Vilastose, donde la vida es muy larga

Santiago Garrido Rial
S. Garrido CARBALLO

GALICIA

FOTOS: XESÚS BÚA

Reportaje | Concentración de centenarios en la Costa da Morte Este mes fallecieron con 100 años dos vecinos de esta pequeña parroquia de Muxía, de apenas 400 habitantes. En el último decenio, muchos más

28 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Las dos últimas de la lista fueron Manuela Aurora Ferreiro Ogando, fallecida el 22 de este mes y con 100 años cumplidos justo un mes antes. Josefa Esperante Canosa, que el pasado jueves habría cumplido 101, se fue para siempre a principios de mes. Ambas eran vecinas de Vilastose, una parroquia de ocho kilómetros cuadrados y nueve lugares, agrícola y ganadera, verde, situada en el corazón de Muxía, a dos montañas del mar. Nada anormal en la nueva Galicia de centenarios, contado así en abstracto. Lo concreto ya es otra cosa. El parte lo ofrece el cementerio. Recoleto, abrigado, pequeño, dividido en tres secciones, sombreado por un par de carballos y un campanario separado de la iglesia, en la que luce un llamativo rosetón grisáceo. Las lápidas son el INE del lugar. José Fernández se murió el año pasado con 100 años. Manuel Liñeiro, en el 97, con 102. Josefa Fandiño, en el 99, con 101. Ramona Fandiño, en el 94, con 102. Y otra más, con 100. Y aún faltan las Esperante Canosa, hermanas mayores de la fallecida este mes. Carmen había muerto en febrero del 2000 a los 107 años, a una semana de los 108. Batió el récord de longevidad en la Costa da Morte en el último decenio, donde en la actualidad se cuentan unos 40 centenarios en un área de 120.000 habitantes (la mayor es de Fisterra y tiene 105 años). Dorinda Esperante, la segunda, murió el mismo año, en noviembre, también con cien años. Y unos días le faltaban a la tercera, Generosa, en septiembre del 2002, para tenerlos, a pesar de que ya se los habían celebrado por un error en los papeles, recuerda una familiar. Estas cuatro hermanas dieron mucho que hablar por su extraordinaria longevidad. No puede decirse lo mismo de su hermano Manuel, el único varón, que había fallecido joven en el 95, con tan sólo 97 años. Si la profusión de centenarios llama la atención en Vilastose, es incluso más sorprendente la abundancia de nonagenarios en el camposanto. Sin afán científico en el recuento, un vistazo por las lápidas arroja el dato de que al menos 24 de sus inquilinos tenían 90 o más años cuando fallecieron. Y 11, 85 o más. Incluso si se buscan las (escasas) antiguas lápidas, es fácil encontrar a lugareños enterrados con 85 años en 1947 o con 80 en el 32. Edad muy llamativa para una época en la que el límite vital estaba muy por debajo. Llamativa incluso para hoy, aunque menos.