Mis recuerdos del maestro

José González Collado

FERROL

A.J.G.R.

Crónica | Memoria del artista Bello Piñeiro encontró en su villa natal de O Seixo y en la ría de Ferrol, que veía desde su ventana, la inspiración de la que nacieron algunos de sus mejores cuadros

14 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Entre las imágenes de mi juventud, tan cercana, surge siempre una, como un ensueño casi mitológico dentro de la cultura artística de la comarca ferrolana. De tu mano caminé y aprendí el secreto del bueno dibujar, lo estructural, la forma, la belleza de la línea pura, la síntesis del grafismo y su interpretación, el dramatismo del claroscuro, la rapidez y transparencia de una acuarela, la elaboración artesanal de los colores, barnices, aceites, pigmentos, lienzos... La belleza de las cosas menudas, la forma de la flor del tojo, la escurridiza hoja de las coníferas, la arquitectura de un pino asomando por la cresta de un promontorio casi oculto por la niebla baja, y ese mar nuestro que nadie pudo interpretar como tú. La armonía del paisaje Para ti, el paisaje era todo armonía matemática, creado siempre bien por un don superior: una raya horizontal era el horizonte, arriba dos quebradas, los montes de la Graña, a la derecha la ciudad, a la izquierda Mugardos y los promontorios de Meá y Beiramar; abajo, sobre el mar, una gaviota dejando una estela blanca horizontal y en los más alto del cuadro, las nubes (de éstas podría dar una lección magistral); nubes caminantes con un significado, una forma, un presagio, un ensueño que tu dabas mediante el color y la forma; altos cúmulos, teñidos de púrpura al ocaso reflejados en mar estival; otras alargadas y plomizas con ráfagas de cielo amarillo metálico, con montes azul ultramar, y verde pálido blanquecino del mar. Y al fondo, siempre, Ferrol, con su arquitectura militar, sus grúas triangulares y más al fondo la masa verde oscura del parque municipal y la ciudad desvaída a la derecha. La oscuridad del tiempo Cuando yo te conocí, eran tiempos oscurantistas y tú, viejo amigo, tan querido por todos, fuiste recuperado de tu miedo por tus amigos y, a cambio, pintaste Baleares con flamar de banderas y retratos imperiales. Tú, que eras apolítico, que estabas por encima de todo, que lo tuyo era enseñar belleza, humanismo, amor a la tierra, la defensa de nuestra cultura y de su patrimonio, tu cariño por enseñar lo que sabías, participabas en actos escolares, primeras piedras pagadas por emigrantes, centros de amigos del paisaje, conferencias. Y escribiste un pequeño y hermoso libro sobre Sargadelos. ¡Caro pudiste pagarlo, amigo mío! Calle de viejas casas Humildemente llegué a tu retiro del Seijo, en una lancha baja y plan con cubierta de madera, salvavidas y chimenea escupiendo humo negro; subiendo la pequeña y entreñable calle de viejas casas con parras, estaba la tuya. En aquel pino con banco y mesa sobre el mar, me contaste cuitas y desazones, traiciones y amores imposibles. Aún hoy tengo gran influencia tuya, de ver el lado poético de las cosas. Para mí un día de lluvia tiene tanta belleza como uno soleado, de bruma o de viento, atardecer o amanecer. Escucharte, Felipe, hablar del sol rompiendo la niebla a bofetadas, u oír las historias de Grandal allá por Serantes, era unha delicia; o aquellos aguerridos paisanos rechazando las avanzadillas de los ingleses en los altos de Valón, tus andanzas de rapaz enamorado de alguna moza, o tus viajes por el valle de Doroña pintando de sol a luna, de sus castaños dorados o enrojecidos por el sol poniente, o el ocaso en el bosque de abedules, o el anochecido entre los carballos con el suelo marrón de la hojarasca, cuando los diaños salen a hacer travesuras. ¡Sí, amigo mío! Hoy, cuando piso tu rincón del Seijo, y a ambos lados veo tus casas entre la maleza, los prados húmedos, las fuentes y riachuelos brillando como sardina recién pescada, el pino gallado, la capilla en el otero, Beiramar y el mar siempre presente, oliéndose, siento un nudo en la garganta. Detrás de los cristales Y al pasar delante de tu casa noto que detrás de los cristales estás tú, con los impertinentes en la punta de la nariz prominente y tus ojos azules pequeños e inquisidores mirándome socarrón; con el pelo revuelto blanquecino y arrubiado y tus mofletes rosados y tus labios fruncidos; y entonces pienso que el Seijo debería ser villa paisajista protegida, o escuela de artistas al aire lbire, lugar de belleza singular, encuentro de artistas plásticos, o algo, para proteger tu entorno. Y así, quizás, tú encontrarías esa paz que en vida no tuviste. Mientras, nosotros, los que heredamos tu sentido de la belleza, trataremos de transmitir a los que estaban esperando. José González Collado