Sobrevivir a la caída de un gigante

Las extrabajadoras de Alfageme intentan reconstruir su vida en un mercado laboral hostil


Vilagarcía / La Voz

Dicen que los edificios también tienen memoria. Que en sus paredes guardan los ecos de quienes los habitaron. Si es así, en las naves que el grupo Alfageme tenía en la comarca aún deben resonar, por las noches, los ruidos de las máquinas trabajando a todo ritmo y las voces de los cientos de trabajadoras que las alimentaban. Nadie puede oír esos sonidos del pasado. Porque sobre las tres naves de Alfageme en O Salnés -como sobre tantas otras naves industriales de la comarca- se ha posado la mano invisible del olvido y del fracaso.

La crisis de Alfageme comenzó antes de que la otra crisis, la global, viniese a cobrarse la actividad de un buen puñado de empresas de O Salnés. El desembarco en el grupo conservero de la familia Lago y la dudosa gestión que esta realizó de las millonarias ayudas recibidas abrieron las puertas del infierno a las trabajadoras de las plantas de O Grove, primero, y Ribadumia y Vilaxoán después. Libraron estas una dura batalla que se prolongó entre el 2007 y el 2013. Pero hace un año, perdida ya la posibilidad de que el grupo Consorcio tomase las riendas del negocio, con la maquinaria y dos de las naves vendidas a la Xunta, a las trabajadoras no les quedó más remedio que iniciar su particular odisea por el mercado laboral.

Que no iba a ser un viaje fácil estaba cantado. La mayor parte de las mujeres que trabajaban para Alfageme habían entrado ya en esa nebulosa edad en la que «eres demasiado vella para que te contraten, e demasiado nova para xubilarte». Eso, sumado a que ya toda la economía se había puesto de luto, complicó la búsqueda a muchas mujeres, que llamaron a todas las puertas posibles.

Pese a todo, las trabajadoras de Alfageme -muchas de ellas con más de treinta años de historial en la fabricación de conservas- contaban con una baza a su favor: la experiencia. En una línea de producción, saber manejarse con rapidez es fundamental. Y la rapidez solo se gana a base de repetición y tiempo. Así que no es de extrañar que una parte de las trabajadoras del otrora gigante conservero hayan encontrado un hueco en el entramado de pequeñas y medianas empresas del sector que habitan O Salnés. Algunos de los propietarios de este tipo de negocios reconocen las bondades de tener en su plantilla a profesionales curtidas, capaces de limpiar en medio minuto, y sin cometer ningún error, un atún.

Repartidas

En casi todas las fábricas arousanas -tanto en las especializadas en productos de calidad, como en las que se dedican a elaborar conservas de batalla- hay alguna mujer que lleva en su ADN profesional el paso por Alfageme. Echan de menos aquel pasado glorioso en el que «tenías una vida organizada», estabilidad en el empleo y hasta galones dentro de la fábrica. Y es que había oficiales que ahora han de conformarse con puestos de segunda y tercera fila con tal de «llevar algo de dinero a casa». Y es que, tal y como están las cosas, son pocos los hogares que se pueden permitir renunciar a una inyección económica, aunque esta sea, en algunos casos, pequeña y precaria.

Pero no todas las ex Alfageme han encontrado el camino de vuelta al sector de la conserva. Muchas de ellas siguen buscando, sin encontrar nada a la medida de sus años, o de sus circunstancias. Algunas achacan a la edad, que ha desengrasado sus manos, sus problemas para hallar algo a lo que aferrarse. Otras están convencidas de que su pasado guerrero y reivindicativo les ha pasado factura, y de que las fotos que durante años ilustraron las noticias de sus concentraciones y manifestaciones pesan como losas que las arrastran hasta el fondo de la cola del paro. No todas están de acuerdo con eso. «No hicimos nada malo. Las cosas están como están y hay mucha gente que no encuentra nada sin haber pasado por un conflicto como el nuestro».

Mientras las doscientas trabajadoras que libraron la batalla final por Alfageme reconstruyen su vida, la triste historia del grupo continúa. La subasta de las fábricas de Vigo y O Grove se acerca. Las marcas, ahora producidas lejos, intentan asomar al mercado gallego de mano de extrabajadores de la empresa. Y las naves de Vilaxoán y Ribadumia se han convertido en un canto a la desolación, en un escondite para los fantasmas.

ROSA CASTRO

«Polo menos teño uns ingresos»

Rosa no se arrepiente, nada, de haber luchado con uñas y dientes contra el cierre de Alfageme. «Estaba defendendo o meu traballo», el que durante más de treinta años le había permitido planificar su vida. Después de la batalla tocó buscar trabajo y darse de bruces con un mercado laboral hostil. Aún así, tuvo suerte: encontró un empleo, primero en una fábrica en O Grove y ahora en Bateamar (Meaño) limpiando atún. «Estou contenta, polo menos teño uns ingresos».

L0LI ROMERO

«El trabajo que hay es precario, casi esclavo»

Loli empezó a trabajar en Peña con 16 años. Y allí estuvo hasta el final. Ahora se emociona al ver el abandono de la fábrica que a ella le permitió, dice, «criar a mis hijos». Son mayores, afortunadamente, «y ahora, cuando no llego a fin de mes, ellos me echan una mano. ¿No es triste? Es la vida al revés». Loli, que ahora tiene que cuidar de dos familiares que precisan atención, está buscando trabajo en alguna casa. En el mundo de la conserva «el que hay es precario, casi esclavo».

Son trabajadoras expertas, algunas con más de treinta años en las fábricas

Jóvenes para jubilarse, mayores para trabajar. Ese es el drama de muchas mujeres

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