Siempre buscó tener una vida y una carrera al margen de la familia real, fue la primera mujer de la monarquía española con título universitario
04 abr 2013 . Actualizado a las 16:43 h.La infanta Cristina, hija menor de los reyes de España, que ocupa el séptimo lugar en la línea de sucesión de la Corona, vivió ayer un día negro al ser imputada en un caso de corrupción. Muy atrás quedan los días de vino y rosas de su enamoramiento de Iñaki Urdangarin, su rápida boda con el que por entonces se consideraba el chico perfecto, el marido y el yerno ideal, y la época dorada del matrimonio en la que nacieron sus cuatro hijos.
El afamado biógrafo británico Andrew Morton, que acaba de publicar el libro Ladies of Spain, traza un perfil sobre una mujer bastante desconocida, que ha llevado una vida discreta marcando distancias con la habitual rigidez de la familia real. La infanta Cristina «tiene un carácter fuerte, sería una mujer alfa, es muy independiente, ambiciosa y competitiva, siempre ha luchado por tener su propia vida al margen de la familia real, se ha esforzado por afirmarse y no quiere que se la reconozca simplemente por ser una infanta, sino por ser quien es, lo que le ha supuesto una lucha constante», explicó a La Voz.
Formación exigente
Muestra de su afán de superación, y de su firme empeño en ser alguien más allá de su origen, es que fue la primera mujer de la Casa Real española que obtuvo una licenciatura, la de Ciencias Políticas. Se empeñó en ser una estudiante más, iba con vaqueros y coleta a la universidad, pero era un reto imposible. Su presencia creaba la lógica expectación entre alumnos y profesores. También el rechazo de algunos antimonárquicos, que se expresaba con pintadas tan graciosas como «ni infanta de naranja ni infanta de limón». Ya desde joven, Cristina mostró que no estaba dispuesta a someterse fácilmente a los hábitos, costumbres y protocolos de la familia real, sino que necesitaba su propio espacio más allá del que tenía asignado como infanta. Quería brillar por méritos propios.
Quería brillar por méritos propios
Tras licenciarse en 1989, Cristina obtuvo un máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York y posteriormente logró una beca en la Unesco, donde realizó prácticas durante seis meses, y a la que ha seguido vinculada como presidenta de honor de la comisión española. Después de esta exigente formación universitaria, se estableció en Barcelona en 1992, una ciudad que le encanta, lo que también contribuyó a estrechar los lazos entre la monarquía y Cataluña. Ella cumplía también su objetivo de distanciarse de la Zarzuela y seguir su propio camino. Fue nombrada directora del programa para la cooperación internacional de la Fundación La Caixa, cuya área social dirige. Era miembro de la familia real, pero también una mujer moderna, dinámica y ambiciosa, competitiva y obstinada, que ponía distancia no solo física con los suyos.
Tras fracasar la relación que mantuvo con Álvaro Bultó, apareció en la vida de la infanta Cristina Iñaki Urdangarin, un destacado jugador de balonmano, alto, guapo y con buena presencia, al que que conoció en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, y del que se enamoró inmediatamente. Este dejó plantada a su novia, con la que llevaba cinco años de relación, para entablar un noviazgo con Cristina que desembocó en boda. Durante la ceremonia en la que se formalizó el compromiso, el 30 de abril de 1997, Cristina resplandecía de felicidad. El 4 de octubre se casaron. El rey les otorgó el título de duques de Palma. Todo parecía un cuento de hadas que no podía terminar mal. Eran el matrimonio ideal, una infanta profesional, moderna, a la altura de su época, y un deportista de élite con una imponente presencia. Hasta que Urdangarin decidió meterse en el mundo de los negocios de la mano de su antiguo profesor de Esade Diego Torres, el mismo que ahora con sus correos ha logrado que su mujer sea imputada. El que fuera gran deportista no se conformaba con el ser el consorte de la infanta Cristina, quería demostrar su valía a su padre, a su suegro y a su exigente esposa.
La primera señal que llamó la atención fue la compra del palacete de Pedralbes por seis millones de euros, más otros casi tres para la reforma. Las cuentas no cuadraban con sus ingresos oficiales. En el 2009 trasladaron su residencia a Washington. Se presentó como una oportunidad profesional para Urdangarin, que había fichado como asesor internacional de Telefónica, pero luego se vio que era una forma de poner tierra de por medio de las irregularidades que empezaban a aflorar en la gestión del Instituto Nóos.
El escándalo
Pero estalló el escándalo. El círculo se estrechó cada vez más sobre Urdangarin, hasta que fue imputado a finales del 2011. El matrimonio regresó a España en septiembre del 2012. Torres presionó con los e-mails que fue entregando a cuentagotas al juez. Incluso estaba dispuesto a dar a conocer algunos que revelaban la supuesta infidelidad del marido de la infanta Cristina, pero José Castro le paró los pies.
Cristina nunca se ha apartado de su marido, aunque ha habido especulaciones sobre su separación, que han vuelto a extenderse estos días. Con su imputación, tendrá derecho a dar explicaciones al juez acompañada por sus abogados. Solo lo podría evitar que prosperara el recurso presentado por la Fiscalía Anticorrupción.
Con su personalidad, su formación y su carácter es difícil imaginar que Cristina no supiera nada de las actividades presuntamente delictivas de su marido. Además, era vocal de Nóos y propietaria a medias con Urdangarin de Aizoon, una empresa clave en el presunto saqueo de las arcas públicas. Su perfil no cuadra con que su presencia fuera puramente simbólica. Pero será el instructor el que decida. La chica que siempre quiso ser normal, la mujer independiente que luchó por labrarse su destino, la hija díscola de los reyes que quería un vida tranquila está ahora en el ojo del huracán.