Un atentado «low cost»: 2.000 euros

Vehículos alquilados o de familiares y explosivos caseros facilitan la labor de los comandos terroristas

Los bomberos retiran bombonas de la casa que explotó la madrugada del miércoles en Alcanar
Los bomberos retiran bombonas de la casa que explotó la madrugada del miércoles en Alcanar

REDACCIÓN / LA VOZ

¿Cuánto cuesta preparar un atentado terrorista capaz de causar enormes víctimas y cuantiosos daños materiales? La respuesta, en el caso de Barcelona, es el mejor ejemplo de lo que se ha bautizado como el terrorismo low cost por parte de las células yihadistas en cualquier rincón del mundo. Una cuenta rápida de los gastos del comando que atentó el pasado jueves en Barcelona y Cambrils reduce a poco más de dos mil euros el gasto real máximo acometido por el grupo de jóvenes que causó la muerte de al menos 15 personas, heridas a más de un centenar y que planeaba incluso un golpe de mayor envergadura.

Los principales gastos de este operativo se reducen a dos: el alquiler de las furgonetas con las que se desplazaban y la compra -o el robo- de las bombonas de gas que pretendían utilizar como multiplicador de la potencia del artefacto explosivo casero en el que trabajaban en Alcanar y que, según las primeras conclusiones de la investigación, pretendían detonar en el centro de Barcelona. Para hacerse con todo ello, sería suficiente una cantidad aproximada de 1.600 euros. La página web de la empresa que les alquiló la furgoneta a los yihadistas ofrece sus vehículos por sesenta euros diarios.

Por su parte, el precio de la bombona de gas según la tabla de precios de Repsol se situaba esta semana a 14,88 euros por unidad, lo que multiplicado por las 105 que acumulaban en Alcanar exige un pago de 1.562 euros.

La decisión de los islamistas radicales de okupar una vivienda en un pueblo de la provincia de Tarragona muy alejado de las principales ciudades catalanas también les permitió a los terroristas abaratar costes, aun a costa de poner en riesgo toda la operación en caso de ser denunciados por los legítimos propietarios del inmueble, en este caso el Banco Popular, ya fagocitado por el Santander

«La madre de satán»

La bomba favorita del Estado Islámico. Aunque los últimos atentados del EI tienen unos fundamentos muy rudimentarios -coches contra multitudes, apuñalamientos masivos...-, lo cierto es que el comando de Barcelona intentó multiplicar el dolor con la utilización de un explosivo casero devastador que es posible crear en apenas dos horas y con elementos adquiridos en cualquier droguería. Esta sustancia se llama «la madre de Satán» y es el explosivo de moda entre los yihadistas radicales por lo fácil que es acceder a sus componentes básicos.

El nombre técnico es triperóxido de triacetona (TATP) y sus elementos centrales son la acetona, el ácido sulfúrico y el agua oxigenada, entre otros. El principal problema es que se requiere cierta pericia para la mezcla, que además es muy inestable, algo que incidió de forma directa en la explosión registrada en la vivienda de Alcanar el pasado miércoles.

El EI ya ha comprobado la eficacia de esta sustancia en diversos atentados. El ejemplo más reciente es el que se registró en Mánchester el pasado mes de mayo a la salida del concierto de la artista Ariana Grande. Un suicida se hizo explotar y causó la muerte de 22 personas y heridas a más de setenta al añadir al artefacto tuercas y tornillos como metralla para aumentar el daño a las víctimas. Según los servicios de seguridad ingleses, aquella bomba tenía unos diez kilos de triperóxido de triacetona, que multiplicó su poder de destrucción al detonarse en un recinto cerrado.

«La madre de Satán» también fue la sustancia que utilizaron los terroristas de la sala Bataclan, en París, y otras células vinculadas al EI en dos de las acciones radicales islamistas en Bruselas.

ARMAS RUDIMENTARIAS

Cuchillos y machetes. Aunque la iconografía yihadista apela al inevitable Kalashnikov como seña de identidad de sus luchadores, la dificultad de conseguir armas de fuego en Europa occidental es alta, salvo en los casos de aquellos militantes que proceden del mundo del hampa y tienen acceso al mercado negro. Por eso, el pasado año, los mensajes del EI a sus discípulos en Europa incluían una orden clara: cualquier arma al alcance de la mano sirve para matar infieles. Y recomendaba de forma específica dos elementos: los cuchillos, incluso los de cocina, y los vehículos. Desde entonces, los apuñalamientos y los atropellos masivos se han sucedido en distintas ciudades europeas como Niza, Londres, Estocolmo o, esta misma semana, Barcelona.

En el caso de la célula yihadista que atentó en las Ramblas y en Cambrils, se trataba, según los datos que han trascendido de la investigación hasta el momento, de jóvenes sin antecedentes delictivos de interés, más allá de alguna denuncia por una pelea en el caso de Driss Oukabir, el primero de los detenidos tras presentarse en comisaría para denunciar el robo de su vehículo por parte de su hermano Moussa, uno de los terroristas muertos.

Todos los yihadistas llevaban armas blancas de diferentes tamaños y siguiendo los consejos del EI para proteger el mango y evitar autolesionarse al agredir a los viandantes. Los cinturones explosivos simulados forman parte del estilismo radical: ayudar a infundir temor a los posibles civiles que se crucen en su camino y les garantiza que las fuerzas de seguridad no intentarán detenerles, sino que serán abatidos, casi con toda seguridad, evitándoles el trance del suicidio.

Radicalizaciones exprés en grupos pequeños con lazos personales o familiares

El atentado de Barcelona tiene entre las incógnitas por despejar la del impulsor intelectual. Una de las características comunes a los atentados cometidos por grupos más o menos organizados es la existencia de lazos familiares y de amistad entre los terroristas.

En el caso español, la mayoría de los miembros de la célula residían en un pequeño pueblo de Cataluña, Ripoll, de 10.000 habitantes, donde casi todo el mundo presume de conocerse, aunque ninguno de los ahora muertos, detenidos o huidos había despertado sospechas. Muchos de estos presuntos yihadistas eran oriundos de pueblos del norte de Marruecos. Y casi todos habían coincidido en el colegio o en un equipo de fútbol sala.

En el grupo había al menos tres parejas de hermanos. Los Hychami, Omar y Mohamed, los Abouyaaqoub, Elhousayne y Younes, que está huido, y los Oukabir, Moussa, muerto en Cambrils, y Driss, que fue el primer detenido y que intenta desligarse del suceso culpando a Moussa de robarle sus documentos y su vehículo. Todos ellos forman la mitad de la célula, según la policía. Y esos lazos de sangre serían los que garantizarían la lealtad y, de paso, facilitarían la radicalización exprés del grupo.

El imán de Ripoll habría tutelado a los jóvenes musulmanes del pueblo tras un enfrentamiento en la mezquita de toda la vida de la localidad, que provocó la marcha de los más radicales a otro punto de oración a unos cientos de metros.

Un proceso rápido

Los últimos atentados han alertado a las fuerzas de seguridad de la eficacia de las tácticas de captación de los yihadistas, que han acelerado los procesos de tal forma que bastan seis semanas para abducir a los más desesperados por unirse a su lucha. Las redes sociales y la web profunda son un paraíso para los que intentan acercarse al Estado Islámico, donde hay información manipulada, vídeos y datos que fomentan el odio hacia todo lo que suene a occidental.

En el caso de Ripoll, el papel del imán que tutelaba a la mayoría de los jóvenes parece decisivo para acentuar el proceso de captación por sus vínculos con presuntos terroristas en Bélgica e incluso por su relación con alguno de los detenidos por el 11M.

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