Los camellos son los primeros en probar las drogas de síntesis antes de venderlas a una clientela que les confía su vida Desde la barra de una discoteca coruñesa, los que bailan en la pista parecen autómatas. Aparecen y desaparecen por los efectos de un flash tan machacón como la música. Entra un grupo. Hablan. Diez pasos y la barra se queda atrás.
09 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.-¿Venís del Bosque?, les pregunto. -Sí -Hoy aquí hay poca movida -Hay más mañana. Los sábados se llena. -Está jodido para pillar -¿Qué quieres? -Pirulas -¿Bombas verdes? -Vale -Ven conmigo (Siete horas antes, unos jóvenes en la plaza coruñesa del Humor, hablaban de sus pastillas preferidas. Bombas verdes. «Suben más rápido»). Unos tíos de palabra. El aparcamiento de la discoteca no es un lugar seguro. Los guardias de seguridad lo controlan. Los camellos llevan a los compradores hasta un descampado. Primero las pastillas. Se las sacan de un bolsillo interior del pantalón. Luego el dinero. Falta el cambio, pero dicen que son de palabra. -Te debo cuatro euros. Si quieres algo más, estoy aquí los sábados, pero vienes tú. Las bombas verdes son verdes. No todas tienen el dibujo de la bomba a punto de estallar. Hay una parte lisa y otra con un corte rugoso. Son como pastillas de regaliz inodoras. En diez minutos, X demuestra que es un tipo de palabra. Ni un euro más ni menos. Lo mejor para olvidar a una novia. X es receptivo a una entrevista. «¿No me iréis a follar, eh?», pregunta. A X le folló un chivato hace un par de semanas. Un poli municipal de Sada le pilló 50 pastis y 1.800 euros (300.000 pesetas). X es un tipo de 20 años, pelo corto, pendiente y camiseta deportiva que, de vez en cuando, lleva 1.800 euros en el bolsillo. A los 14 comenzó a vender, pero no consumía. Los chicos mayores del barrio le mandaban recados. «Por llevar cualquier cosa te daban 2.000 pelas». Probó las pirulas después. Unos amigos le dijeron que era lo mejor para olvidar a su novia. «Cuando lo dejamos, estuve cuatro meses sin buscar otra». Ahora prueba el material que vende para saber que es bueno. Quiere ver que sus clientes «se ponen». -¿No tienes miedo a ser el primero? -El detalle es saber a quién se lo pillo. Pastillas en tubos para carretes. X mira a la cara de quien le pide algo. Dice que está acostumbrado a mirar caras. Y no perdona los titubeos. «Si tartamudean, les digo que no tengo», dice. De las chicas se fía más. La droga que más le gusta, dice, son las mujeres. X guarda las pastillas en un tubo de plástico para carretes de fotos. El tubo está en el calcetín. Cuando llegan los problemas, X sólo tiene que rozar el tobillo con la otra pierna para que el tubo se deslice y caiga al suelo sin hacer ruido. Los pantalones anchos amortiguan la caída y actúan como un silenciador textil. «Yo siempre estoy limpio», dice. Dejando el tabaco y las jacosas. X dice que está dejando el tabaco, pero habla con tres pirulas y media y unas rayas de farlopa encima. «Joder es que entre las pastis, la farlopa... algo hay que dejar». Las pastillas también tienen grados. Las mejores, las ovaladas blancas. Hay que huir de las jacosas (las que amuerman). X se encontró una vez con unas Harry Potter sin cuño. Las vendió, pero no colocaban. Sus clientes protestaron y X las llevó a analizar. «Era un puto medicamento». El negocio de los pájaros. X habla de pájaros como de tipos de pastillas. Y sabe distinguir un petirrojo de un petirrojo real. «A mi padre le gustaban mucho y me llevaba a cazarlos». Así que ahora X persigue los silbidos de los jilgueros por las fincas de su abuela para venderlos. Y el Seprona lo persigue a él. «Los libros dicen que están en peligro de extinción, pero en las leiras de mi abuela hay mogollón». Las aves son sólo un negocio más, igual que los teléfonos móviles liberados. «Cuando hay escasez se hace lo que se puede».