Frase

Miguel Salas CUENTOS BÍFIDOS

FERROL

19 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Jacinto era un crítico literario de gusto exquisito y férrea coherencia. Desde su columna en el periódico local defendía aquellas obras que le gustaban y destrozaba con igual vehemencia todas las demás, y era por ello temido y respetado a partes iguales. Dedicaba todo su tiempo a la lectura: sentía por ella tal respeto que abandonaba un libro si le desagradaba una sola de sus frases.

A los cuarenta la crisis vital hizo su aparición: la literatura no le sorprendía ya. Había leído a todos los grandes y ningún autor nuevo le deparaba el mismo placer. Pero una madrugada encontró en una vieja antología dedicada a los prosistas medievales una frase que llamó su atención. La releyó y ya no pudo librarse de ella: aquella frase era perfecta. He llegado al final de la literatura, pensó. Ya no leeré nada más.

Llenó un cuaderno con aquellas palabras, repetidas una y otra vez, para llevarlo siempre consigo. Al principio le bastaba con leerlas, pero pronto le supo a poco: se comió el cuaderno una tarde, de una sentada.

De nada sirvió: la insatisfacción volvió a alzarse, inapelable. Decidió introducir la frase perfecta dentro de sí de una vez para siempre.

Compró un cuchillo, con letra minúscula y esmerada escribió las palabras en su punta y después se lo hincó en el estómago.

Murió mirando por la ventana la puesta de sol, sin entender aquel mundo inmenso y extraño que no cabía en la frase perfecta, impecable, divina, que comenzaba a echar raíces en sus entrañas.