«Isto xa non é América»

Gallegos de Fuerteventura que siguen en la construcción describen los años del bum


En el bar Brisa do Mar, sobre las 20.00 horas, suena el cedé de una orquesta gallega con versiones de clásicos: Camariñas, Anduriña, O tren; Galicia, cada día máis linda, máis linda, cada día mellor e mellor.... Muchos de los clientes toman una Estrella, a 1,20 con un buen pincho, pero también los hay que prefieren la cerveza local Tropical. En la tele está puesta la TVG. Algunos echan un vistazo a la carta o a la pizarra para cenar: pulpo con cachelos, grelos, churrasco... Por supuesto, estamos hablando de un bar-restaurante de Fuerteventura.

El Brisa do Mar está efectivamente al lado del mar, en la zona del Charco, en Puerto del Rosario, capital de Fuerteventura. Es el tercer local en apenas cuatro años que monta Tito Rieiro, de A Pastoriza, Lugo, que lleva 15 años en la isla. Muchos de ellos dedicado a la construcción, como empresario, pero los tiempos cambiaron y él, también. La hostelería era el segundo gran segmento de empleo de los gallegos que se quedaron, ahora es el primero. Hay muchos en su bar, y también majoreros, encantados con el ambiente: «Eu non noto a crise», apunta Tito, que abarrota el local los fines de semana. Uno de los camareros, canario, afirma que ya entiende el gallego sin problemas. Tito resume su situación, la que hay y la que tuvo, y la que ha ido viendo: «O galego sempre emigra».

A su lado, dos que lo hicieron y que resisten. Forman parte de ese 33 % oficial que no se ha ido (seguramente menos; puede que muchos sigan empadronados porque mantienen bienes y van desde Galicia con frecuencia). Uno es Adolfo Cobas Fernández, de Ponte Ulla, en Vedra. El otro, Óscar Rivas Souto, de Rañobre (Oseiro, Arteixo). Adolfo tiene 42 años y lleva 16 en Fuerteventura. Siempre con su mujer, de la misma localidad. Tienen tres hijos, el mayor, de 21. Trabajó y trabaja en la construcción. Ha visto el declive: «O cambio foi brutal. De gañar 5.000 ou 6.000 euros, a 1.500 ou 1.800 agora, nos mellores casos. O que coñece o oficio é o que ten un soldo decente. O que non, nada».

Las grandes obras son historia, toca rehabilitar o construir uno o dos chalés al año. Compran muchos extranjeros, o majoreros que desean establecerse. Y eso les permite ir tirando. «Houbo que adaptarse. Antes traballaba eu só na casa. Agora, se queres xuntar 3.000 euros, fan falta os dous». No se plantea marcharse. No tiene las deudas de otros paisanos. Tuvo suerte, o vista, y compró su casa cuando costaba poco, antes de que le precio se triplicara: «Agora atopas apartamentos dunha habitación por 15.000 euros, cando antes chegaban a 80.000».

Patatas y grelos

Óscar Rivas, de 44 años, con dos hijos en la isla y uno en Galicia, ha montado la empresa Rivas Galfuer, dedicada a reformas. Llegó en 1998, su padre se había establecido antes, y también está plenamente asentado. Tanto, que en el terreno de su casa cultiva patatas y grelos. Ayer, domingo, estuvo sachando las primeras con Adolfo. «Aquí a terra é moi boa», explica. De vez en cuando caen los cocidos. Ha visto la bajada de su sector, pero «agora parece que empeza a haber choio; se queres traballar, vives». Hubo quien aprovechó los sueldazos de los buenos tiempos, y quien no. La vida es normal hoy en día. ¿Volverse a Galicia? «A terra tira, pero, ¿regresar a que? Fun hai uns días e non hai movemento».

Fernando López Baya, de Sanxenxo, lleva 20 años justos. Junto a un socio tuvo la empresa Servicon, con la que construyó edificios públicos y privados de gran envergadura. Hace 11 años llegaron a contar 153 empleados, su tope. Ahora, ninguno. Pero no se queja: «En calidade de vida gañei moitísimo. Eran 150 problemas. Chegaba á casa e non descansaba. Se non che pagaban, non podías pagar. Hoxe saio ás catro da tarde, xogo ao pádel, teño vida». Claro que los sueldos son otros: «Antes, a xente gañaba 3.000 ao mes, mínimo. Pero isto xa non é América». En su caso, logró hacerse con un patrimonio, lo que también da tranquilidad. Tuvo ojo y suerte. Incluso para quedarse. Cuando llegó, no encontraba donde alojarse. Decepcionado, hizo las maletas para retornar a Galicia. Como en una película, un paisano le ofreció en el último momento una habitación. Se quedó. Al mes siguiente, su primer sueldo fue de 765.000 pesetas.

Conoce bien los años de gloria: «Chegaba xente que non sabía nada e xa eran albaneis». Hacía falta mano de obra. Por uno de sus hoteles pasaron 400 obreros que ganaban hasta 12 euros la hora. Cada semana le ofrecían construir algo. Duró bastante aquello. «Pero eu sempre fun realista, sempre souben que se ía acabar, así que non me metín en nada raro». Le da pena como está ahora la situación: los que se fueron, las deudas, el paro. Aunque ve potencial para los próximos años: «Aquí hai unhas praias espectaculares, pero tamén unha moratoria que só deixa facer hoteis de cinco estrelas».

Pedro Míguez, de Miño, lleva 27 años en Fuerteventura. De él llaman la atención al menos dos cosas. Una, su humildad y discreción, incluso excesiva. Otra, la admiración con la que se refiere a él, por ejemplo, el alcalde de Puerto del Rosario, como ejemplo de actuación correcta. Siempre se dedicó a construir, pero no para vender, sino para alquilar, y tiene ahora un notable patrimonio, todo en renta y que funciona bien, porque atiende uno a uno a sus clientes. Los conoce, le saludan por la calle. «Sempre pensei que había que xerar», dice. Producir, aumentar. Ir a más. Sus edificios tienen su sello arquitectónico: domina el amarillo, remates almenados, piedras y cristales de espejo. Es su marca, que aparece cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina. Como casero, ve de todo. Y ha conocido muchos dramas personales. Explica su manera de obrar a lo Forrest Gump: «Fun o único que marchou por gambas cando os demais estaban no peirao. Todos vendían, pero eu non».

 

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