Un vecino de A Laracha ha domesticado una cerda salvaje: come en su mano, pasean juntos, se acuesta si se lo pide y hasta entiende algunos vocablos
13 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Los jabalíes no son el mejor amigo del hombre. Y no se diga del agricultor que siembra maíz. Estos primos salvajes del cerdo, que se cuentan a miles en Galicia ahora que el abandono del monte es un hecho, tienen por costumbre guiarse pos sus instintos y arrasar los campos de millo . De ahí que el paisano se organice para evitarlo: radios encendidas toda la noche entre las plantas, a las que los animales no hacen ni caso, o incluso se quedan a oír los programas de deportes; pastores eléctricos; y hasta hogueras. Ya en casos extremos, el agricultor recurre a las batidas de cazadores para su eliminación. Sin embargo, un jabalí -para ser más preciso: una jabalina de dos años- sí es un buen amigo de Ramón Bértoa, cazador de Batalo-Montemaior, en A Laracha, entrenador de perros, amante de los animales y hombre paciente. Ramón tiene en su casa a Mula , un animal inmenso, cariñoso, ramplón, juguetón, de pelo limpio y duro, que sólo se eriza en momentos de miedo o de duda. El caso de Mula no es excepcional, en el sentido de que existen otros entrenadores de beagles , de sabuesos o de gascones, que suelen criar jabalíes para soltarlos por el monte y que los canes aprendan, así, a seguir su rastro para posteriores batidas. Sin embargo, sí es extraordinario por su comportamiento y domesticación, similar en algunos perros a los que sirve de involuntaria instructora. Cuando Ramón le dice a Mula que se eche, se echa, y premia su obediencia con caricias en la barriga. Hasta parece que se ríe, aunque esto sea sólo un efecto óptico de su hocico. Ramón le da de comer en la mano, y la jabalina come. Bellotas, sobre todo, ahora que es tiempo y el viento las arroja de los carballos. Sólo toma la pieza y apenas roza los dedos que la alimentan, prodigioso suceso a poco que se examine su mandíbula. A sus horas ingiere maíz y verduras. Lenguaje El dueño le ofreció una vez, sólo una vez, y hace poco, unas moras maduras de la silveira . A la jabalina le encantaron. Ahora, si Ramón le dice en alto «mora», el animal ya corre a su encuentro, un ejemplo tal vez perfeccionado de aquel condicionamiento que Pavlov había estudiado en los perros repetidamente. Es «mora» una de las palabras de su modesto diccionario, pero tiene algunas más, muy simples: «ven aquí», «vamos» o la ya citada «déitate», entre otras. E déitase. La lava a diario. Ramón la envuelve de agua. Después, ella se sacude, encantada, y provoca una lluvia circular. Tal vez, desde una perspectiva estética, el fenómeno más llamativo de Mula sea el acompañamiento de Ramón. Como aquellos cerdos de Cunqueiro que iban de consulta por los carreiros de Mondoñedo, la jabalina va donde va su amo. Por el monte, la mayor parte de las veces, a trabajar y cumplir su función de dejar huella. Pero también por las pistas, caminos y carreteras que rodean el pequeño lugar de Batalo. Ramón delante y ella detrás, siempre que no haya extraños que no la perturben. A los vecinos no les llama la atención. Tal vez se la llame el día en que no esté. A veces se despista olisqueando algo -si el aroma procede de un congénere, se despista mucho y le tira el genoma-, pierde de vista al jefe, levanta la cabeza y emprende su persecución. «Corre máis que un can», cuenta Bértoa. No hay manera de dejarla atrás, y tampoco le gusta la soledad: «Ten pouca vista, pero escoita e ule como ninguén». Es sensible, como dicen que son los jabalíes del horóscopo chino. Su sino ya está echado. No está en los papeles del saneamiento, todo en orden, y tampoco en las estrellas conocidas, sino en Ramón: «Morrerá de vella». Viven unos diez años, así que aún le quedan muchos paseos para ir de consulta o buscar novio.