Andrea, paciente de anorexia en recuperación: «Comer una ensalada me daba miedo»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Andrea sufre anorexia.
Andrea sufre anorexia. CESAR QUIAN

La joven comenzó a experimentar síntomas cuando se trasladó de su Viveiro natal a la ciudad de A Coruña para estudiar

07 nov 2025 . Actualizado a las 11:52 h.

Un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) se puede originar a partir de diferentes circunstancias. Al contrario de lo que se suele pensar, no siempre tiene que ver con una búsqueda estética, una dieta para adelgazar o una persecución de un ideal de belleza. Se trata, en realidad, de una patología de salud mental que puede desencadenarse, por ejemplo, como un mecanismo maladaptativo a la hora de afrontar cambios vitales para los que una persona no está preparada.

Así fue como se inició en el caso de Andrea, una joven de 24 años que, como suele suceder, abandonó su municipio natal al empezar su vida adulta. En el 2019, al acabar el instituto, la vivariense se trasladó a la ciudad de A Coruña para comenzar sus estudios superiores. Vivir lejos de su familia fue el puntapié que desencadenó su anorexia. «Cuando vine estaba un poco mal y dejar de comer me hacía sentir que tenía el control de la situación. Me hacía sentir mejor. Pero al final, me llevó a esto», cuenta.

Mudarse a otra ciudad para estudiar es el primer gran cambio vital para muchas personas. Pero, si bien la sociedad ha impuesto unos tiempos en los que debemos abandonar el nido, lo cierto es que no todo el mundo está listo para hacerlo en el mismo momento. El choque entre lo que se supone que deberíamos poder asumir y la incertidumbre, los miedos o las ansiedades que muchos sienten en ese momento no es fácil de procesar.

Las presiones de esta etapa tampoco ayudan. No es inusual que los jóvenes manifiesten angustia ante la sensación de que las decisiones que tomen en esos años determinarán el resto de su vida: elegir una carrera, una ciudad, unos amigos, incluso, una pareja. También suele estar presente el sentimiento de que el tiempo se agota y que es necesario actuar rápidamente para alcanzar ciertas metas que, socialmente, se impone cumplir a determinada edad. Estrés, cambios y presión por hacerlo todo bien acaban por ser un cóctel explosivo que desborda la salud mental de muchos.

El camino en zigzag de la recuperación

Aunque muchas personas ocultan sus trastornos de la conducta alimentaria durante años a sus amigos y familiares, este, afortunadamente, no fue el caso de Andrea. Sus amigas y su red de apoyo se dieron cuenta rápidamente de que le estaba pasando algo. «Fueron ellas las que avisaron a mis padres. Yo empecé a tener síntomas en septiembre y para diciembre ya me habían admitido en el centro de tratamiento», cuenta.

El abordaje fue intensivo. «Venía cinco días a la semana, desde la media mañana hasta la merienda. De doce y media a seis y media. Ahí hacía tres comidas y estaba todo el día acompañada», recuerda. Pero no fue suficiente para que alcanzara un peso adecuado.

Andrea traza la línea de tiempo que contrasta con el camino de la recuperación, que dista de ser lineal. «Me ingresaron en Santiago porque no conseguía recuperar peso y al final me tuvieron que poner una sonda. Estuve ingresada más de dos meses y volví al centro», explica.

En total, el tratamiento duró más de dos años. «El problema fue que el tratamiento me coincidió con el confinamiento y no podía ir. Ahí fui a peor. Estaba muy triste, apática, sin ganas de hacer nada. La verdad es que no salía de mi casa. Mis amigas me intentaban animar y si salía algo era gracias a ellas. También me venían a ver a casa. Pero fue la peor etapa», recuerda la paciente. En el punto más bajo de su anorexia, la madre de Andrea tuvo que trasladarse junto a ella a Coruña para acompañarla. Para entonces, la joven había llegado a autolesionarse.

La enfermedad impactó en todos los aspectos de su vida. «Tuve que perder muchísimas clases por estar en el centro. Finalmente conseguí sacar todas las asignaturas, pero con mucho esfuerzo. Y a nivel social, me perdí ir a cenar con mis amigas, ir a viajes y hacer muchas cosas», lamenta.

Parte de la recuperación fue, también, entenderla como algo que tenía que ir más allá de la ganancia de peso. «Cuando ingresé en Santiago, fue de un día para el otro y fue un tratamiento muy enfocado en el peso. Me pusieron la sonda y tenía que hacer cuatro comidas al día. Yo no tenía contacto con el exterior, no teníamos móvil, no podía estar con mis padres. El tratamiento se dividía en cuatro fases según el peso. A medida que ibas subiendo tenías algunos incentivos, una llamada a la semana, una visita, así hasta que llegaras a un peso determinado. Ese tratamiento no me ayudó en nada y no me pareció adecuado. Salí de allí y volví a caer en picado, porque no habían tratado la parte emocional y mental», señala.

Hoy, la joven sigue en recuperación. «Mi psicóloga me dice que me voy a curar al 100 %, pero no lo sé. Todavía me queda mucho camino como para poder decirlo. Pero sí que noto un cambio. Antes no conseguía comer casi nada y todos los alimentos me daban miedo. Hasta comer una simple ensalada. Poco a poco, he podido ir enfrentándome a estos retos», cuenta.

Por ahora, continúa tomando medicación antidepresiva y ansiolítica para sobrellevar ciertos aspectos del trastorno. «Estar sin energía por comer poco te lleva a estar más triste, más deprimida. La medicación te ayuda a estar animada para tener ganas de comer, de salir y de distraerte», explica.

Pero, más allá de todo tratamiento, destaca que sin un círculo cercano de apoyo, nada de esto sería posible. «Pude llegar hasta aquí gracias a mi psicóloga, al centro terapéutico, a mis padres, a mi hermana y a mis amigas, que han hecho todo por apoyarme y acompañarme siempre en cada paso y en cada recaída también», asegura.

Contra el estigma y los mitos

Si algo tiene claro Andrea es que la anorexia no es una cuestión del número que arroja la báscula. «Se piensa que es algo totalmente ligado al peso y no es así. Se cree que solo tiene anorexia la gente que es muy delgada y que no come, pero ahora mismo, yo hago mis comidas pero sigo teniendo anorexia. Esto va más allá de problemas con la comida. En mi caso, pasó con el cambio de irme a vivir sola. Me refugié en controlar lo que ingería para afrontar inseguridades, tristezas o ansiedades», explica.

Su misión es dar visibilidad a un trastorno que, a día de hoy, sigue asociándose a cuerpos normativos, algo que no refleja la diversidad de realidades de la anorexia. «Lo relacionamos con un determinado tipo de cuerpo y no es necesariamente así. Porque la anorexia no es una enfermedad física, sino mental», subraya.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.