Tengo una «vaca loca», ¿y ahora qué?

MARÍA CEDRÓN A CORUÑA

GALICIA

De las veintidós granjas afectadas en Galicia por la EEB, catorce tienen proyectado reanudar su actividad «Leváronlle os bois, leváronlle as vacas, o pote do caldo e a manta da cama». La estrofa resume el incierto futuro de los ganaderos a los que les ha tocado un caso de EEB en casa. De momento, en Galicia la enfermedad se ha colado en 22 granjas. Ocho han optado por dejar sus «cortes» sin reinas, mientras que las otras catorce volverán a encender motores para retomar la actividad. Encontrar novillas para reponer su cabaña es uno de los principales escollos que deben sortear ahora estos trabajadores del campo. El desembarco y posterior expansión de la fiebre aftosa en el continente les pone todavía el listón más alto.

31 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El aguijón de la EEB se ha clavado de lleno en el corazón de 22 explotaciones gallegas. La fiebre aftosa no ha llegado a España, pero las medidas preventivas establecidas por las distintas administraciones para impedir el desembarco de la enfermedad les obstruyen indirectamente las venas. Aún así, el corazón de catorce de ellas no ha dejado de latir. Las otras ocho, las que tienen previsto dejarlo, son explotaciones pequeñas o granjas, como la del municipio coruñés de Ordes, propiedad de personas cuya actividad principal no es el campo. Para los ganaderos que han decidido seguir con su actividad, recuperar el número de cabezas original no es fácil. Sobre todo ahora que la inmovilización de ganado derivada de la expansión de la fiebre aftosa por Europa impide la importación de animales de países centroeuropeos como Holanda, uno de los principales proveedores de novillas de leche para Galicia. «A miña intención é comprar, pero agora non se pode. Non poido arriscar por min e polos meus veciños, que me matan se lles meto algo na aldea», comenta José Navarro, el ganadero que tuvo la desgracia de albergar en su cuadra la primera vaca loca de A Mariña lucense. Indemnizaciones La Administración indemnizó a José Navarro con 27.805.000 pesetas por sacrificarle las 73 vacas frisonas que alimentaba y le alimentaban. Una suma razonable para unas reses que desde su nacimiento se acogieron al Plan de Mellora Xenética, promovido desde la Xunta para mejorar la cabaña gallega. Pero lo que preocupa ahora a Navarro es, según dice, los casi cuatro millones que deberá abonar a Hacienda por ese dinero que recibió. «Eu non vendín as vacas, leváronmas. Por iso pido que as indemnizacións sexan libres de impostos, que non teña que pagar», pide. Pero lo de tener que declarar no está claro. Otros ganaderos indemnizados aseguran desconocer la obligación de rendir cuentas a Hacienda.