El anuncio esta semana por parte del presidente francés, Emmanuel Macron, de una batería de medidas de control de la inmigración, y la aparición en Alemania de las primeras fisuras dentro de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) respecto a mantener el veto a la coalición con la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) son dos noticias que remiten a la misma cuestión: ¿qué hacer cuando los partidos de extrema derecha alcanzan cuotas de popularidad tan altas que resulta imposible seguir ignorándolos? En Francia la Agrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen consigue regularmente casi un cuarto de los votos; mientras que en Alemania la AfD pasa ya del 20 por ciento en cinco estados federados.

La diferencia de sistemas políticos hace que la cuestión se resuelva de maneras distintas. En Francia, el sistema a dos vueltas (incluso en las legislativas y locales) hace que, a pesar de su peso electoral, la representación de la RN sea casi irrelevante, con lo que la preocupación de Macron no es si llegará el momento de aceptar coaligarse con ellos o no, sino la competencia directa de Marine Le Pen. El nuevo plan de inmigración de Macron -básicamente, la adopción de un tímido sistema de cuotas como en Canadá o Australia- pretende privar a RN de uno de sus argumentos electorales estrella. El problema para Macron es que su giro en este asunto supone también confirmar tácitamente que Le Pen estaría más en sintonía con los votantes a este respecto que él. El sistema presidencial francés, con sus medidas de protección para los grandes partidos, garantiza que la RN no llegue al poder más que en algún ayuntamiento. Pero una vez que atraviese determinado umbral de voto gozará del mismo poder absoluto que ahora ostenta Macron. 

El caso alemán

La cuestión afecta de una manera distinta a Alemania, donde hay señales de agotamiento del sistema de la gran coalición al que están obligados los grandes partidos para mantener el cordón sanitario a la AfD. Y no solo a la AfD. Es menos conocido el hecho de que el cordón sanitario se aplica también, al menos a nivel nacional, a Die Linke, el partido de extrema izquierda equivalente al español Podemos. La CDU por un lado, y los socialdemócratas por otro, ven con alarma como les resulta cada vez más difícil sostener estos vetos, no solo porque les dejan sin margen de maniobra para formar gobiernos sino porque pronto los números ni siquiera se lo permitirán.

La estrategia del veto nació cuando los partidos a los que se aplicaba en toda Europa eran pequeños, y si se ha mantenido en los últimos años es con la esperanza de que lo que se describe, quizá de una manera excesivamente simplista, como populismo fuese una moda pasajera. Muchos, no solo en Francia y Alemania, sino también en Suiza, Noruega, Suecia, Austria o Dinamarca empiezan a pensar que, más bien, se trata de una característica permanente del sistema y que, más que frenar el ascenso de estos partidos, el cordón sanitario ha sido una de las causas de su lento pero continuo ascenso.

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¿Se acaba el cordón sanitario?