Ellas son el nuevo boom latino

Selva Almada, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Paulina Flores, Laia Jufresa o Ariana Harwicz firman una explosión que descabeza la forma en que aprendimos a leer. Esta letra entra a saco. Stop. Si te acercas, caes

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El nuevo boom latino es mujer y su especialidad son el cuento y la novela corta. Lo decimos sin miedo a equivocarnos, sabiendo que triunfa el mestizaje de géneros, y que hay voces ahí tan poderosas como las de Mario Bellatín o Guillermo Martínez (que llevan lo suyo publicado). O incluso el novísimo Santiago La Rosa, que debutó en el 2016 con Australia, y que nos descubre Selva Almada, una de las autoras que dan voz al big bang literario del sur que ha matado al padre y reventado las avenidas con más tráfico lector, las costumbres, la biblioteca patriarcal de referencia, la forma guiada en que aprendimos a leer.

La explosión latina de las letras está en boca de muchos, pero no en tantas manos como quisieran a este lado del Charco. De un tiempo a esta parte hemos visto el desembarco de grandes rarezas como Mariana Enríquez (Los peligros de fumar en la cama, Anagrama), Samanta Schweblin (Distancia de rescate, Random House) o Ariana Harwicz (Precoz, Mar Dulce), pero les prevengo ya de la dificultad, por ejemplo, de encontrar hoy a Selva Almada en una expedición por el circuito de librerías de Galicia. De hecho, pruebo a buscar el último título de la argentina que narrando sobre el meollo de su Entre Ríos natal barrió fronteras en el mundo y el caso es que doy únicamente con la primera novela que escribió, con un solo libro físico suyo en tienda, El viento que arrasa.

¿Hay nuevo boom en las letras hispanas, y tiene mano de mujer?, pregunto a Almada, que acaba de publicar en Argentina «una crónica híbrida, una cosa rara», señala ella, Un mono en el remolino. «No sé si hay un boom -vacila-. Eso dicen algunos críticos. Creo que hay muchas escritoras escribiendo libros buenísimos, particulares, diversos... Creo que eso sucede en Argentina y en otros países de Latinoamérica; que esas autoras son leídas en todo el continente, que sus libros pasan de mano en mano cuando viajamos a ferias y festivales, que se traducen, que se publican en España y desde allí vuelven a otros países del continente. Y me parece un panorama genial; no sé si es un boom, pero es saludable que por fin se enteren de que las mujeres estamos haciendo una literatura rica, interesante, por fuera de todos los prejuicios a los que nos circunscribió la crítica, el mercado y hasta los lectores durante añares». (Sí a este vocablo con denominación de origen... y registro en el diccionario de la RAE).

La autora de los cuentos El desapego es una manera de querernos (lo dudan...) no da la receta de un buen cuento. No dice cómo brilla el misterio en las maneras al modo de Flannery O’Connor. «Ni idea, pero si el cuento es el género de nuestro tiempo habría que avisarles a las editoriales que siguen reticentes a publicar libros de cuentos...», desliza al paso.

A ver si pueden mantener la Distancia de rescate, tan necesaria, que dio a Samanta Schweblin el Tigre Juan. «Son como gusanos», empieza la novela. (Tengo esa viscosidad dentro, el nudo en la garganta tras leer).

Dónde estás corazón, un cuento entre los cuentos del terror de Mariana Enríquez, es obligatorio para reventar la «zona de confort». Leamos con asfixia, brutalmente desnudos, interpelados. Con ellas no hay otra manera. Hay que tener valor para caer.

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SELVA ALMADA

«Un buen escritor es aquel que puede mirar como otro no mira. Y eso no se enseña: se aprende solo, se aprende buscando», asegura a Fugas Selva Almada (Entre Ríos, 5 de abril de 1973). La autora de El viento que arrasa y Ladrilleros, que se estrenó en la no ficción en el 2014 con la crónica Chicas muertas (golpe al feminicidio en Argentina), aprendió a leer, revela, con Salgari, Julio Verne o Louisa May Alcott, cuida mucho la puntuación y se «divierte» corrigiendo sus textos. Selva, que acaba de lanzar El mono en el remolino, nos descubre más: «Como nuevos muy nuevos me gustan Santiago La Rosa, Natalia Ferreyra y Natalia Rozenblum», comparte con los lectores de Fugas.

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MARIANA ENRÍQUEZ

Las dos colecciones de cuentos que ha publicado en Anagrama, Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, le han valido la comparación con Cortázar o Roberto Bolaño. Otros dicen que es la nueva Shirley Jackon por su intuición brutal para manejar el lenguaje y exprimir el potencial del terror doméstico. Tiene fuego para dejarnos helados Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), que hace como si nada guisos de muerte con lo cotidiano, lo paranormal y lo fantástico. Terrible. Les pongo en situación, cito del cuento La Virgen de la tosquera:

«Silvia vivía sola en su propio departamento alquilado, con una planta de marihuana de metro y medio».

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PAULINA FLORES

Paulina Flores (Chile, 1988) se reveló con nueve cuentos tan tiernos como feroces que consiguieron el Premio de Literatura del Círculo de Críticos del Arte a la mejor escritora novel. Deben leer Qué vergüenza, no solo el relato que da título al conjunto de estos cuentos, sino en especial Laika y Tía Nana. Atrévanse a ponerse los ojos de una niña, a mirar de esa manera plena y lúcida, pero no siempre inocente, que adopta Paulina Flores para revolucionar nuestra forma de leer, de mirar el mundo desde dentro. «Es una suerte que se haya subyugado a la mujer a la vida íntima», afirmó Flores en una entrevista que le hizo María Viñas en Fugas. Potencia bruta.

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SAMANTA SCHWEBLIN

Acusarás los daños aunque ella vaya hasta el fondo del miedo... y salga ilesa. Sus Siete casas vacías, Premio Internacional Ribera del Duero, nos arrojan a miedos próximos, cotidianos, extraños pero muy íntimos, a la telaraña que es la duda incómoda de no saber qué pasa... con la certeza de que está pasando algo. Su novela corta Distancia de rescate (la mínima para estar a tiempo de salvar a un hijo, imprescindible) fue incluida en la lista de candidatos al Man Booker International Prize. Este octubre lanza nuevo volumen, Pájaros en la boca y otros cuentos.

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