Aumentan los casos de ortorexia: el trastorno de quienes buscan la alimentación perfecta

La fiebre por seguir unos hábitos de vida incuestionables, en los que manda la calidad de la comida, deriva a veces en un desorden del que ya se conocen casos en Galicia

«El caso más alarmante sería aquel en el que la salud comienza a estar mermada y hay una evidente desnutrición. Además de no olvidarnos de la parte mental de la persona. ¿Pasa buena parte del día eligiendo y pensando en alimentos saludables? ¿Siente ansiedad y culpa si consume productos «no aptos»? ¿Cada vez elimina más alimentos de su dieta? ¿Su tranquilidad fluctúa en función de la alimentación? Si las respuetas a todas estas preguntas son afirmativas quizás el buen hábito de comer sano se esté convirtiendo en obsesión». Habla Marian del Álamo, psicóloga general sanitaria y deportiva, del trastorno que recibe el nombre de ortorexia. Un desorden alimentario que, percibe, cada vez sufren más pacientes. También en Galicia. «Es cierto que cada vez se reciben más casos en consulta», reconoce esta experta.

Fue el médico estadounidense Steven Bratman quien, después de haber sufrido él mismo los estragos de llevar al extremo unas conductas alimentarias recomendables, acuñó el término. Ocurrió a mediados de los noventa, muchos años antes de que las redes sociales mostrasen panorámicas de vida idílicas y antes, también, de que muchos hiciesen de seguir una tendencia alimentaria la entrada en una tribu urbana. Acoger una alimentación saludable, preocuparse por la dieta y ser riguroso con lo que acaba en el estómago es, mantienen los expertos, la mejor actitud. Sin embargo, caer en un exceso de preocupación puede llevar a un descontrol que acarree devastadores efectos como «disminución del peso, problemas en la piel o en el pelo e incluso a la pérdida de la menstruación en mujeres».

Lo sufren más hombres que mujeres

La Organización Mundial de la Salud publicaba en febrero un dato escalofriante: el 28 % de la población occidental sufre ortorexia y, según la Asociación de Bulimia y Anorexia de A Coruña (ABAC), esta tendencia «podría ir en aumento». Según esta entidad, la ortorexia afecta a un mayor número de hombres que mujeres, un hecho novedoso en relación a otros trastornos de la alimentación. Además, se encuentran más pacientes con un poder adquisitivo medio-alto debido al precio de los productos que se consumen: «Suelen ser menos frecuentes en los países subdesarrollados al no existir tanta preocupación por el tipo de ingredientes de los alimentos». 

Las personas que sufren este problema basan su defensa en un obsesivo control de todos los alimentos o bebidas que ingieren, dedicando especial cuidado a los productos que incluyen en su cesta de la compra. Desde ABAC señalan que «la persona que padece ortorexia solo consume alimentos libres de conservantes, pesticidas, herbicidas, etc. Suelen suprimir la carne, la grasa y otros grupos de alimentos que no son sustituidos correctamente». Marian del Álamo explica que este trastorno «tiende a rechazar la comida que sale del canon ideal, y una modificación dieta, real o imaginaria, puede suponer un situación de estrés o ansiedad».

De esta forma, los pacientes desarrollan hábitos de afinidad hacia los alimentos que creen fundamentales, y odio, rechazo o sentimientos de aversión a aquellos que consideran dañinos. Así, las conductas que llevan a cabo tienen una dimensión moral que diferencian entre ser «buena» o «mala». Blanco o negro, sin dejar espacio al equilibrio en la alimentación. 

Por otra parte, la ortorexia no tiene como objetivo la pérdida de peso como ocurre con otros trastornos como la bulimia o anorexia, sino mejorar la salud a partir de la dieta. Algo inofensivo en todo caso, de no ser porque esta actitud conduce a la supresión de ciertos alimentos, conduciendo a la carencia de nutrientes o a sentimientos de culpabilidad por consumir algo «no permitido». Por no hablar del aislamiento social en el que, como recuerda Del Álamo, muchas veces caen estos pacientes. Además, ambas fuentes ponen el acento en hablar de las redes sociales como un factor que influye en que aumenten los casos de ortorexia. «Las redes sociales, o el considerar la salud como algo valioso, que hay que conseguir y mantener, hace que, poco a poco, existan más personas que sufren este trastorno», comenta Del Álamo.

La relación con el entorno

La controversia y alarmismo que se ha generado en torno a esta problemática se debe a la fina línea que puede separarla de un estilo de vida saludable. La psicóloga señala que siempre es beneficioso vivir alejados de ultraprocesados buscando una nutrición óptima. Sin embargo, el paciente no debe olvidar el entorno en el que vive, de forma que «mientras hacemos estos cambios, en nosotros mismos y en nuestro ambiente, debemos relacionarnos de una manera adaptativa con el contexto». Por lo tanto, «teniendo en cuenta la particularidad de cada uno, el límite se marca en la relación que existe entre la persona y el ambiente que la rodea».

Los profesionales de ABAC destacan en este tipo de pacientes «un abandono de sus actividades diarias para cumplir lo pautado en la dieta» e indican que cada transgresión alimentaria se «acompaña de un sentimiento de frustración y angustia permanente». Del Álamo señala, además, que el paciente «deja de sentir el placer asociado a determinadas comidas o sabores, siendo más importante cumplir con la calidad de manera desproporcionada».  

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laura g. del valle

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«Nada. No sabría hacer nada». Es la respuesta de Adriano, un coruñés de 81 años que, puesto en la tesitura de que su mujer desde hace más de medio siglo no pudiera cocinar, se vería en un brete importante. Al menos a la hora de comer y de cenar. Reflexiona tres segundos. Los suficientes para darse cuenta de que tendría que intentar solventar este problema. «Quizás una tortilla francesa o un filete; no sé, llegado el apuro supongo que acabaría aprendiendo a hacer algo, pero seguramente todo me quedaría crudo, y no sabría calcular las proporciones de sal». A la tortilla francesa y al filete, pero también a los bocadillos, se apunta Leandro, de 84 años. «Y, bueno, también sé hacer el desayuno. Me lo hago yo todas las mañanas». Fritos, pan y bollería. Un peligroso trío al que recurren a diario buena parte de los más de 130.000 gallegos de más de 80 años que viven en la comunidad. Viudos que no saben cocinar, personas con problemas cardiovasculares, diabéticos, mayores con dificultades de movilidad y mucha, muchísima gente sola que por perder (daño colateral de este mal), ha perdido hasta el apetito.

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