Cáritas cifra en 3.600 el número de personas sin un techo digno en galicia. El dispositivo especial contra el frío para personas sin hogar del ayuntamiento de a coruña es una mano amiga a la que agarrarse
01 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Cae la noche en A Coruña. Llueve y hace frío. Cristales empañados en los bloques de pisos evocan estampas familiares, acogedoras, confortables. Es la hora de cenar pero no para Iria Paz, Alberto Tabernero y Luis Sánchez. Son tres trabajadores sociales de la asociación ACCEM que colaboran en el dispositivo especial contra el frío para personas sin hogar del ayuntamiento. Les espera una larga jornada en las calles. Su labor consiste en localizar, contactar e informar en los rincones de la ciudad a sin techo para que puedan acudir a refugios e intentar mejorar su situación actual.
«Cada persona es un mundo, nadie empieza durmiendo en la calle porque quiere... y lo peor es que le puede pasar a cualquiera», nos cuenta Iria. Si consultamos a un especialista como Jaime Hernández, Técnico de Atención a personas sin Hogar de Cruz Roja, confirmamos la teoría: «Hay personas cultas, otras menos formadas, drogadicciones... los casos más recientes son trabajadores de la construcción. Antes eran solitarios y ahora sin trabajo llegan a la calle y a los albergues».
Hoy el recorrido con la brigada de auxilio se hará lejos de las calles más concurridas. Empezamos por la zona del parque de Santa Margarita y nos advierten de que el mal tiempo va a hacer más difícil la labor de encontrar gente sin hogar. «Aunque a muchos no les gusta atarse a los horarios y normas de los refugios, es precisamente en noches tan desapacibles como ésta cuando acuden a ellos», apunta Luis. Algo que suele darse, además, en los casos que más fácilmente pueden ser encauzados por los servicios sociales. A los casos más difíciles se les denomina «cronificados de calle», gente tan habituada a esta rutina que es prácticamente imposible que salgan de ella. Situaciones extremas agravadas por el acoholismo, la politoxicomanía e incluso enfermedades mentales. Para el resto, los servicios sociales de la ciudad tienen recursos. Desde el Centro Cívico de Monte Alto o la Institución Benéfico Social Padre Rubinos se ofrecen plazas para poder pernoctar. Y cuando en itinerarios como el de esta noche se detectan casos graves se moviliza al Semus, el Servicio Municipal de Atención a Urgencias Sociales. «El día que quieren, solos no se encuentran», añade Alberto.
Cerca de 40 personas duermen cada noche a la intemperie en la ciudad herculina según Cruz Roja. En toda Galicia las cifras de Cáritas elevan el número de sin hogar a 3.600. Y si buscamos datos en organismos oficiales, como el INE, el volumen sigue siendo alarmante: 133 habitantes de cada 100.000 están sin techo en nuestra comunidad. Casi el doble de la media estatal y solo por detrás del País Vasco.
Hemos entrado ya en cinco cajeros de entidades bancarias, buscando casos ya conocidos por los trabajadores sociales. De momento, sin éxito. Aunque ellos lo ven de manera diferente. «Si varias personas a las que hemos informado de lugares para refugiarse hoy no están a la intemperie en realidad es una buena señal», aporta Iria. Una declaracíón que matiza Luis: «Lo lógico es que hayan buscado otro sitio para pasar la noche. Aquí no se pagan alquileres y si usaron algún recurso para cenar lejos de aquí probablemente con la lluvia hayan cambiado de ubicación».
En el fondo los tres trabajadores sociales prefieren tener contacto con las personas sin hogar que conocen. «Muchos son reacios a hablar con nosotros, pero simplemente saber que están bien es a veces la mejor recompensa» comenta Alberto. Y más allá de la función social de su trabajo, está la relación personal que se establece: «La mayoría son entrañables, no te piden nada. Llevan mal la soledad y los acompañas. Sin más. Y se les coje cariño». En los cajeros de la calle Barcelona, localización habitual de muchos sin techo termina el trayecto sin un solo caso encontrado. Ya en el centro de la ciudad, con sus húmedos cartones desafiando al frío encontramos a una mujer. Responde al nombre de Azul. Grita y se queja porque la han echado de un albergue. La rodean latas de cerveza vacías y algún cartón de vino. Es duro ponerle cara a un «cronificado de calle».