones de falta de hidratos de carbono, todo el cuerpo puede utilizar ácidos grasos como energía, y el tejido nervioso recurrir a la glucosa. 

Por ello, Redolar apunta: «En mi opinión, y en base a los estudios que se han hecho, la dieta cetogénica es un error para el funcionamiento y salud cerebral. Para ello necesitamos la glucosa, y por lo tanto, los hidratos de carbono, sobre todo, los de metabolización más lenta», concluye. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.




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