Ons: la rebelión de los isleños

Los habitantes de la isla quieren acceder a sus casas libremente y sin controles burocráticos. Rechazan la candidatura a patrimonio de la humanidad y les preocupa el futuro de sus viviendas

La niebla de la mañana no deja ver la isla en el horizonte. Poco a poco, a medida que el barco se acerca, se adivina la silueta difuminada de Ons, que en los días despejados puede parecer una gran ballena que sale a respirar en la gran antesala de la ría de Pontevedra. Hay más historias ocultas en una isla donde aún se arrastran muchas cosas del pasado: las tumbas de niños de apenas meses que pueblan su cementerio, cuando no había médicos para atenderlos; la expropiación realizada por el Estado en los años cuarenta por razones militares que en el 2012 fue revocada por el Tribunal Supremo; o su inclusión en el parque nacional de las Illas Atlánticas, con las limitaciones que esto supone. Y el futurible de ser parte del patrimonio de la humanidad, algo que provoca rechazo entre los hombres y mujeres de Ons, que se sienten desposeídos de sus casas, convertidas en una concesión por 75 años por la que llegan a pagar hasta 1.000 euros al año. «Se algún día me quitan a miña casa xúroche que a derribo», asegura Victoria, mujer de Cesáreo, dos de las seis personas que viven aquí todo el año, resistiendo los temporales del invierno.

A todo ello se suma la situación actual de los isleños, movilizados y organizados en una asociación naciente en la que aún no tienen redes sociales porque su red social es el aire de su isla. Reniegan de que les llamen colonos y asumen con orgullo ser una de las pocas comunidades isleñas estables de Galicia. Mónica Juncal Patiño, perteneciente a la asociación que explica este auge reivindicativo, calcula que hay más de un millar de personas con vínculos en la isla, la mayoría residentes en Bueu buena parte del año. «Ons perderá su escasa población estable en muy poco tiempo. Pero su población estacional aumenta», diagnosticaron en su libro Ons, una isla habitada Paula Ballesteros-Arias y Cristina Sánchez-Carretero. Hay que aclarar que en la categoría «estacional» no se incluye a los turistas, sino a los antiguos habitantes de Ons y sus descendientes. En la reciente fiesta del patrón de Ons, San Xaquín, llenaron la isla de pancartas en favor de los derechos de los isleños y se enfundaron las camisetas negras de Ons en loita. La isla habitada parece que ha despertado de su letargo.

 

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«Peleamos polo noso, por vir á nosa casa» Los habitantes de Ons quieren acceder a sus casas libremente sin controles burocráticos y rechazan la candidatura a patrimonio de la humanidad. El futuro de sus casas les preocupa

«Somos isleños», dice Roberto Pérez, un joven ingeniero naval con la camiseta negra reivindicativa que portan estos días muchos de ellos, muy unidos, muy organizados, «dispuestos a todo», dicen. Quieren acceder libremente a las casas de sus antepasados, se niegan a solicitar el carné que expide la Xunta para poder acceder a sus viviendas, pero tampoco quieren depender del cupo de 1.800 personas que pueden visitar la isla cada día en temporada alta. También piden diálogo, que se les escuche. «Con este carné de identidade fun a Suíza, pero non podo vir á miña casa», resume Adolfo Domínguez. «Que queren? Botarnos de aquí? Pois van levarnos mortos, pero vivos non», dice Carmen Patiño, nacida en la isla. «É o noso e loitamos toda a vida, pasámolas moi negras». «Queremos ir á nosa casa como vai todo o mundo á súa», añade Mónica. «Yo creo que eso es hasta inconstitucional», dice Esther, la mujer de Roberto. «A cota xa a marcamos nós, porque se na casa non caben máis de dez persoas...», explican.

Patrimonio de la humanidad

El siguiente paso en una hoja de ruta que dura más de 200 años es la posibilidad de que este rosario de islas que abrigan las Rías Baixas terminen siendo patrimonio de la humanidad. En este asunto encontraron en el alcalde de Vigo, Abel Caballero, un aliado. Los intereses son diferentes, pero confluyen. Caballero quiere una candidatura única para las Cíes. Y ellos no quieren la de Ons. «O que é bastante claro é que sen o apoio dos habitantes dos territorios que aspiran a ser patrimonio da humanidade a candidatura está morta», razona Roberto, que asegura que sus reivindicaciones no están instrumentalizadas políticamente, ni por el alcalde vigués ni por Félix Juncal, alcalde del BNG de Bueu. «Nós cremos que van poñer máis restricións, porque cada vez que fan algo novo supón máis restricións para os da illa», afirma Mónica, que recuerda que no pueden traer sus mascotas, ni siquiera bicicletas, mientras los tractores suben y bajan la vía principal de la isla con sus remolques cargados del equipaje de los turistas. «Non é que Caballero estea a favor de nós, é que lle convén iso, e a nós tamén nos convén», matiza Mónica. «Non ten pito que pitar aquí», matiza Otilia Sampedro. En realidad, desconocen si el régimen de la Unesco será más estricto que el de un parque nacional.

