El tejido de la vida interior

Begoña Rodríguez Sotelino
B. R. SOTELINO VIGO / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Eugenia Sánchez Carrete relevó a su padre al frente del comercio que abrió al acabar la guerra

27 ene 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando el redondelano Bernardo Sánchez Otero abrió su tienda en la calle Progreso, poco después de haber finalizado la Guerra Civil, el hombre no imaginaba un mundo que se iba a diversificar tanto. Su hija menor, Eugenia, que desde niña pasó horas y horas detrás del mostrador ayudando a su padre y se hizo cargo de la tienda en solitario en 1982, cuenta que la idea de montar este comercio le vino a su progenitor porque antes había trabajado en el almacén de paquetería Mariano García, que estaba donde se encuentra ahora el Hotel NH Palacio. «Daba a la vía del tren y había un túnel», recuerda. Bernardo se marchó para emprender su propio negocio y en su puesto dejó a un hermano suyo.

Él ya estaba casado cuando abrió su tienda, y su mujer le echó una mano hasta que llegaron los hijos. «Este siempre fue un negocio muy familiar y la que sí vino fue una herma de mi madre, Rita, y luego otra, que es la única que aún vive, Amable. De apellido Carrete Morado, muy apropiado para el sector», bromea.

Eugenia explica que todos los hermanos, que eran cuatro, echaban una mano en épocas de vacaciones. «A los chicos no les gustaba nada, lo hacían porque no quedaba otra, y a mi hermana tampoco le chistaba mucho, además ella se marchó a Madrid y se hizo maestra. En cambio a mí siempre me tiró esto. Vivíamos cerca y me acuerdo que al salir del colegio me iba para allí. Mi padre cerraba pero se quedaba dentro, esto era su vida, y yo llegaba y no subía a casa a cenar hasta que subía él. Mi padre estuvo tras el mostrador hasta que cumplió 80 años y yo ya llevaba mucho tiempo con él». También se acuerda la actual propietaria que entonces el tema de los horarios era muy elástico, «pero de vez en cuando pasaba un guardia para decirle que ya era hora de echar el cerrojo».

Además, el comercio se transformó paralelamente a la evolución del sector textil. «En su época vendíamos hasta zapatillas, pero es que era muy distinto. Había tres modelos de sostenes y mi padre los colgaba como un feixe, de bragas había cuatro tipos diferentes y así todo, de cada cosa, muy poca variedad», explica. «Por eso podías tener género muy diverso, desde ropa para niños y mayores, -refajos, velos para ir a la iglesia, combinaciones, camisetas, aquellas bragas de perlé ?tan cómodas? que hacía mi madre o pañuelos que bordaba mi hermana- a todo lo de mercería, automáticos, hilos, botones, encaje, tiras bordadas... de todo un poco. Pero cuando empezó a haber tanta variedad hubo que elegir», argumenta.

Cuando Sánchez abrió sus puertas en la calle Progreso aún no estaba Saldaña, veterano comercio vecino. «Yo creo que el nuestro es el más antiguo de la zona, porque tampoco estaba aún almacenes Tánger, en la esquina». También recuerda que al lado estaba desde 1949 la farmacia Ojea y la droguería Progreso, «que eran lo mismo porque se comunicaban por dentro y te atendían igual de un lado que del otro». Lo corrobora su empleada, Rosa Alonso, que trabajó allí 16 años y lleva cuatro con Eugenia ya en la nueva ubicación, ya que el original estaba en el local anexo, pero el edificio se veía abajo y hubo que reformarlo, así que se trasladó lo más cerca posible.

Sánchez es un comercio clásico de ropa interior que compite en un mundo inabarcable con un género que no se encuentra en muchos sitios y que también tiene su público, desde las batas o mandilones de faena a las mañanitas o las toquillas. La vida interior es un mundo.