Cómo pasar del cataclismo a la calma

D. A.

INTERNACIONAL

16 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Marruecos ha dado por clausurada, oficial y unilateralmente, la crisis por el viaje oficial de los Reyes a Ceuta y Melilla. Todo ha terminado, así, de repente, después de todo lo acaecido durante las últimas semanas.

Las teorías explicativas que pretendían dar cuenta de la virulenta reacción de Rabat, del interés por exacerbar -de forma controlada, eso sí- los sentimientos patrióticos, parecen haber sido desmontadas. Incluso aquella que justificaba una tal deriva por un supuesto interés en tensar la situación con España hasta unos límites razonables para, a cambio de dejar de lado sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, obtener el máximo apoyo a su plan de autonomía para el Sáhara.

«Quizás lo único plausible sea que nos encontramos ante un típico enfado a la marroquí», me confiesa un buen amigo, privilegiado observador de la realidad política de su país y fino analista. «¿Acaso no has visto nunca a dos amigos enfrentarse hasta el punto de llegar a las manos para terminar por fundirse en un fuerte abrazo? ¿No has sufrido nunca a esos conductores que te increpan para luego despedirse de ti sin la más mínima acritud?», añadía, tratando de justificar su argumento con dos escenas muy corrientes, por cierto, en Marruecos.

Reconociendo lo inoportuno de la visita real a Ceuta y Melilla un 6 de noviembre, día de la patriótica y anticolonial fiesta de la Marcha Verde, nos encontremos o no ante un «enfado a la marroquí», la credibilidad internacional del reino alauí ha quedado en entredicho, al pasar de una posición maximalista, del cataclismo, a una de mínimos, a la más absoluta calma, en apenas unas horas, sin motivo aparente.

Lo único que ha quedado de manifiesto por enésima vez es que las crisis cíclicas entre Marruecos y España son una constante, un elemento con el que ambos Estados tienen que convivir. Algunos, como el director del diario Aujourd'hui Le Maroc , Jalil Hachmi Idrissi, han llegado incluso a proponer la institucionalización de estos períodos, «como los juegos olímpicos, cada cuatro años», en alusión al tiempo transcurrido desde el último gran conflicto en el islote de Perejil.

Y es que el «colchón de intereses común», unido a la convulsa situación internacional, hacen de la buena vecindad y de la cooperación un elemento estratégico para los dos países, elementos estos más fuertes que cualquier episodio conflictivo de la naturaleza que sea.