Trastornos de la Conducta Alimentaria: «Pasas de una dieta normal a la enfermedad, y luego ya no hay vuelta atrás»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Se está percibiendo un incremento de casos de TCA entre pacientes de ocho y nueve años.
Se está percibiendo un incremento de casos de TCA entre pacientes de ocho y nueve años. La Voz de la Salud

En el Día Internacional de la Lucha contra los TCA, damos voz a las experiencias de pacientes y profesionales. Testimonios en primera persona, señales de alarma, consejos y tratamiento

30 nov 2022 . Actualizado a las 13:58 h.

Todo empieza por un intento de estar mejor. Esa es la ironía. Un trastorno de la conducta alimentaria puede nacer, muchas veces, de una dieta. De hecho, las dietas se consideran las principales responsables de la mala relación que muchas personas llegan a tener con la comida. La cultura de las dietas sostiene un discurso restrictivo en el que los alimentos pasan a ser fuente de sentimientos negativos y de culpa, en lugar de verse como lo que realmente son: combustible para el cuerpo, cultura y placer. Esto da pie a ciclos de restricción seguida de atracones. Pero este discurso destructivo se disfraza de saludable; así, se introduce en las familias y se cuela en los colegios, afectando a muchas personas en una edad crítica, la adolescencia. De esa forma, la línea entre una alimentación sana y un trastorno se desdibuja poco a poco hasta desaparecer.

Este ha sido el caso de Gema, que con 20 años fue diagnosticada de anorexia, después de dos años de luchar, en secreto, con la comida. «Empecé una relación con un chico a los dieciséis años. La otra pareja con la que solíamos salir se reía muchísimo de los demás, del físico de los demás. Llegó un momento en que dije "Yo no quiero ser un objeto de burla de esta gente". Empezó todo un domingo, nos pesamos todos en casa. Y yo dije: "Voy a adelgazar un poco". Lo típico. Dejé de tomar las cosas que tomaba a media mañana en el instituto, dejé de merendar, cosas así, y empecé a adelgazar. Veía que la gente me decía: "Ay, qué guapa estás, ¿adelgazaste?"», recuerda.

Ese fue el comienzo. «Yo me sentía bien, porque me daba cuenta de que nunca me habían dicho esas cosas. Entonces asociaba el que me dijeran algo bonito con haber adelgazado. A partir de ahí, la cosa fue evolucionando. Empecé a cambiar mi alimentación, a comer las cosas cocidas o a la plancha, me volví vegetariana, que en ese momento se asociaba a estar delgada. Y llega un momento en que cruzas esa línea imaginaria, pasas de una dieta normal a la enfermedad, y luego ya no hay vuelta atrás. Empezaron las restricciones, dejé de cenar, iba restringiendo lo que podía. En casa nadie sabía nada, mis amigos tampoco. Si iba a la facultad, decía "Ya comí en la facultad". A la hora de la cena, decía que iba a cenar con mi pareja y a él le decía que ya había cenado en casa. Iba trampeando», cuenta a La Voz de la Salud.

¿Dónde están los hombres?

La anorexia, quizás el trastorno de la conducta alimentaria más reconocido y uno de los más prevalentes, no es solo cosa de mujeres. Cuando Jordi empezó a sospechar que esto era lo que le estaba pasando, decidió buscar sus síntomas en Internet. «Todos los resultados me llevaron a la anorexia. Pero todo estaba escrito en femenino. Algunas páginas especificaban posibles síntomas, como “perder la regla”. Y yo decía: “Imposible que tenga esto porque no concuerda conmigo”», recuerda. «Las páginas daban datos, como ‘nueve de cada diez personas que la sufren son mujeres'. Y yo pensaba para mí: "Pues no seré yo ese uno de cada diez, es imposible". Y lo descarté», añade.

Esta invisibilización es, para aquellos hombres que buscan ayuda, un viento en contra. Jordi tardó veinte años en recibir ese diagnóstico. Esta percepción se cristalizó para él cuando estuvo ingresado por su trastorno en un hospital de día. «Cuando estuve allí pensé que era imposible que fuéramos tan pocos. Tiene que haber muchos más que estén viviendo lo que estoy viviendo yo. Solo que puede que busquen información y les pase lo mismo que a mí, que todo está dirigido a un público femenino», dice.

