Si la política es el arte de lo posible, Rajoy y Mas se han convertido en unos genios de la antipolítica. Ambos se han empeñado en una escenificación de lo imposible. El presidente catalán convocará la consulta a sabiendas de que no podrá celebrarla. Es lo que tienen las obsesiones, que se pierde la referencia de la realidad y uno se convierte en esclavo de sus propios mundos imaginarios. Puede ser provechoso para los poetas, pero es un peligro en manos de los políticos, que han de tener siempre un plan B, y hasta uno C o D, porque los problemas sociales no tienen soluciones únicas. Una tras otra, Mas se ha ido cerrando todas las puertas y, en su delirio ególatra, está dispuesto a inmolarse con su desafío soberanista. Lo trágico es que no se sacrifica solo él, sino que arrastra tras de sí al pueblo catalán abocándolo al abismo.
Sabe que la ley impide la consulta unilateral, por lo que su único objetivo es escenificar el no del Gobierno para hacerlo responsable de algo de lo que el único culpable es el propio presidente catalán. Porque él es quien plantea una propuesta inviable y fuera de toda legalidad. E insiste e insiste e insiste. Y lo hace excitando los sentimientos de los ciudadanos. Porque su empecinamiento ahonda la fractura social y alimenta la frustración de aquellos a quienes engaña haciendo ver como factible algo que sabe fehacientemente que es imposible. Lo malo de su ceguera es que puede desembocar en un estallido social cuando se dé carpetazo definitivo a la consulta.
Esto es lo verdaderamente grave, y es lo que parece que Rajoy no acaba de ver. Su inmovilismo, dejando que Mas arda en su propio fuego, puede servirle para acabar con su carrera. Pero no resuelve el problema de fondo, que es la insatisfacción del pueblo catalán. Esto requiere respuestas políticas a las que el jefe del Gobierno, atrincherado en su fórmula legalista, se ha resistido. Pero, tal y como están las cosas, a CiU puede sucederle ERC y entonces el incendio puede ser aún más devastador.