El Papa bendice a los Príncipes

Íñigo Domínguez ROMA

GALICIA

ÁNGEL DÍAZ

Juan Pablo II recibió en audiencia a don Felipe y doña Letizia, que cumplieron con la tradición de la familia real española de visitar al Pontífice después de celebrar un matrimonio

28 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«Le presento a mi esposa, que es de Asturias», dijo el Príncipe al Papa volviéndose hacia doña Letizia. La princesa, que hasta ese momento siempre se había mantenido un paso por detrás de su marido, se adelantó para saludar a Juan Pablo II. Era la primera vez que se veían. «¡Cómo me acuerdo de Asturias, y de nuestra querida Virgen de Covadonga!», respondió el Pontífice. En un ambiente de gran cordialidad, los Príncipes cumplieron con la tradición de la Casa Real española de visitar al Papa después del matrimonio, una costumbre que ya han seguido en los últimos años las infantas Elena y Cristina. Ayer fue el turno de don Felipe y doña Letizia, que de esta forma cierran su luna de miel. «¡Qué alegría volver a verle!», fueron las primeras palabras del Príncipe. «Hemos estado de viaje de novios, ahora volveremos a España y empezaremos a trabajar», añadió. Los príncipes habían llegado puntuales, a las once de la mañana con el coche oficial a la puerta de San Dámaso, la entrada a los palacios apostólicos custodiada por la Guardia Suiza. Las normas de protocolo del Vaticano exigen que ante el Papa las señoras deben vestirse de oscuro, y doña Letizia lo cumplió a rajatabla. De negro riguroso, con mantilla y peineta, el atuendo más o menos oficial de las damas españolas que acuden a la Santa Sede. No lo sabía en cambio una reportera del corazón, que iba de punta en blanco y se tuvo que quedar fuera de la ceremonia. En España sólo puede ir de claro la Reina. Doña Letizia lucía además un broche de diamantes en la nuca, junto a la banda celeste y la Gran Cruz de la orden de Carlos III. El Príncipe llevaba un frac, la misma banda y el Toisón de Oro. Sorpresa por la barba Camino de la biblioteca privada del Papa, a través de los solemnes pasillos vaticanos, don Felipe iba sonriente y desenvuelto. Los ha recorrido varias veces desde 1983, año en que visitó la Santa Sede por primera vez. Su esposa, como les ocurre a menudo a muchos de los visitantes, estaba más impresionada y con más miedo a meter la pata. Los soldados les rindieron honores en la Sala Clementina y luego continuaron su marcha, siempre precedidos por algunos gentilhombres de Su Santidad, personajes de la nobleza romana que se dedican a este tipo de cosas. Entre ellos, dos que mantienen una especial amistad con la familia real, el Marqués de Nasali Roca, de madre española, y el marido de Sofía de Habsburgo, el príncipe de Windisch Graetz. La barba del príncipe sorprendió a los prelados que le recibieron, pues estaban acostumbrados a verle sin ella y parece que al Vaticano no llegan las constantes actualizaciones de estos pormenores. Hace cuatro años que el príncipe no visitaba San Pedro. Don Estanislao, secretario de Wojtyla, parecía divertirse mucho con este otro síntoma de paso a la edad adulta de don Felipe. El encuentro con el Papa fue breve, de unos veinticinco minutos. Juan Pablo II, que se mostró sonriente y relajado, leyó un pequeño mensaje de bienvenida en español: «Pido a Dios que les ayude en este nuevo estado de vida, para que formen un hogar feliz, el cual, por el relieve que tiene en la sociedad española, sea también punto de referencia ejemplar para tantas familias de esa querida nación». Tras otorgarles su bendición, los Príncipes se quedaron a solas con él seis minutos. Regalos Luego tuvo lugar el habitual intercambio de regalos. Los Príncipes le entregaron una imagen de la Virgen del Pilar, firmada por ambos, y Wojtyla les correspondió con el usual conjunto de monedas del rosario. También les regaló a cada uno un rosario. A don Felipe, en un estuche oscuro, y a ella, uno de perlas cultivadas en una caja blanca. «El próximo os lo daré dentro de veinticinco años, con las bodas de plata», bromeó el Pontífice al terminar la audiencia.