Mucho más que no comer

Aunque se suelen asociar los trastornos alimentarios a una sintomatología muy puntual (pérdida de peso por no comer suficiente), la realidad es bastante más compleja y, si nos proponemos entenderlos, conviene descartar estas visiones reduccionistas y ampliar la mirada. «Un trastorno alimentario no es algo que aparece de repente. Puede debutar, por ejemplo, en la adolescencia, que es una época en la vida de las personas en la que aparecen muchos de los resultados de cómo ha sido la vida de esa persona. Incluidos los trastornos alimentarios, que son de categoría psicopatológica, lo que quiere decir que son psiquiátricos y psicológicos. La comida simplemente es un síntoma. Es hacia donde la persona se va para poder canalizar y calmar lo que le ocurre internamente. Pero la mayor parte de estas personas no tienen problemas físicos con la comida. Ellos ponen en la comida toda la historia de su vida. Y muchas veces hay conflictos familiares, problemas en las relaciones y vínculos desde muy pequeñitos, abusos sexuales, abusos emocionales, maltrato, duelos de personas muy queridas que no han elaborado, traumas de traición. Hay un cúmulo de circunstancias que pueden llevar a que una persona pueda padecer un trastorno alimentario», describe la psicóloga Natalia Seijo Ameneiros, especialista en Trastornos Alimentarios y codirectora del Máster en Trastornos de la Conducta Alimentaria de la Universidad Complutense de Madrid.

En este sentido, hay que tener en cuenta que los trastornos que se pueden desarrollar son diversos y van más allá de la anorexia. «Yo diferencio los trastornos alimentarios en dos tipos. Unos son los restrictivos y otros son los de sobreingesta, es decir, aquellas personas que comen en exceso. Pero comer en exceso no es comer más comida de lo normal, sino comer de una manera en la que eso puede ser perjudicial incluso para la salud», explica Seijo.

Así, entre los trastornos de sobreingesta se incluyen aquellos en los que las personas tienen atracones, ingieren alimentos de forma compulsiva, seguidos de conductas compensativas como el vómito o el ejercicio. Es el caso de Martina, que a los 19 años empezó con una dieta que rápidamente la llevó a la bulimia. «Había muchos días en los que no comía nada para no engordar, pero luego esto me llevaba a los atracones, que son la cosa típica de una bulimia nerviosa y son lo peor que te puede pasar, porque empiezas a comer, a comer, a comer, y te descontrolas totalmente. Y luego vas a vomitar o echarte a correr hora y media, a lo loco», cuenta.

«Lo peor de la enfermedad, realmente, es que todo el día estás pensando en la comida. O sea, ya no controlas nada en tu vida, estás concentrado totalmente en lo que has comido, en que no quieres comer, en lo que te vas a comer en un atracón, y todo está centrado en eso», cuenta Martina.

Niños, niñas y adolescentes, la población más vulnerable

Aunque los trastornos de la conducta alimentaria pueden aparecer a cualquier edad, «la adolescencia es la etapa de mayor riesgo para presentar estas enfermedades. La mayor incidencia se produce entre los 12 y los 18 años, pero cada vez nos encontramos con casos que tienen una edad de inicio más baja, en torno a los 8 o 9 años», observa Mariona Valls Estefanell, psicóloga especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria con enfoque integrativo e integrador.

«Los adolescentes son una población muy vulnerable a este tipo de problemáticas. La adolescencia es un período de muchos cambios, tanto a nivel psicológico como físico, en los que surgen nuevos retos y dificultades con el entorno y con ellos mismos», señala en este sentido la psicóloga Alba Martínez, de la Asociación de Bulimia y Anorexia de A Coruña (ABAC).

Según Valls, «la presión social para adelgazar, las redes sociales, la necesidad de ser aceptado y la preocupación por un ideal estético delgado asociado al éxito social, familiar y profesional podrían ser factores que explican esta mayor vulnerabilidad fisiológica» de las personas jóvenes. Pero en definitiva, lo cierto es que se trata de una edad en la que el entorno debe prestar especial atención, pero sin ejercer una vigilancia que restrinja el desarrollo de su autonomía. Evitando, por un lado, hacer comentarios acerca del cuerpo o la apariencia de niños, niñas y adolescentes, y construyendo, por otro, actitudes sanas frente a la comida y el ejercicio, y un espacio seguro en la relación con ellos, de modo que puedan sentirse cómodos expresando sus inquietudes y preocupaciones, y se vean comprendidos y escuchados.

