Una usuaria del servicio de teleasistencia pone rostro a algunas de las personas que la atienden por teléfono desde hace más de seis años
29 ene 2014 . Actualizado a las 09:20 h.Debajo de la blusa Celsa lleva dos cadenas. Una es de oro, la otra, de una fibra que parece algodón. De la primera pende la joya que se pone cuando sale. De la segunda cuelga un pequeño llamador del que no le gusta alejarse cuando está en casa. Ese aparato la conecta con la central de teleasistencia de la Cruz Roja para Galicia, en A Coruña. Esta vez lleva las dos. Desde que en el 2007 usó por primera vez el servicio, son muchas la ocasiones en las que ha hablado por teléfono con Luis, Cristina, Patricia, Laura, Vanesa, Iria, Keka... A todos los conoce por la voz, pero ahora pone rostro a esos tonos «tan finos e tan doces».
Desde hace una semana Celsa es, además, usuaria del centro de día que tiene la entidad. «Hai uns meses púxenme mala e agora xa non podo facer o que facía. Por eso agora veño aquí», dice. Cristina y Keka van a buscarla a la sala en la que pasa la mañana. Avanza despacio, apoyada en un bastón. La acompañan hasta el lugar donde está la centralita desde la que se atienden las llamadas de más de 8.200 personas mayores que viven solas en Galicia. Algunas tienen el servicio a través de la Consellería de Benestar, con la que la Cruz Roja tiene un convenio, y otras lo han contratado de modo particular.
«Son todos moi graciosos, chámante polo cumpreanos, preguntan como estas...», explica Celsa mientras entra en la sala. Y mira a Cristina: «Coñecinte pola voz». De la misma manera que distingue el modo de hablar de los que están pendientes de ella cada día, también ellos conocen cada minuto de la vida de Celsa.
Con el paso de los meses han sabido que es de A Laracha, que fue emigrante en Suiza, que trabajó en una imprenta, que quedó viuda hace 19 años, que tiene una hija que la quiere, que tiene dos nietos, un yerno... Y que hace meses pulsó el botón del llamador que lleva colgado al cuello para avisar de que algo no iba bien. «Non podía respirar ben, nin mover as pernas... Enseguida tiña unha ambulancia na casa», recuerda.
Hoy todas esas voces que la han escuchado durante los últimos años tienen rostro. Y cada cara pertenece a alguien a quien no quiere dejar de abrazar.
362.000 llamadas
Mientras besa a unos, una de esas voces responde al teléfono: «¡Hola, buenos días!, ¿Que tal se atopa? Abríguese un pouquiño que hoxe fai moito frío». El año pasado fueron más de 362.000 llamadas las que contestaron en la central gallega. «A veces llaman también para saber cómo estás, para comprobar que aún estás aquí y mandan regalos por Navidad. Nos hacen mantelitos a mano para regalar», explica Keka. Porque para muchos mayores, son las personas que tienen más cerca. Aunque estén al otro lado del teléfono.