Donde la Guadalupe aún gana a los Cubs

La incertidumbre sobre qué pasará con los 11,3 millones de indocumentados que hay en EE.UU. sobrevuela los barrios mexicanos de Chicago. Hay gente que trabaja ahí ilegal desde los 80


La Voz en EE. UU.

-¿Qué es esa W que cuelga tras la barra del bar del restaurante?

La pregunta de una mujer de mediana edad de Madison (Wisconsin) desconcierta a la comensal de la mesa de al lado que la mira extrañada: «Es la letra de los Cubs. Son una religión en Chicago». La ciudad, sobre todo el norte (en el sur son de los White Sox) está volcada con el equipo de béisbol. Es la primera vez en más de setenta años que llegan primero a la última fase de los play off. Ahora ya están en las World Series. Los bares del Loop (el centro en el que se concentran todas las oficinas), los locales de los trendy Wicker Park y Bucktown.... todo está inundado de objetos de los Cubs. Pero toda esa euforia parece apagarse a tan solo unas paradas de metro de la céntrica Clark and Lake, una arteria en la que se unen varias de las líneas que atraviesan la ciudad por el subsuelo y por los carriles elevados que van hacia el sur. En la estación de la calle 18 de la Pink Line, el rojo, blanco y azul de los Cubs queda diluido por los mosaicos multicolores de los calendarios mayas pintados en la pared de la estación. La calle 18 es la arteria principal de Pilsen, uno de los barrios de Chicago con mayor concentración de población mexicana. Los güeros están ahora tomando Pilsen, pero los bares aún reservan su altar para la Virgen de Guadalupe, no para la W de los Cubs.

Los mexicanos llegaron en los años 60. La segunda oleada entró en el país a mediados de los ochenta y la tercera hace una década. Antes era un barrio de checoslovacos. Ese tipo de arquitectura puede verse en unos edificios que se han convertido en el objeto de deseo de inmobiliarias. que los reforman para luego alquilarlos a precios mucho más altos. Todo está cambiando muy rápido, como ya ocurrió en otras partes de la ciudad donde las clases más humildes fueron desplazadas hacia los suburbios. «Nací aquí. El cambio está bien porque hay mucha menos violencia, ahora puedo ir por la calle por la noche, pero no todo el mundo puede ahora con la renta y tienen que irse de su casa de toda la vida», cuenta Alfredo. Algunos han ido desplazándose hacia La Villita, unas calles más al sur. Esa ya es otra historia: «Allí no voy porque pueden confundirme con un pandillero y me pegan un tiro. A usted no le pasa nada por el día, pero a mi es porque me pueden confundir», dice Alfredo NO Las guerras entre pandillas no son aisladas. «Algunos pelean no más por pelear, otros porque están metidos en drogas... Crecí con eso. No tengo miedo», añade. Este joven peluquero tiene amigos que fueron pandilleros.«Luego comprendieron que eso no llevaba a nada. Antes de que construyeran la High School, Benito Juárez, resultaba peor porque los morenos acudían a la misma escuela que nosotros...», cuenta.

En Pilsen aún huele a quesadilla y tacos. Justo frente a la salida del metro de la 18 una mujer vende tamales. En la otra acera un hombre mayor ofrece paletas. A su lado dos viejitos, Abel y Rogelio, charlan mientras ven pasar la mañana. Los dos son de Guanajuato. No se conocían antes de llegar a Chicago. «Nos encontramos aquí vendiendo paletas», dice Abel. Él puede votar. «De hecho ya votó», dice. Por «la Hillary». 

Dos realidades

Logró la nacionalidad con la amnistía de 1986 (un proceso en el que el republicano Ronald Reagan legalizó a unos tres millones de extranjeros que habían llegado al país de forma ilegal). La esperanza de una ley que lleve a cabo una reforma migratoria que de respuesta al problema de los 11,3 millones de indocumentados que viven en el país late desde entonces. Ahora Abel está deshabilitado. «Cobro cada mes 800 dólares del Gobierno federal, que también me paga el seguro», dice. Su compañero Rogelio reconoce que, aunque vino en la misma época que él, «no anduve listo entonces». Desde entonces continúa en el país como ilegal. Pero dice que ya está arreglando. Las veces que ha ido a su casa ha tenido que regresar con el coyote, la mafia de la frontera. «Ahora están cobrando unos 18.000 dólares por venir desde Ecuador, hay que pagar el 50 % al salir. Desde Méxco son unos 6.000» , explica un inmigrante ecuatoriano que llegó hace diez años, pero que el año que viene espera abrir un restaurante.

Algunos de los que no están regularizados llevan más de dos décadas aguardando una oportunidad, aunque son una parte muy importante de la economía. Sobre todo en sectores como la agricultura o los servicios. «Un 25 % de los trabajadores de la agricultura son indocumentados, lo mismo que ocurre en el sector servicios, sobre todo en hostelería, por ejemplo, donde estos son un 10 %. El plan de Trump para evitar que vengan o expulsarlos no tiene sentido», explica la profesora del departamento de Criminología y Justicia Criminal de la Universidad de Northem, en Arizona, Nancy Wonders. También explica como mucha gente indocumentada trabaja en las fábricas de manufactura o en trabajos peligrosos«porque de algún modo interesa a las corporaciones».

Muchos de esos trabajadores llevan años aquí, pero aunque podrían tramitar los papeles no se atreven por temor a la deportación. Ana es una de esas tantas mujeres que continúa indocumentada después de años. No sabe leer. Trabaja en la limpieza de un hotel por diez dólares la hora. Aguarda ahora a que su hijo cumpla los 21 años para poder comenzar a tramitar los papeles. En todo el tiempo que lleva en Estados Unidos ha ido a México una vez. El viaje de vuelta volvió a hacerlo con el coyote. Otra de sus compañeras tiene un hijo que ha llegado ya a la edad, pero no se atreve a tramitar nada. «Mi hijo cumplió los 21, pero no echo los papeles porque podrían devolver para allá durante diez años». La mayor parte de inmigrantes que no tienen papeles aguardan con incertidumbre el día 8. Porque aunque fue en la época Obama cuando fueron registradas el mayor número de deportaciones, no les agrada el dioscurso de Trump. De continuar igual respirarán tranquilos. Pero quizá no puedan.

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