No quiero ser moderno

Carlos Crespo BIS A BIS

FUGAS

Lo suyo nada tenía que ver con el revival, balbuceó para sí mientras ojeaba aquella frívola revista de tendencias. No le quedaba otra que asumir el hecho de que su aspecto encajaba ahora con ciertos patrones en voga recién rescatados a modo de fetiche para una pretenciosa y vulgar modernidad. Pero, joder, lamentaba, él ya lucía de semejante guisa con ropa de primera mano, compraba vinilos desde el Discoplay y mantenía en perfecto uso la Polaroid desde antes de que naciera el fundador de Instagram y sus dichosos filtros.

Maldecía la impostura de aquellos que ahora le manifestaban anónimos gestos de complicidad estética. Y renegaba de su hermana cuando ésta le advertía lo parejo de su figura con muchas de las estampas del Pinterest.

Ni siquiera era capaz ya de soportar el banal exhibicionismo del Facebook. Borró su cuenta atormentado tras haber sido descubierto por un grupo de adolescentes que intuían el él un arquetipo de gurú. Tan solo mantenía activo el Twitter y no tenía demasiado claro por cuánto tiempo.

Dejó entonces la revista sobre la mesa, rescató el móvil de su vetusta cartuchera y tecleó: «El precio más grande a pagar por la autenticidad no es que te señalen con el dedo sino que llegado un día quedes confundido entre el barullo del mainstream». 

¡Mierda! 155 caracteres.