Victoria y Cesareo, dos de los seis habitantes permanentes de la isla, con su bisnieto
Victoria y Cesareo, dos de los seis habitantes permanentes de la isla, con su bisnieto

Tampoco dan por perdida la batalla por recuperar la propiedad de sus casas. «Esa bandeira non a imos deixar», dice Carmen. «Se estiveran os vellos de antes non pasaba todo o que pasou. Non deixaban desembarcar nin á Xunta nin a Medio Ambiente», recuerda, en una época en la que la isla intentaba ser autosuficiente. «Plantabamos de todo e iso matou moitas fames».

Roberto, de 37 años, quiere dejar claro que no están en contra de que se proteja la isla. «Os primeiros interesados somos nós, pois fomos nós os que a preservamos durante tantos anos. Pero queremos que se faga respectando os nosos dereitos. Merecemos un respecto polos nosos antepasados e o seu sacrificio. É o noso ADN». Hay franjas del día en las que no hay luz eléctrica, carecen de servicios médicos, y tienen problemas para traer a sus familiares políticos y a sus amigos. Josefa Patiño incide algo más en la idiosincrasia de los antiguos isleños, en qué se diferenciaban de los gallegos continentales. «Estábamos moi unidos, irmandados. Sempre había axuda». Parece que después del éxodo masivo al continente la identidad comunitaria vuelve a resurgir. En el barco de vuelta, por la tarde, la niebla se ha disipado. Y la imponente silueta de Ons vuelve a dominar la ría.

«Queren botarnos de aquí? Pois van levarnos mortos, pero vivos non», dice una isleña
Una mesa para la recogida de firmas entre los turistas
Una mesa para la recogida de firmas entre los turistas

 La conselleira de Medio Ambiente, dispuesta a reunirse con los vecinos

Marcos Gago

Ons es parte de un parque nacional y, como tal, la preservación de sus bienes naturales, ecológicos y culturales son una prioridad. El cupo de visitantes que se estrenó este año, al amparo del plan de usos de Illas Atlánticas, se fijó para evitar la masificación del enclave buenense. Los vecinos quedaron excluidos de este cupo, por lo que la Consellería de Medio Ambiente considera que los residentes «non están sendo discriminados nin sofren ningún tipo de limitación para poderen acceder ás casas sobre as que teñen concesión». Desde el punto de vista de la Xunta «respéctanse os seus dereitos, e por iso antepóñense aos dos resto dos cidadáns que queiran visitar a illa».

«Todas as persoas que estean en disposición de acreditar documentalmente a súa residencia na illa poderán entrar e saír libremente da mesma calquera día do ano», apuntan desde Santiago. Esta medida se mantiene «incluso cando a cota límite de visitantes xa estea completa», y así se le ha transmitido a las navieras.

Desde el departamento autonómico añadieron que, al margen de presentar un DNI o certificado censal, estos derechos de los titulares de las 80 concesiones existentes en Ons se extienden a sus hermanos y familiares hasta cuarto grado -«é dicir, tataravós e tataranetos incluídos»-. La consellería manifestó que todos estos familiares de cada concesionario «teñen dereito a solicitar ante Medio Ambiente un carné especial que recoñece a súa condición de veciños, e que os faculta para entrar e saír do arquipélago cando desexen». Al amparo de esta opción se han expedido ya 334 acreditaciones para Ons, «un documento que o departamento autonómico tramita de forma gratuíta e en cuestión de horas desde que recibe a solicitude».

Por otra parte, la Administración gallega puntualiza que los titulares de las concesiones «teñen a posibilidade de reservar seis prazas con dereito a pasar a noite vinculadas a cada vivenda», lo que implica el automático bloqueo de esta última clase de plazas dentro del cupo general.

Asimismo, desde Medio Ambiente indicaron que ya se han realizado entrevistas y reuniones a lo largo de estos meses sobre este tema, y que la conselleira está dispuesta a reunirse con los afectados. Ahora mismo, la única petición formal que le consta llegó el jueves y es una nueva asociación en vías de constitución.

El pasado triste del la isla: un cementerio de recién nacidos

pablo gonzález
Las lápidas de dos recién nacidos, probablemente gemelos
Las lápidas de dos recién nacidos, probablemente gemelos

Las dificultades para llegar al continente en invierno explican la mortalidad infantil: «Aquí case todos teñen un bebé morto»

«Estamos loitando polo noso, polo que traballaron os nosos antepasados». Así explica Carmen Patiño el hecho de que una mujer isleña como ella, con 70 años, se enfunde la camiseta negra con el lema Ons en loita. El peso del pasado, un pasado duro y sufrido, es la corriente subterránea que impregna casi todo aquí, desde que a principios del siglo XIX comenzaran a instalarse en la isla los primeros pobladores, la mayoría procedentes de la península de O Morrazo, pero también de Sanxenxo. En los años sesenta se vivió un cierto esplendor, con medio millar de personas que habitaban la isla, un período en el que había entre ochenta y noventa casas con vida todo el año. De esa época y de los años anteriores son las tumbas de recién nacidos que tanto llaman la atención en el camposanto parroquial, un número que sería trágicamente antinatural en cualquier cementerio del mundo. Pero aquí se ve como parte de esa herencia triste. Roberto y su mujer Esther, una madrileña que ya se siente isleña, nos llevan al pequeño camposanto, salpicado de lápidas minúsculas. Dos de ellas, de un granito erosionado por el tiempo en el que ya es difícil leer la inscripción, evidencian que allí fueron enterrados dos gemelos con apenas meses de vida.

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