Cifras

En España, más de 400.000 personas tienen un TCA. Con la pandemia, los casos han aumentado un 264,4 % durante el confinamiento estricto, y un 826,3 % en las primeras salidas tras la cuarentena. Los ingresos hospitalarios en unidades especializadas por esta causa han aumentado un 20 % en el último año. Y Los estudios advierten de que entre un 10 y un 20% de los casos pueden cronificarse, por lo que una detección precoz y un tratamiento especializado son claves.

El rol de las redes sociales

Se ha demonizado a las redes sociales por su impacto en la salud mental de las generaciones más jóvenes, pero en realidad, como todo lo que rodea a la salud mental, su rol es más complejo. Muchas veces, las redes ofrecen espacios de socialización y permiten conectar a personas con intereses u objetivos comunes, creando comunidades que pueden ser un apoyo útil. Es, de hecho, a través de las redes como muchas personas dan con las asociaciones que en última instancia las ayudan a salir adelante.

«Las redes sociales pueden tanto ayudar como perjudicar. Lo más importante es de dónde se saca la fuente de información en las redes. Tenemos a muchos adolescentes todo el tiempo pendientes de su físico. Se empiezan a juzgar y valorar si el cuerpo es adecuado, si está suficientemente atractivo. Ahí empiezan los problemas, sobre todo en adolescentes más jovencitos, donde todavía está en pleno desarrollo la imagen corporal. Pero la persona tiene que tener una base para desarrollar el trastorno, solo con ver ese contenido en redes otra persona no lo desarrolla», señala al respecto Natalia Seijo.

«El uso masivo de las redes sociales, con la proliferación de aplicaciones en las que las fotografías y los vídeos son la carta de presentación, junto a la utilización de filtros que reducen centímetros del cuerpo, ha ocasionado un incremento en las conductas de riesgo de trastornos. Con las redes sociales se toma conciencia de la importancia del físico y el modelo estético-corporal a edades muy precoces. Y si antes me comparo con otras personas, antes pueden empezar este tipo de problemas», explica Valls.

«Muchas pacientes nos muestran cómo han visto en Tiktok vídeos de menores de edad que hacen apología de una cultura de extrema delgadez. Por una parte se copian, y por otra parte, a través de la redes normalizan unos esquemas y estereotipos de cómo deben ser físicamente que distan mucho de lo real y de lo saludable. Absorben en sus esquemas mentales creencias disfuncionales que están configurando de una manera u otra la imagen de sí mismos, del mundo y de los demás», observa Martínez. Con esto hay que tener cuidado. Por eso, mantener un diálogo abierto con los hijos y las personas jóvenes de nuestro entorno será clave para que puedan acudir a nosotros y comentarlo cuando vean este tipo de mensajes.

Señales de alerta

Si tenemos, como hemos mencionado, una relación abierta y cercana con una persona, será más fácil no solo que ella misma pueda pedirnos ayuda cuando esté pasándolo mal, sino que detectemos los posibles comportamientos con respecto a la comida que nos alertarán acerca de un posible problema. De este modo, «dentro de las señales de alarma que nos pueden decir que una persona puede tener un trastorno alimentario de restricción, puede que la persona preste muchísima atención a la comida de repente. A veces, el detonante puede ser verme gorda, que no me guste cómo estoy. Prestar mucha atención al cuerpo, empezar a taparlo, a restringir comida, ver cómo esa persona está muy activada o, al contrario, se empieza a aislar o encerrar», apunta Seijo.

En cambio, «en los de sobreingesta, la persona empieza a comer más, pero es difícil de detectar un trastorno de sobreingesta con atracones, porque los atracones suelen tener el componente de la vergüenza y entonces lo hacen a escondidas. Lo que se puede ver es si la persona empieza a aumentar de peso, o podemos ver que tiene mucha más ansiedad. Habitualmente aparece antes la ansiedad y después los atracones como manera de canalizarla. El trastorno por atracón a veces se detecta con el tiempo. Hay señales, si empieza a faltar comida en casa, o a lo mejor meten comida en la habitación y la esconden en un armario, por ejemplo. Ese puede ser síntoma de un trastorno», explica la especialista.

«Y luego, si compensan esos atracones vomitando, se pueden ver boqueras, callos en los nudillos de los dedos, de meterse los dedos para vomitar se clavan los dedos en los dientes y los nudillos acaban teniendo callos. Luego, tienen petequias debajo de los ojos, que son pequeñas bolsitas de sangre del esfuerzo de vomitar. Estos son signos mucho más claros de que alguien tiene una bulimia nerviosa. También puede que aumenten mucho el ejercicio físico para compensar», añade Seijo.

Tratamiento y recuperación

Lo primero: salir de un trastorno de la conducta alimentaria es posible. Hace falta aclararlo y saberlo. «Yo tengo pacientes que están completamente recuperadas. Lo importante para recuperarse es querer salir de eso del todo y completar el entrenamiento. Pero son trastornos de los que se puede salir completamente. No te tienes que quedar con eso para toda la vida. Hay casos de larga evolución en los que igual pueden quedar secuelas. Cuando alguien no es tratado en mucho tiempo, el trastorno va avanzando, sobre todo en trastornos graves en los que hay traumas mucho más complejos. Hay gente que ha sufrido muchos problemas traumáticos en su vida y cuanto más tiempo pase, más dañado puede quedar el sistema interno de la persona, pero de esto se puede salir completamente. No hay que pensar que porque yo ya tuve un trastorno alimentario voy a quedar tocada para toda mi vida, porque no es verdad», asegura Seijo.

De hecho, como señala Mariona Valls, «cada vez son más las personas que se recuperan totalmente. La recuperación total se sitúa entre el 50 y el 60 % de los casos, la recuperación parcial entre el 20 y el 30 % y solo un 10 o 20 % se convierten en pacientes crónicos».

¿Cómo logramos esa recuperación? El primer paso es que la persona acepte su problema y quiera solucionarlo. A partir de allí, se suelen recomendar tratamientos multidisciplinares que pueden involucrar a nutricionistas, psicólogos y psiquiatras. «Aunque no existe un tratamiento único o estándar, el objetivo del tratamiento de los trastornos alimentarios sí que exige que se lleve a cabo desde un equipo multidisciplinar. Una patología alimentaria no se basa solo en comer o no comer, es importante todo el trasfondo: emociones, creencias arraigadas, estereotipos de género, mitos y miedos sobre alimentación, buen uso de la actividad física deportiva», explica en este sentido Martínez.

Parte de estas intervenciones pueden incluir la asistencia a comedores terapéuticos o grupos de apoyo en los que las personas puedan encontrarse con otras que están atravesando problemas afines y vean que no están solas. Al tratarse de enfermedades con cierta carga de tabú y estigma, es fácil perder de vista esto, ya que muchos pacientes lo llevan en secreto. Encontrarse con pares puede ser, entonces, liberador.

En este camino, Seijo ofrece un consejo para los padres: ser comprensivos. «Si empiezan a detectar que algo no está normal con la comida en la persona, no minimicen las cosas, pero tampoco las saquen de contexto. Lo más importante es encontrar una comprensión y una compasión para la persona que está sufriendo el trastorno. Poder comprender lo que está pasando, sus cambios de actitud, qué es lo que hace a la persona sentirse de esa manera. Porque lo más importante de todo es lo que la persona siente y qué es lo que está viviendo para canalizar esa vivencia a través de la comida. Si se detecta, cogerlo a tiempo es súper importante, pero sin irse a un extremo u otro. Sin negarlo ni exagerarlo. Simplemente, intentar entender qué es lo que está pasando desde una perspectiva sensata», recomienda.

«A veces, este proceso se vuelve muy complejo, ya que la falta de conciencia de enfermedad y de gravedad es algo muy habitual. Muchos pacientes llegan obligados por terceros y muchos abandonan por el camino por este mismo motivo. Otras veces, nos encontramos con diagnósticos tardíos que se han complicado, y con mucha patología física asociada. En cualquiera de los casos, con un tratamiento adecuado y una buena red de apoyo, se puede conseguir como mínimo una disminución del malestar, y como máximo la recuperación total del individuo en un elevado porcentaje de pacientes, y con ello me refiero a la funcionalidad en todas las esferas de su vida, no sólo en términos arcaicos de Índice de Masa Corporal», concluye Martínez.

Salir de un trastorno de la conducta alimentaria es posible.

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LAURA MIYARA

Para quienes tienen una relación sana con la comida, alimentarse es una parte más del día a día. No ocupa más espacio en su mente que el requerido para acordarse de ir a hacer la compra y no gobierna más tiempo que el destinado a cocinar o reservar mesa en un restaurante. Pero para otras personas, la realidad no es tan sencilla. Convivir con un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) es estar todo el tiempo pendiente de la comida. Se trata de control, pero la sensación de control que dan estos comportamientos es totalmente falsa y es la enfermedad la que gobierna a la persona.

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.